Los políglotas occidentales han sido generalmente objeto de admiración en su civilización. El hecho es hasta cierto punto paradójico si tenemos en cuenta que el conocimiento y el uso de varias lenguas es una característica de muchos individuos de pueblos de todo el mundo, sobre todo los que viven en zonas con un grado de linguodiversidad elevado. Valga como ejemplo el caso que explica John Edwards en ‘Un mundo de lenguas’ (2008): «Paulin Djité, un amigo y colega mío, creció en Costa de Marfil hablando francés y wé en casa, y yoruba, baule y diula con compañeros de juego y demás. Su educación fue en francés, inglés y español. Cuando era adolescente, añadió el attié, el goure, el koulango, el dida y el beté a su repertorio lingüístico, además de un conocimiento más pasivo del ewe y otras variedades. Por supuesto, sus habilidades lingüísticas parecen formidables a los ojos de los europeos pero, como él mismo señala, muchos africanos con educación han seguido caminos lingüísticos semejantes». La inmigración que Cataluña ha acogido estos últimos años nos ha proporcionado todo tipo de ejemplos de políglotas como Paulin Djité, con conocimientos desiguales de sus lenguas, naturalmente, según la necesidad personal de saberlas y usarlas.
El embeleso por un poliglotismo subyugado a una mentalidad de récord Guiness no ayuda mucho a fomentar el plurilingüismo. Los nombres de los hiperpolíglotas míticos de todos los tiempos, como Giuseppe Mezzofanti (cardenal italiano y conservador de la Biblioteca Vaticana en el cambio del siglo XVIII al XIX), del que se dice que sabía entre cuarenta y sesenta lenguas, más bien nos alejan de las lenguas que nos acercan a ellas. El ‘lugar de la cantidad’ («más» equivale a «bueno») no debería ser un argumento de peso en una materia en la que en el podio cabe absolutamente todo el mundo. La concepción del poliglotismo como un fenómeno competitivo, relativamente excepcional y, por tanto, inalcanzable para la mayoría, desarbola a muchos hablantes que, si bien se dan cuenta de la importancia y del valor de saber lenguas y de abrirse a la diversidad lingüística, no saben, en cambio, cómo gestionar efectivamente su crecimiento lingüístico. Varios prejuicios relacionados con esta visión no favorecen nada la tendencia hacia el plurilingüismo: por un lado, hay individuos, o incluso pueblos (como señala Juan Carlos Moreno Cabrera en ‘La dignidad e igualdad de las lenguas’, 2000), que están convencidos de que están menos dotados para las lenguas que otros. Esta creencia inhibe automáticamente a muchas personas de interesarse por aprender lenguas. Por otra parte, está todavía arraigada la idea de que aprender una lengua equivale a conseguir ser competente en todas las destrezas, y también que significa llegar a utilizarla con una competencia muy cercana a la de un hablante nativo. Estas concepciones maximalistas y anacrónicas desalientan a muchos aprendices, que se pierden por el camino, y propicia la subestimación y la invisibilidad de aprendizajes lingüísticos naturales, puntuales, alcanzables, anecdóticos, informales o puramente funcionales, que son igualmente relevantes y decisivos en la configuración del bagaje plurilingüe de la persona.
Muchos individuos, por otra parte, no están acostumbrados a reflexionar sobre todas sus lenguas, porque creen que lo que cuenta, en definitiva, es sólo el conocimiento de algunas ‘lenguas (las dos, tres o cuatro que declaran «saber» cuando redactan el currículo). Un conocimiento que se calibra, a sus ojos, por el nivel alcanzado (¡y, sobre todo, certificado!) En academias de idiomas.
Con todos estos prejuicios y otros, muy activos en el imaginario colectivo, muchas personas ven mermadas las posibilidades de ser más y más plurilingües: ni pueden reconocer el capital lingüístico que atesora su biografía, ni pueden valorarlo, ni saben como incrementarlo, ni pueden tampoco apreciar con satisfacción cómo crece continuamente. Demasiadas personas viven su plurilingüismo, en resumidas cuentas, como una experiencia fallida, frustrante, incompleta, tantálica o sobrehumana. No puede sorprender a nadie, desde este punto de vista, que mucha gente, en nuestro contexto, pase toda una vida confesando que tiene asignaturas lingüísticas pendientes (el inglés, normalmente). ¿Cómo puede algún ser humano tener pendiente precisamente la lengua? En contraste con lo anterior, es imprescindible ver el plurilingüismo como una experiencia gratificante y positiva, placentera, como una botella siempre medio llena. Las personas van configurando gradualmente, con un enriquecimiento constante, lo que el ‘Marco europeo común de referencia para las lenguas’ del Consejo de Europa (2001) denomina la ‘competencia plurilingüe’, que crece y se reajusta sin cesar en el individuo a lo largo de toda su vida, al igual que lo hace su ‘competencia pluricultural’. Lo ideal social actual es que se generen individuos con los conocimientos, las destrezas y las actitudes que les permitan no tanto saber muchas lenguas como ser agentes sociales comprometidos a hacer posibles espacios donde tengan cabida el multilingüismo y el multiculturalismo.
La competencia plurilingüe recoge los resultados del aprendizaje que dictan las exigencias lingüísticas profesionales, académicas y sociales, pero recoge también mucho más. El plurilingüismo personal puede crecer casi naturalmente, por ejemplo, en muchas circunstancias y ante situaciones muy cotidianas. Anotemos algunas: cuando desciframos y podemos llegar a pronunciar la leyenda en chino del rótulo de una tienda de nuestra calle; cuando averiguamos el origen y el sentido del topónimo del pueblo donde pasamos los veranos; cuando intercambiamos un breve saludo en ucraniano con nuestro vecino de escalera que ha huido de la guerra de su país; cuando un buen día, tal vez mientras desayunamos, descubrimos que la palabra ‘chocolate’ viene de la lengua nahua; cuando jugamos con las lenguas o nos sorprendemos de los equívocos que generan ciertas palabras, o nos explicamos los malentendidos que provocan; cuando vamos al diccionario a buscar una etimología que nos despierta la curiosidad; cuando abandonamos el oído a la experiencia puramente sensorial de oír la música de una lengua hasta entonces desconocida; cuando nos lanzamos a descubrir por pura curiosidad intelectual los rudimentos de una lengua nueva; cuando nos informamos sobre una variedad lingüística, antes de viajar a un país donde se habla; cuando elegimos el nombre de un hijo o una hija (quizás de origen griego, hebreo o germánico); cuando asumimos el riesgo de participar en una interacción multilingüe con otra persona, cada uno hablando su lengua; cuando nos atrevemos a ejercer de agentes interculturales, mediando entre dos personas que no se entienden… Las ocasiones para el crecimiento sencillo, sin traumas, de la competencia plurilingüe son verdaderamente inagotables.
La competencia plurilingüe de los individuos es un espacio personal único e irrepetible, no vetado a ningún ser humano, que no tiene ni límites ni un final preestablecidos, que se encuentra tan sólo a merced de la sensibilidad, de la curiosidad, de la voluntad de aprendizaje y de comprensión y de la capacidad de experimentar del individuo. Es un territorio íntimo donde se amalgama solidariamente todo el ser lingüístico, una zona misteriosa con fabulosos desequilibrios y asimetrías de lenguas y habilidades (podemos saber una sola palabra de wolof; tener, en cambio, un bagaje muy amplio de italiano y, al mismo tiempo, unas muy útiles competencias parciales receptivas en rumano). En la competencia plurilingüe todo suma y nada debe ser visto como un déficit o una carencia; es un territorio humano, de libertad, de bienestar personal.
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