Raffaele Simone es un lingüista de primer nivel internacional, pensador y filósofo simpatizante de la izquierda, y autor que ahora mismo circula por el mundo sobre todo por su libro «Il mostro mite» , traducido al francés con el título «Le monstre doux», y que no sé si por aquí lo tenemos en traducciones asequibles. Doux , en francés, es una palabra un poco ambigua, que tanto puede ser dulce como suave o tierno. Mite, en italiano, según el Zingarelli, quiere decir benévolo, clemente, indulgente, y también quiere decir manso y tranquilo si se trata de animales, tibio o dulce si se trata del clima, y en general cualquier cosa suave, ligera, no demasiado pesada. Bueno, pues, todo esto es el monstruo que nos domina, controla o gobierna: el monstruo dulce, que no parece ningún monstruo. El monstruo es un régimen global de gobierno, pero también un sistema mediático, televisivo, cultural, cognitivo, una forma de ambiente infantilizante persistente que pesa sobre toda nuestra sociedad, afirma Simone. El monstruo es producto y cría de una nueva derecha que ha comprendido nuestra época consumista, individualista, acelerada y mediática. Una derecha pragmática y conquistadora, asociada a los jefes de empresa ya los medios de difusión para promover una sociedad del entretenimiento, de defensa de los intereses a corto plazo, y que promete a la vez la seguridad y las barreras contra la inmigración indeseable. Este régimen, dice Simone, esta nueva derecha triunfante, se interesa sobre todo por la expansión del consumo, de la diversión y del espectáculo, que le parecen la verdadera misión de la modernidad. El monstruo dulce está decidido a reducir el papel controlador y redistribuidor del Estado y de los servicios públicos, desprecia la vida intelectual y la independencia de pensamiento, y desarrolla una ideología del éxito individual. Es populista en el sentido de que esquiva la democracia en nombre de «lo que quiere el pueblo». Pensar en el señor Sarkozy, Berlusconi o, ridículamente y entre nosotros, en Zaplana o en Camps, es una manera de empezar a entenderlo. Pensar en la corrupción que, cuando no se puede esconder, se justifica con los resultados electorales de quienes la practican, sería otra. Repasar el contenido de la mayoría de los programas de televisión nos lo hace entender más claramente aún. El régimen del monstruo, explica Simone, se basa en tres mandamientos, el primero de los cuales es consumir: consume, compra, consume y compra siempre, de todo y cualquier cosa, útil o inútil. Es la clave del sistema, y el primer deber del ciudadano. O consumir o la maquinaria económica se bloquea y se extienden la pobreza y la desgracia universales. Consumir, porque la felicidad reside en el consumo, en el dinero fácil. Ser feliz es ir de compras, pasar horas en un gran centro comercial. El ahorro es cosa antigua y pasada, la sobriedad es casi antisocial, ser moderado y discreto es aburrido. Y está prohibido aburrirse.
El segundo mandamiento, por tanto, es divertirse. No hay nada más importante que el espectáculo, cualquiera que sea, masivo, en la calle, en casa frente al televisor, en las revistas del corazón, el espectáculo de los personajes públicos. Y llenar de diversión el tiempo libre, los puentes, las vacaciones, los fines de semana, las horas domésticas. Las pantallas y pantallitas omnipresentes, la imagen permanente. La necesidad de diversión llena todo el espacio disponible, rehace la imagen y el contenido de las ciudades históricas, indefectiblemente turísticas. La diversión, en el sentido más extenso, hace construir hoteles y más hoteles, ocupa las playas y los paisajes, llena los centros comerciales, se extiende por todas las horas de la vida. Incluso las noticias más serias o más trágicas se convierten en entretenimiento: guerra, miseria, catástrofes, debates políticos, cualquier cosa, todo se convierte espectáculo, insiste Simone, juego en tiempo real, folleto emocional, una variante de reality show . Y el tercer mandamiento es el culto del cuerpo joven, de la vitalidad indefinida, la piel inalterable: la negación de la vejez e incluso de la condición de adulto. El rejuvenecimiento como gran industria universal, el consumo expansivo de cosméticos para parecer esbeltos, adolescentes, de líneas y pliegues y piel sin arrugas, la cirugía estética, el gimnasio, el bronceado perpetuo, y otra vez Silvio Berlusconi como modelo y emblema. Los adultos como adolescentes eternos, y no sólo por la piel y por el aspecto, sino por la devaluación de las posturas reflexivas, de la serenidad, de la calma, del pensamiento, que son cosas inútiles y tristes, cuando lo que cuenta es la velocidad, la imagen arrogante, el éxito, el dinero. Ha pasado siempre, de acuerdo, pero antes era cosa sólo de una pequeña minoría, y ahora es la aspiración más alta de todo el mundo. Continuará.
El Temps, núm. 1379







