El ‘ordo’ historicista

Mediante la histéresis el orden natural del tradicional relato histórico es influenciado y alterado por el altercado de la mentalidad. El ordo progresista como disposición adecuada de las cosas es el elemento fundamental por el cual se ha regido dicho relato. Consiste fundamentalmente en una lineal visión de progreso desde el ayer hacia el futuro. Y entre los representantes críticos de esta académica visión merece tomarse en cuenta los trabajos humanistas del historiador y ensayista, José Luis Orella Unzué. Especialmente, su ensayo Nueva invención de la España plurinacional, teniendo en cuenta el que la historiografía tradicional tomó muy en serio aquello que ahora se achaca a los historiadores críticos, la mitificación del acontecimiento, como recurso último de la invención; en expresión tomada por Etienne Balibar de Derrida, la existencia de “[…] un pasado que nunca estuvo presente y que no lo estará nunca.”

A propósito del imaginario de origen judeocristiano, providencialista y mesiánico -en expresión de Tomás Urzainqui- en torno a Tubal y el cantabrismo, en la conformación del sentido de la unidad española y de sus diferentes reinos, que en algunos casos como el navarro poca cosa tenían que ver con ella si no es a través de la obra del arzobispo de Toledo, de origen navarro al servicio de Castilla y de Roma, Rodrigo Ximenez de Rada (para Georges Martin, éste a través de su obra De rebus Hispaniae , es “en el campo de la historiografía real, el inventor de Castilla”), Orella llega a afirmar: “Y esta concepción historiográfica de unidad de origen mítico en Tubal, quinto hijo de Jafet, poblador de España, penetró en todas las historiografías peninsulares de los cinco reinos. El que todos los reinos aceptaran un origen mítico común de España no les impedía el que reclamaran su independencia política.” En opinión del historiador pamplonés: “Cada uno de los reinos tenía sus peculiaridades políticas si bien en los reinos de León, Castilla y Portugal la autoridad del rey fue más fuerte mientras que en los reinos de Aragón y Navarra junto con el principado de Cataluña la autoridad del rey estaba mediatizada por la sociedad política por medio de la institución pactista.” En la construcción del imaginario historicista ello conllevó el que el primer grupo de reinos adoptasen prontamente la aspiración imperial, siempre legitimada por el discurso ideológico de la fe cristiana, apareciendo ya en la época de Alfonso II -según el mencionado autor en García Gallo- el término imperator, aunque eso sí con significado más restringido al que luego daría lugar en el mapa geopolítico mundial, como autoridad imperante sobre una tierra lo mismo participada por señores que por abades. Lo que traspuesto de época imprime el espíritu de todo intento de imposición de la unidad nacional desde entonces hasta hoy alentado por la nefasta influencia dada en el título de Imperatur Magnificus Triunfator, bajo el patrocinio de su homónimo rey que fuera acompañado por el ordinal sexto (Por suerte o desgracia, los ordinales no suelen pasar del diez, convirtiéndose a partir de aquél en cardinales, una especie de populoso desfile de gentes principales).

Consiguientemente, una primera aproximación habrá de mostrarnos que la mentalidad tiene tanto que ver con el orden de lo histórico, presuntamente cientificista, como de lo mitológico, de carácter si cabe más simbólico. Afirmaba Philippe Malrieu, el que referente a los sistemas de creencias colectivas preexistentes: “los comportamientos individuales de imaginación, mediante los cuales el sujeto pone en relación las cosas y los seres, es una red de significados que, a diferencia de los sueños, se revelan como extraordinariamente estructurados y dotados de estabilidad.” El imaginario está compuesto de elementos contrastados y otros figurados. Viene a compartir el relato elaborado a partir de al menos dos de los tres ingenios -capacidades, diríase en el lenguaje actual- descritos por Juan Huarte de San Juan: el de individuos dispuestos para la memoria y para la imaginación, plasmados de manera particular en los relatos de mitos y leyendas cuyo mérito particular consiste en actualizarse mediante procedimientos de transferencia. Para el autor mencionado, Malrieu: “un mito colectivo, lejos de imponerse a los individuos como una realidad acabada no puede vivir sin las emociones y las invenciones particulares, que lo consolidan, lo autentifican y lo recrean sin cesar.” Y como tantas cosas en la vida esto no deja de ser ni bueno ni malo, simplemente es, consistiendo su riesgo en el uso indebido que del mismo podamos hacer a través de aventuradas traslaciones e injustificados cambios sustanciales de la significación originaria en sus continuas adaptaciones. Lo que resumido, en palabras más recientes de Cornelius Castoriadis, le hará afirmar: “Estas formas -de lo imaginario- creadas por cada sociedad, hacen ser un mundo en el que determinada sociedad se inscribe y se hace un lugar.”

El imaginario didáctico de la historiografía tradicional estado-centrista dice mucho de ello. Parece ser que España es el ente configurado en torno de lo que los romanos aportaron a aquellos salvajes autóctonos influenciados por culturas más o menos conocidas como la fenicia y la tartesia, compuesto de iberos y de celtas, principalmente, que a su vez lo fueron por la acción de los godos, siendo conquistado su territorio por los árabes, que a su vez fuera reconquistado para la cristiandad por la federación de los restantes reinos ibéricos, que a su vez conquistaron el nuevo mundo universalizándolo para el negocio y la fe, y que, finalmente se ha creído actor coprotagonista del único espíritu que tras de los fallidos intentos revolucionarios resta: el del capitalismo en naturalizada crisis permanente. A este imaginario le han sobrado moros, judíos, inmigrantes, parados, y si no fuera por la posesión de un territorio que desde la visión patrimonialista no deja de ser únicamente suyo, también vascos y catalanes. Importa poco el modo de vida de todos ellos, pues el negocio da lo que da de sí y nada más, y quienes por alguna causa muestran desafección al régimen instaurado -en cada momento, siempre el mejor- también deben ser conscientes de su, en todo caso, marginal condición. Los recortes para ellos, el rescate para nosotros. Los primeros debido a la osadía del endeudamiento llamado familiar, el del pobre; los segundos debido a la coyuntura internacional de un crisis financiera que terminó por hundir el modelo especulativo de economía pujante que tanto nuevo rico hizo aparecer de la noche a la mañana, consolidando e implementando la situación de quienes ya lo eran de rancio abolengo desde el pasado remoto hasta el más actual presente, no dejando en ningún momento, a pesar de todo ello, de amasar enormes fortunas. El pobre se emborracha, al rico le sienta mal la bebida. Y a todo ello le denominan sociedad de progreso. A fin de cuentas, toda una historicista ordalía fundamentada en la nomina divina veterotestamentaria del verbum mentis.

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