Hace unos días, a raíz del proyecto de una nueva división administrativa francesa, Racó Català formulaba esta pregunta: «¿Puede aparecer el nombre de ‘Cataluña’ en la denominación de una región del Estado francés?» La pregunta aludía a una región que incluirá el Languedoc-Roussillon y Midi-Pirineos y que tendrá el nombre que surja de un referéndum. No es que la gente tenga que votar sí o no, sino que la opción Occitania-Catalogne es una de las tres posibles, junto a Sud de France y Pyrénées Méditerranée. Como dice el Racó, el hecho puede parecer folclórico o irrelevante, pero no tiene nada de irrelevante. Se puede decir que el nombre no hace la cosa, pero no es una frase afortunada. No es lo mismo vivir en la plaza de Francesc Macià que en la plaza de Calvo Sotelo, por ejemplo. La plaza es la misma, claro, y la gente que vive también, pero entre lo que representa Macià y lo que representa Calvo Sotelo hay años luz de distancia. Tampoco es lo mismo hablar de País Valenciano que hablar de Comunidad Valenciana. Esto lo sabe muy bien el Estado español, que utiliza este último término para borrar la historia de aquella parte de los Países Catalanes y diluir su personalidad en la macedonia de frutas de las ‘comunidades’. Y si hubiera podido habría hecho lo mismo con Cataluña. Qué éxtasis poder sustituir este nombre por el de Comunidad Catalana.
No sé cuál de las tres opciones ganará en el Estado francés, pero me temo que difícilmente será Occitania-Catalogne porque implicaría reconocer una historia que le incomoda y que tarde o temprano tendría trascendencia. Del mismo modo que el nombre de Irlanda del Norte, aunque esté bajo soberanía británica, indica que se trata de una parte de un todo llamado Irlanda, y que, por tanto, hay una Irlanda del Sur, también el nombre de Cataluña del Norte indica una pertenencia a un todo llamado Cataluña. Recuerdo que profundice mucho, al tratar esta cuestión en el libro «Desnudando España». Y es que la historia es muy tozuda y los hechos son los hechos. El Tratado de los Pirineos, como sabemos, desgajó la nación catalana quitandole una parte importantísima de sí misma para subordinarla a otro pueblo, y esta subordinación conllevó una persecución feroz de la lengua, de la cultura y de la identidad catalanas a fin de subsumirla en la identidad francesa.
Pero una cosa es el planteamiento y otra el desenlace, y, como dijo el nunca suficientemente bien ponderado Francesc Pujols, «el pensamiento catalán rebrota siempre y sobrevive a sus ilusos enterradores». Han transcurrido trescientos cincuenta y siete años de aquel crimen de Estado, y los enterradores, si bien han hecho estragos durante todo este tiempo, no han tenido éxito. Porque, si la nación catalana no existe, ¿cómo puede ser que haya una ‘Cataluña francesa’ y una ‘Cataluña española’? ¿En qué quedamos, es de un sitio o de otro? Cualquiera, por supuesto, puede decir que es de los dos sitios a la vez. Es decir, que hay un trozo bajo dominio español y otro trozo bajo dominio francés. Aceptado. ¿Pero como se puede explicar esta pertenencia administrativa sin el descuartizamiento perpetrado por Castilla y Francia, en 1659, a espaldas de Cataluña? Dicho de otro modo: si Cataluña es España, y si Cataluña es Francia, ¿por qué la querían descuartizar? ¿O es que acaso hay alguien lo suficientemente loco como para descuartizarse a sí mismo?
RACÓ CATALÀ









