El título del artículo, ya lo ven, es el mismo que el del célebre libro de Stefan Zweig, y el análisis que viene a continuación también remite al mismo. Hace 70 años, el 22 de febrero de 1942, el escritor austriaco de origen judío se suicidó en Petrópolis, en Brasil, junto con su esposa. Ambos estaban convencidos de que los ejércitos del Eje acabarían triunfando en todo el mundo y que el exilio no les habría servido de nada. Pocos meses después, la guerra dio un vuelco a favor de los aliados, y fueron cayendo, en este preciso orden, Italia, Alemania y Japón. En 1944 apareció póstumamente el libro de Zweig, que durante la década de 1920 había sido uno de los escritores más populares del área cultural germánica, así como uno de los intelectuales más reputados de Europa. El mundo de ayer hace referencia al Imperio Austrohúngaro y, en general, a los regímenes centroeuropeos del último tercio del siglo XIX. Tal como lo explica Zweig, se trataba de un mundo rígido pero seguro; obsoleto pero también vigoroso; anticuado y a la vez activo. Era un mundo previsible, con todo lo que ello tiene de bueno y de malo. A finales de la década de 1930, sin embargo, el mundo se convirtió en un espectáculo vertiginoso, cambiante, histérico. Durante las Olimpiadas de 1936, en Berlín, la comunidad internacional se admiraba con el régimen de Hitler no porque fuera nazi, sino porque resultaba irresistiblemente moderno. Ya no interesaba el mundo de ayer: era el pasado inmediato, y se veía como algo irrecuperable. El pasado remoto siempre hace gracia, el reciente tiene poco atractivo.
¿Cuál es nuestro mundo de ayer? Es decir: ¿en qué período histórico ubicamos nuestras referencias al pasado inmediato? Es probable que la mayoría hagan referencia a cosas ocurridas hace apenas 50 años. El mundo que a la vez añoramos y nos molesta es apenas aquél. Es el mundo del punto álgido de la Guerra Fría (en octubre cumplirá 50 años de la crisis de los misiles cubanos), el del Concilio Vaticano II, el del primer disco de los Beatles, el de los programas televisivos de éxito más o menos masivo… Incluso las personas que nacieron después todavía pueden percibir esa realidad como algo que simultáneamente afecta a nuestro presente -incluso en el aspecto sentimental- pero que ya forma parte del pasado. El paralelismo con la percepción de Zweig es muy grande… e igualmente engañosa. En efecto, una de las cosas que más llaman la atención del escritor austriaco es que haga abstracción de cosas tan importantes como la guerra franco-prusiana o los pogromos contra los judíos que se llevaron a cabo en el este de Europa, incluida la Rusia zarista. Zweig critica su presente (la década de 1930 y comienzos de la de 1940) a base de idealizar un pasado que, en realidad, nunca fue así. Es probable que nosotros estemos repitiendo la jugada.
Existe una percepción amable de la Guerra Fría, probablemente gracias a las películas de James Bond y cosas por el estilo. También se han idealizado hasta el delirio determinadas manifestaciones de la cultura popular, que tienen exactamente el mismo grado de putrefacción estética e intelectual que las de ahora. Desde una perspectiva política, sin embargo, lo más relevante es esta mirada amnésica hacia todo lo que representó en realidad la Guerra Fría. En el año 2001, a raíz de los atentados contra las Torres Gemelas, este recuerdo distorsionado llegó a extremos delirantes: añorábamos un mundo que, sencillamente, no existió. La idea -acomodaticia, como todas las percepciones retrospectivas- según la cual «no podía pasar nada porque las dos potencias se apuntaban mutuamente con su arsenal atómico» es exactamente ridícula. No pasó nada, es cierto, pero entre el 15 y el 28 de octubre de 1962, hace 50 años, hubiera podido pasar cualquier cosa. De hecho, faltó muy poco para que no se produjera una confrontación que habría transformado la Segunda Guerra Mundial en una pequeña bronca de patio de colegio.
Desde una perspectiva económica nuestro mundo de ayer fue próspero, sin duda, pero provocó, por ejemplo, uno de los éxodos masivos más importantes de la historia: el del mundo rural a la ciudad. A día de hoy puede parecer que todo lo fue coser y cantar, pero nadie abandona su casa porque sí. Los grandes desastres urbanísticos que dañaron las grandes ciudades de toda Europa también provienen casi siempre de aquella época, y sus consecuencias todavía son espantosamente visibles en muchos lugares. En definitiva: es cierto que nos han tocado unos tiempos considerablemente complicados, pero eso no nos faculta para idealizar nuestro pasado inmediato con la intención de hacerlos aún peores.







