“El neoliberalismo y nosotros que lo combatimos tanto”

Contribución a una lectura política de la economía de Trump.

“El caballero en la encrucijada”, de Viktor Vasnetsov. 1919

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El neoliberalismo y nosotros que lo combatimos tanto. Veníamos diciendo que era un zombie, que caminaba aun muerto, sin convencer pero llevado por la inercia y la falta de alternativas, deshaciéndose poco a poco. Pues ayer, oficialmente, falleció. Podríamos convenir que la comparecencia de Donald Trump ayer en La Casa Blanca, armado con su pizarra de aranceles, fue la fecha de su entierro. El neoliberalismo ha sido un sistema que a lo largo de medio siglo ha regido la política y la economía mundial, incluso moldeando la antropología y produciendo su propia subjetividad. Se ha caracterizado por la desregulación económica y financiera, las privatizaciones de los servicios públicos, la destrucción del poder contractual de los trabajadores y, como consecuencia de todo esto, una masiva redistribución de riqueza de abajo hacia arriba, produciendo un brutal incremento en la desigualdad global y al interior de los países que, al menos en Europa, rompió con una cierta tendencia igualitarista desde el final de la Segunda Mundial.

El neoliberalismo deja tras de sí democracias mucho más débiles que las que sometió, agrietadas por el descrédito de unas instituciones hechas impotentes frente a los poderes oligárquicos, y enfermas de desigualdad, desconfianza interpersonal y disolución de todos los vínculos sociales no mercantiles. En ese terreno de podredumbre, miedo y destrucción de los horizontes igualitaristas que le precedieron (singularmente, la destrucción del movimiento obrero y la desaparición de la idea misma del socialismo), la descomposición del neoliberalismo no ha alimentado en general el surgimiento de fuerzas populares o democráticas sino, al revés, la de fuerzas reaccionarias y autoritarias. La extrema derecha posneoliberal ya no promete que con la libertad sin límites de los más ricos habrá prosperidad para todos, sino que asume un escenario en el que las cosas serán feas y cada vez más feas. Se ufana de hablar claro y de un cierto “malismo” -contra cualquier sentimiento de empatía denunciado como ingenuo o falso- y tan sólo promete que habrá seguridad para quienes escojan el bando de los fuertes (léase: de los ricos) y gocen descargando la frustración y la ansiedad sobre unos terceros, culpables de nuestras dificultades. Estos terceros siempre resultan ser más pobres, más sensibles, más débiles.

  1. Por qué los aranceles de Trump.

Ayer el régimen de Trump anunció la tabla de aranceles -vale decir, los impuestos- que le va a imponer a los bienes y servicios provenientes de los diferentes países del mundo cuando entren en EE.UU. Lo hizo pletórico de orgullo y de resentimiento, como un emperador en declive que está de regreso y que va a enseñarle a las desagradecidas colonias lo que es bueno.

Estados Unidos tiene un considerable déficit en su balanza de pagos, porque importa mucho más de lo que exporta. Esto, no obstante, ya venía siendo así desde hace varias décadas, pero EE.UU. lo compensaba atrayendo a su país capital financiero e inversiones, gracias a que todo el mundo quería (y quiere) dólares: como medio internacional de pago, como valor refugio en momentos de incertidumbre, para invertir en la bolsa americana o para comprar sus bonos del tesoro.

Esto produce un dólar muy fuerte, bueno para comprar barato pero malo para vender a precios competitivos. Que a su vez atrae de nuevo muchos más dólares a EE.UU, un país que consume mucho más de lo que produce y que invierte mucho más de lo que ahorra.

La combinación virtuosa que Estados Unidos ha venido manteniendo entre su déficit comercial y su superávit financiero descansaba básicamente en su rol imperial: la potencia inigualable de sus Fuerzas Armadas, el poder de su moneda y la confiabilidad y seguridad de su sistema político y económico. Estados Unidos ganaba sin duda por su papel de dueño de la pelota -se financiaba muy por encima de sus posibilidades, podía endeudarse, podía hacer política internacional con decisiones estrictamente nacionales, cobraba sin duda una comisión a todos sus “socios”-, pero ha venido pagando también un precio por sostener la moneda imperial: dificultaba su producción nacional y ponía buena parte de su deuda pública en manos extranjeras.

En el declive del hegemón norteamericano, han ido surgiendo otras potencias que le miran de tú a tú, si aún no en términos militares, sí desde luego en términos comerciales, industriales, tecnológicos y energéticos. En términos culturales y políticos, hace tiempo que EE.UU no es un modelo a seguir para cada vez más países en un mundo multipolar. Esto supone una amenaza a la seguridad nacional norteamericana, según la administración Trump. La agresiva política arancelaria ayer anunciada es tanto el reconocimiento del declive norteamericano, como la movilización de su aún enorme poder para forzar un brusco cambio de las reglas del juego que le beneficien. Por encima de los intereses cortoplacistas de los capitalistas individuales, es una apuesta drásticamente política a doble o nada para sustituir el orden multilateral por una sucesión de relaciones bilaterales en la que es EE.UU quien fija las condiciones.

Hay que notar que el estilo chulesco no es sólo un ornamento. Naturaliza así de paso, de la política internacional a las políticas nacionales, un elemento que siempre ha sido clave en los fascismos: la normalización de la brutalidad y de la injusticia manifiesta, que humilla a quien se enfrenta y envilece a quien mira, que promueve la adhesión por el goce de la sumisión a un amo que, por ser poderoso, tiene razón.

  1. Qué objetivos persiguen los aranceles.

La agresiva política arancelaria de Trump, más allá de las características patológicas del personaje y del contexto de crisis capitalista prolongada en el que se producen, tiene al menos cuatro objetivos definidos:

  • En primer lugar, tal y como se ha declarado explícitamente, revertir la deslocalización industrial y atraer empresas y producción a Estados Unidos.
  • En segundo lugar, la política arancelaria pretende que los países que viven bajo el paraguas de la armada imperial y del dólar paguen más por esa protección y esos servicios. Se trataría de restablecer o endurecer plan condición de vasallaje a través de tres vías:
    • i) que los “socios” de EE.UU compren masivamente armamento a su industria bélica. La administración Trump, además, quiere poder concentrarse en un programa imperialista clásico en el continente americano: Groenlandia, Canadá y Latinoamérica, para fortalecerse frente a China.
    • ii) para librarse de los onerosos aranceles y tener mejor acceso al inmenso mercado norteamericano, los socios deberán ofrecer ventajas y desregulaciones a las empresas norteamericanas que inviertan en sus países.
    • iii) Los socios que quieran seguir siéndolo deberán contribuir a una devaluación artificial del dólar para que EE.UU exporte con más facilidades, por ejemplo apreciando sus propias monedas. En el extremo, la administración Trump acaricia la idea de obligarles a asumir un default forzoso de deuda norteamericana, presionándoles hasta que acepten cambiar sus Bonos del tesoro por bonos perpetuos a muy baja o nula rentabilidad.
  • El Gobierno federal tiene un considerable agujero fiscal, que agravará mucho más con las anunciadas bajadas de impuestos a los multimillonarios a los que descaradamente representa su gobierno oligárquico. Con el límite de endeudamiento público fijado por el congreso, la administración de Trump se puede enfrentar pronto a un problema de recursos para atender a las necesidades presupuestarias básicas. Espera por tanto comprar tiempo con los primeros ingresos provenientes de los aranceles, por más que esto sea pan para hoy y hambre para mañana.
  • En último lugar pero de capital importancia, el régimen de Trump no ha llegado para gobernar cuatro años y desarrollar algunas reformas. Ha llegado para borrar todo rastro igualitario de su cultura política e instituciones, y para convertir su país en una república oligárquica en la que el poder del dinero (y de los hombres blancos) no encuentren el menor límite o contrapoder democrático, subsumidas también las instituciones liberales y la contienda electoral en el poder desmesurado de los oligarcas tecnológicos. Ese proyecto no se puede desarrollar sin agudas tensiones y luchas sociales. La política exterior, que siempre es, en buena medida, política doméstica, está diseñada en este caso para apretar las filas detrás del “comandante en jefe” frente al enemigo externo -es ideológicamente muy relevante cómo “lo europeo” despierta un profundo resentimiento antiintelectual y antiizquierdista entre amplios sectores populares norteamericanos, que deja a los demócratas siempre al filo de no pertenecer a la “América real”, hegemonizada por los sectores más ultras que han asaltado el partido republicano. Esta maniobra, además de hacer una guerra ideológica global a la que se suben los quintacolumnistas de Trump en Europa, exonera a los multimillonarios por su irresponsabilidad fiscal y empuja a que sean los socios internacionales lo que paguen lo que los más ricos se ahorran en impuestos.
  1. Qué cabe esperar.

En un primer momento, las políticas arancelarias van a tener un primer impacto en términos de inflación, que pagarán en primer lugar los hogares norteamericanos. Las criminales políticas migratorias y la política fiscal de perdonarles impuestos a los más ricos sólo incrementarán esta tendencia inflacionaria. La Casa Blanca parece descontar ese daño -que descargan sobre las clases subalternas- y confiar por una parte en seguir teniendo bajos precios de la energía merced a su estrategia depredadora, políticamente imperialista y climáticamente suicida; y por otra en presionar a la Reserva Federal para que no aumente los tipos de interés o los baje, manteniendo así un dólar débil que ayude a las exportaciones. Está por ver, en todo caso, la reacción de los diferentes países y bloques, cuánto haya de choque y cuánto de negociación.

Más allá del desempeño de la estrategia que vimos anunciada ayer, vienen tiempos de desorden extremo. Y de disputa. Es muy dudoso que esta ofensiva pueda lograr todos sus objetivos, pero es indudable que no habrá regreso al orden anterior.

El modelo neoliberal fue una contrarrevolución conservadora que multiplicó el poder de clase de los más ricos. Eso no significa que el regreso del proteccionismo y su actuar más desnudamente político tenga necesariamente un carácter social diferente. Dependerá, en cada caso, del poder que tengan los diferentes grupos sociales al interior de su Estado. Esto es, de la capacidad para ponerlo al servicio de una transición ecológica justa que redistribuya la riqueza, ponga límites a los privilegiados y asegure así la posibilidad de la democracia y la vida tranquila para las mayorías sociales cuyo futuro no puede depender de sus herencias o apellidos.

La conmoción mundial nos indica que no estamos sólo ante una manifestación de la crisis de la supremacía USA, ni siquiera tan sólo de la concatenación de crisis capitalistas. El caos que vemos y palpamos, la absoluta imposibilidad para predecir qué vendrá después, la falta de referencias y la sensación de derrumbe, son propias de los momentos crepusculares en los que no hay futuro a la vista. Trump es, en el fondo, la versión extrema de una decisión política: una buena parte de las oligarquías no cree tener ya que hacerse cargo de la sostenibilidad social ni medioambiental de su mando. Quienes nos han traído hasta aquí enarbolan el “sálvese quien pueda” como un grito de guerra, cuando en realidad es una rendición ante la catástrofe. Ya lo han hecho en otros momentos de la historia, con desastrosas consecuencias. Hoy, sin embargo, tenemos menos tiempo. En medio de los clarines de guerra, hay que construir la gran coalición de quienes queremos que el planeta y el género humano sigan siendo posibles. Puede que seamos muchos más.

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