El nacionalcomunismo vuelve a asomarse

Es curioso y a la vez inquietante ver sectores de la izquierda radical europea aplaudiendo al Kremlin cada vez que lanza la palabra fascista contra Maidan. La denuncia de las esvásticas exhibidas en Kiev ha ido acompañada, de vez en cuando, de una sospechosa fotografía del primer ministro ucraniano, Arseni Yatseniuk, saludando desde una tribuna despegando el brazo. Un gesto tan impreciso y desenfocado como el clamor que la acompaña -«Yatseniuk es fascista y esto es la prueba»-, suministrado por la propaganda no sólo rusa, sino también castrista y chavista. En plena escalada, Putin ha sabido resucitar la liturgia soviética del heroísmo antifascista dirigiéndose a los milicianos de Donetsk y Lugansk, y el 9 de mayo, en Sebastopol, en Crimea, presidiendo la conmemoración de la victoria con una inmensa hoz y martillo de trasfondo. Curiosamente pocas semanas antes, por esa misma cercanía, el referéndum de anexión de Crimea era supervisado por observadores internacionales como ultras húngaros de Jobbik y la líder de la extrema derecha francesa Marine Le Pen. Más aún: entre el selecto público asistente al solemne discurso de Putin al Kremlin en que oficiaba la recuperación de Crimea destacaba Aleksandr Prokhànov, ideólogo -una vez disuelta la URSS- del giro nacionalista del Partido Comunista ruso y al mismo tiempo impulsor del llamado Frente de Salvación Nacional, que tenía la misión de reunir a todas «las fuerzas nacionalpatriòticas», incluyendo un puñado de grupos fascistas.

 

¿Un eje Belgrado-Moscú-París?

 

Aquel proceso de convergencia del comunismo más empedernido con la extrema derecha se había empezado a gestar y escenificar durante la perestroika, cuando la primera asociación autorizada -surgida del PCUS mismo- fue Pamiat, un autoproclamado Frente Nacional Patriótico con un líder, Dmitri Vassiliev, que tenía como referente nada menos que a Jean-Marie Le Pen. Pero la elaboración y visualización del formato nacionalcomunista, y la tentación de expandirlo, se plantearía sobre todo en 1993, en plena guerra de Yugoslavia y en medio de los primeros impactos de la terapia de choque capitalista en Rusia. Las alianzas del presidente serbio Slobodan Milosevic y del líder comunista ruso Guennadi Ziugánov con sus respectivas extremas derechas estimularían movimientos en París que insinuarían una hipotética alianza nacionalcomunista en Francia. Alain de Benoist, uno de los ideólogos de la nueva derecha francesa, contacta con el periodista comunista Jean-Paul Cruse -miembro de la célula Ramon Mercader- y en las conversaciones se llega a plantear la necesidad de una «alternativa nacional» con los comunistas y el Frente Nacional, que comenzaban a compartir electorado. Divisaba un «acuerdo estratégico» contra el enemigo común: el capitalismo, el liberalismo y la socialdemocracia. La propuesta Benoist-Cruse naufragó porque el politburó comunista francés no se lo puso bien, al tiempo que los medios progresistas encabezados por el diario Le Monde denunciaban el eje Belgrado-Moscú-París, y pensadores como François Fetjö y Edgar Morin alertaban de todo ello. El fin de la guerra yugoslava en 1995 y el apuntalamiento de Yeltsin en 1996 hicieron el resto.

 

La política hace extraños compañeros, y viendo los movimientos de Putin y de sectores muy específicos de la izquierda radical y de casi toda la extrema derecha europea, no sería raro que mañana, en el Kremlin, brinden por los buenos resultados de Marine Le Pen, más que por los de Syriza. Y, puestos a elegir, muchos ultras de derecha y algunos radicales de izquierda están más dispuestos a pactar con Putin que con la troika.

 

ARA