El rumor nos hará libres

El sábado leía en ARA un artículo muy bien planteado de Toni Güell, que me pareció especialmente oportuno. «Se lo escuché decir a dos personas que comentaban el contenido de un diario el día de Sant Jordi -explicaba Güell-, cuando la noticia del pesquero hundido en el Mediterráneo con 700 personas a bordo aún resonaba con fuerza. Era una crítica de fondo: sólo se fijan cuando pasa una cosa así, decían, y el resto del tiempo, al no hablar del asunto, hacen los dramas invisibles, hacen que no formen parte de las vidas de la gente, de sus conciencias». ¿Es justa la crítica recogida en la conversación? ¿Tiene sentido endosar a los medios toda la responsabilidad a la hora de hacer visibles los problemas? Y en caso de que sea así, ¿a dónde nos podría llevar la lógica de estas dos personas mencionadas en el artículo?

Localicemos, en primer lugar, un problema real y grave, pero carente de visibilidad mediática. Hay muchísimos, por supuesto, pero elegiré uno cercano: el de la situación de precariedad de muchas viudas que malviven con pensiones dramáticamente insuficientes. Si a esto añadimos la soledad y la enfermedad, el cuadro resultante es tenebroso. Este problema existe, afecta a miles de personas y, además, lo tenemos muy cerca. En todo caso, no genera las grandes corrientes de solidaridad de una catástrofe o de aquella situación de emergencia que vemos reflejada hasta la extenuación en los noticiarios de todas las cadenas de radio y televisión, y en todas las portadas de periódicos. Narrativamente, la miseria cotidiana de una octogenaria no da mucho de sí: es improbable que sirva para abrir el telediario. En cambio, el espectáculo narcisista de las imitadoras de Cicciolina que enseñan las tetas y llevan flores en la cabeza resulta más atractivo. Hace sólo unos días, la rutinaria performance de aquella chica risueña que le lanzó confetis a Draghi dio la vuelta al mundo. No hizo visible ningún problema, sino su tanga.

¿Cómo se puede hacer visible el problema de las abuelas, pues? La respuesta la encontramos en cosas tan recientes como el éxito del documental ‘Ciudad muerta’, o la publicación de noticias no contrastadas referidas a dos naufragios que superan el número de muertos del Titanic (pero que, inexplicablemente, no han dejado ningún rastro). En ambos casos se trataba de denunciar problemas reales: el de las malas prácticas de algunos cuerpos policiales y el de las penalidades de las personas que quieren acceder a Europa pagando a mafias, respectivamente. Si el documental mencionado no hubiera hecho uso de ese pseudotestimonio (sin nombre) que decía conocer otro pseudotestimonio (sin nombre) que corroboraba lo que habían contado algunos de los protagonistas, la cosa tenía muy poca consistencia, por no decir ninguna. Y si algunas ONG no se hubieran referido a otro pseudotestimonio (sin nombre) que afirmaba haber viajado en un barco con 950 personas más que supuestamente murieron ahogadas -a pesar de no haber aparecido nunca-, no se habrían tomado medidas urgentes. La conclusión es que los rumores, las exageraciones, las tergiversaciones o las simples insinuaciones ya no son un aliado de la mentira sino… de la justicia. Tomemos nota, pues, y en nombre de un problema tan real y grave como el que hemos comentado antes, actuaremos igual. La noticia podría ser, más o menos, como la siguiente.

«El problema de las nuevas formas de pobreza pasa a menudo desapercibido, especialmente en el caso de mujeres mayores receptoras de pensiones de viudedad que no permiten satisfacer un alquiler o pagar las facturas de la electricidad, el agua o el gas. Se trata de un colectivo que no suele protestar y que, por tanto, es invisible. El drama, sin embargo, existe. Se calcula que el año pasado más de 200 ancianas se suicidaron en Cataluña simulando accidentes domésticos o fallos en la ingesta de medicamentos. Otras fuentes elevan la cifra a más de 500. Un responsable de los servicios de urgencias de uno de los hospitales mayores de Cataluña califica el fenómeno de «alarmante»», etc.

¿Quién es este anónimo «responsable de los servicios de urgencias»? Quizás un primo hermano de aquel amigo (sin nombre) del conocido (sin nombre) del saludado (sin nombre) que aparecía a contraluz en Ciudad muerta. Si le grabamos con el rostro pixelado y la voz distorsionada quedará homologado como un testimonio de primera categoría, sobre todo para la gente de corazón sencillo. ¿La falsa noticia que nos acabamos de inventar serviría para hacer visible el problema de las abuelas? Sí, evidentemente; no tengo ninguna duda. Pues, adelante: extendamos rumores e inventémonos lo que convenga, porque el periodismo ya no sirve para informar sino para redimir el género humano.

ARA