A los bondadosos les falta mala leche. Supongo que si tuvieran más, ya no serían tan bondadosos. A los que quieren cambiar el mundo les falta poder, pero claro, si probasen más poder, ya no querrían cambiar tanto el mundo. A los periodistas a menudo nos falta empatía con las cosas sobre las que informamos: y sin embargo, si demostráramos más empatía, quizá seríamos menos objetivos. A los políticos les falta tiempo para ser personas normales y corrientes, pero si dedicaran más tiempo a la familia y a los amigos los reprocharíamos que no hacen lo suficiente como políticos. A los deportistas les sobra dinero y les faltan lecturas: con menos del primero y más de lo segundo, puede que no serían más competitivos, pero sí mejores personas. Y a todos nos falta tiempo, pero si tuviéramos más, ¿seríamos capaces de llenarlo de sentido?
¿Qué nos falta a los europeos? ¿Qué queremos hacer con nuestras vidas y nuestro tiempo? Nos falta dignidad, valentía y optimismo. Y también europeísmo. Si tuviéramos más de todo esto, quizás dejaríamos de ser vistos como una gente envejecida, rica y acobardada, que supuestamente vamos juntos cuando en realidad todo el día nos peleamos entre nosotros, y por eso no dejamos entrar a los demás. Una gente que se supone que somos depositarios de unos derechos humanos y unos valores democráticos universales que sólo practicamos de puertas adentro, y todavía… Somos una jaula de grillos para la que, ahora mismo, si tuviéramos que elegir un adjetivo, nos procedería el de egoístas. Mirando atrás, no sé si en otras épocas el adjetivo habría mejorado, tal vez en algún momento hemos sido vistos como ilustrados. Secularmente hemos sido conquistadores, colonizadores, asesinos por completo.
El siglo XXI lo hemos vuelto a empezar con mal pie, como si estuviéramos sordos y ciegos ante el sufrimiento ajeno, concentrados en una crisis económica, ideológica y moral que nos está dejando a la intemperie. Seguro que si nos preocupáramos por la miseria de los demás comenzaríamos a relativizar nuestros problemas, e incluso nos costaría menos encontrarles solución, encontrar nuestro encaje, nuestra salida. ¿Cómo puede ser que en Idomeneo se castigue la solidaridad de los europeos jóvenes? ¿Cómo puede ser que se detengan activistas?
Hagamos el ejercicio de imaginarnos dentro de diez años: ¿queremos una Europa que haya vuelto a las divisiones de antaño, un fortín agrietado por desigualdades y luchas internas? Ahora mismo este parece el camino. ¿O queremos una Europa más unida, respetuosa con su diversidad, solidaria con los que llaman a la puerta, atenta a frenar las desigualdades y que ejerza un liderazgo mundial en favor de la paz, la democracia y el respeto a la dignidad de la persona?
¿Y qué nos pasa a los catalanes? Los catalanes somos unos europeos que, al problema general añadimos nuestro dolor de cabeza particular. Estamos, pues, doblemente preocupados. Por ello corremos el peligro de que nuestras obsesiones nos lleven por el camino de un pesimismo lúcido. No nos lo podemos permitir, ni como europeos ni como catalanes. Asumiendo todas las contradicciones de la bondad ingenua, del afán de cambio alérgico al poder, de la política nunca lo bastante a la medida del hombre y del periodismo altivo, tenemos que seguir adelante con el objetivo de construir una sociedad mejor.
¿Qué país queremos para dentro de diez años? Decidamos libremente, digan lo que digan. Y hagámoslo. Tengamos la valentía de frenar de verdad la corrupción, de crear una Cataluña de oportunidades para todos, tengamos el coraje de poner la educación y la cultura en el centro de nuestras prioridades, tengamos la audacia de volver a forjar un gran consenso social y político para dar un nuevo impulso al catalán. Que no nos detenga el miedo, ni el nuestro ni el que nos pueda meter una España insolidaria y cainita, paralizada y paralizante, que cada vez es más espejo de la peor Europa.
ARA







