En el congreso internacional de la semana pasada hecho en Vitoria-Gasteiz ‘Himnos y canciones. Símbolos de identidad colectiva en perspectiva comparada’, no paraba de explicar el proceso catalán respondiendo a los ponentes. Quienes me preguntaban eran profesores vascos o provenientes de Alemania, Francia, España o Inglaterra. Hay que decir que el interés no casaba mucho con la información que tenían. La prensa internacional es más ponderada que la española, lo que debemos tener muy en cuenta. Una errónea información, incluso desde la simpatía, a demasiados de ellos no les permitía saber que la fuerza clave de todo el movimiento soberanista es ser un proceso nacido en el corazón de la sociedad civil al que los partidos con sensibilidad nacional se han sumado.
Mas y Junqueras, después IC y la CUP, son los que recogen el relevo político de un movimiento transversal, amplio, social e interclasista que quiere conseguir un Estado propio para poder hacer frente a los retos de una sociedad compleja, retos imposibles de resolver en España, ya que su propuesta hacia nosotros es evidente, un Estado contrario que nos sustrae desde riqueza y cultura hasta cualquier rasgo donde cree que nos puede hacer daño. Escuela, medios de comunicación, lengua, proyección y un inacabable etcétera. No olvidemos tampoco la constante falta de cumplimiento de unas inversiones proyectadas que después, año tras año, nunca se hacen realidad.
Una profesora me decía, medio confesándose: «Os tenemos envidia.» Añadía compungida desde una visión nacional abertzale, generalizaba pero se hacía entender: «Los vascos hemos cometido un error que marcará generaciones, nos hemos matado y hemos matado, hemos cortado puentes entre actitudes enfrentadas. Hay demasiadas personas para las que deberán pasar años hasta que puedan olvidar todo lo que se ha vivido. En Euskadi, PSOE y PP son lo mismo. Vosotros -seguía, con la aquiescencia de otros interlocutores- sois una nación que no ha parado de sumar, sumáis siempre, venga de donde venga la gente, piense lo que piense, vuestro nacionalismo es cultural y abierto, dialogante y pacífico, antes de empezar ya ha ganado la partida al nacionalismo español: democracia y diálogo. El Estado no ofrece nada más que miedo, su ADN es violento e inculto».
Un Congreso internacional sobre los himnos nacionales tiene más calado de lo que parece a priori. Sólo España, Euskadi y Bosnia y Herzegovina no tienen letra en el himno nacional. Como tan bien lo ha explicado Jaume Ayats en su estudio sobre el origen erótico lejano de Els Segadors, el himno nacional de Cataluña, los himnos se adecuan a las necesidades del imaginario del presente. No ha sido hasta el siglo XIX cuando se ha identificado un himno con un Estado. Por eso el himno español es la Marcha Real borbónica como lo es el himno monárquico el nacional inglés, ‘God save the Queen’.
El himno español no ha triunfado porque España es un concepto político erróneo. Es un Estado fruto de la imposición y no de la identificación de sus ciudadanos. Tampoco acabó de triunfar el himno de Riego con la República, los catalanes tenían el propio, y nunca se planteó hacer del Estado de la II República una nación de naciones desde la igualdad.
En este momento tan trascendental hay que sumar y sumar, sólo quedará fuera quien no quiera estar. Si Pere Navarro quiere hacer un partido marginal, debemos llenar este espacio socialista con los partidos catalanes. El PSC-PSOE en Cataluña nace con la Transición, algunos prefieren llamarlo Transacción; ahora, con la propuesta catalana, este período se ve lejano y rebasado, o evoluciona o poco significará.
En Vitoria, los doctos especialistas universitarios decían que Europa actuaría cuando viera el resultado de los votos en Cataluña. Ahora los tienen en las manos, más claro imposible, aunque no hay más ciego que aquel que no quiere ver. Pero la realidad es terca, siempre se impone.
EL PUNT – AVUI








