Desde el tiempo del imperio romano se repite cíclicamente eso de que la historia de los pueblos se puede escribir a través del mapa de carreteras. Y quien dice carreteras, dice ferrocarriles. Es más: nosotros podemos decir que la historia de los pueblos se puede escribir precisamente a través de las ausencias de ferrocarriles. Porque, bien mirado, tan revelador es lo que se construye como lo que se deja por construir.
La noticia me ha llegado sin sorprenderme: el ministro español Óscar Puente –este que decían que era el sustituto de Pedro Sánchez– ha inaugurado a bombo, platillo y algo demasiado de retórica un tramo de gran velocidad ferroviaria entre Cáceres y Plasencia. Cáceres, ciudad noble y antigua, con 96.000 habitantes. Plasencia, villa episcopal, con 40.000 almas mal contadas. Dos ciudades que, entre ambas, suman una población que cabría en algunos barrios de Valencia. Y, no hace falta ni decirlo, de Barcelona.
No tengo razón alguna para oponerme a que Extremadura tenga buenas comunicaciones. De ninguna forma. No se trata de esto. Conozco bien el gusto amargo de pertenecer a una “región” marginada y esto me hace ser empático con todas. Se trata, más bien, de reflexionar sobre la lógica –o mejor dicho, sobre la falta absoluta de lógica– que determina las prioridades del Estado español en materia de infraestructuras.
Porque es evidente que no hablemos de una lógica económica, ni de negocio ni de nada que se pueda considerar economía. Ni siquiera de una lógica que tenga en mente la competitividad del Estado. Cualquier manual universitario –incluso el más elemental o estrafalario– aconsejaría invertir prioritariamente en el eje Barcelona-Valencia, que no en vano concentra buena parte de la población, más del 40% del PIB del conjunto del Estado español y la mitad del tráfico total de mercancías.
Por tanto, hoy y aquí, sí hay que cuestionarse: ¿cómo es posible que la gran velocidad ferroviaria conecte antes Cáceres con Plasencia, que Valencia o Alicante con Barcelona, o Valencia con Alicante incluso? Porque, dicho con todo el respeto del mundo, conectar Cáceres con Plasència es el equivalente a conectar con gran velocidad directa Sant Cugat del Vallès y Burjassot.
La comparación hace evidente, creo, que en esta absurda distribución de recursos se esconde un miedo no confesado. El miedo a que, si se facilita la comunicación rápida entre Barcelona y Valencia, entre Valencia y Alicante, se pueda reforzar un eje cultural, económico y –¡también, también!– nacional que existe y resiste todos los intentos de aniquilarlo y que, por eso mismo, es tan temido por España desde hace siglos.
En algún papel que ahora no recuerdo leí que cuando Felipe V abolió los fueros –del Reino de Valencia y del Principado de Cataluña– se rodeó de expertos en la gobernación de “estados difíciles”. Y que éstos le aconsejaron enseguida que separara tanto como pudiera los reinos que habíamos sido parte de la corona catalana y lo centralizara todo. Por allí corría el peculiar Jean Orry, ‘seigneur’ de La Chapelle-Godefroy, que puso en solfa las finanzas del nuevo Estado nacido de la ocupación. También aquel mórbido cardenal italiano, Giulio Alberoni, con quien Orry acabó peleándose y que llegó a hacer de primer ministro incluso antes de acabar tan mal como se puede acabar en esta vida. Y sobre todo José Patiño, un “español muy español” de Milán –que en realidad se llamaba Giuseppe Patino– y que las crónicas consideran el máximo inspirador de los decretos de Nueva Planta y todas las barbaridades que vinieron a continuación.
Los siglos han pasado. Todo se ha movido mucho. Pero he aquí que la prevención sigue.
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