El mal menor de la socialdemocracia

De Manchester a Ferraz: por qué una tradición que prometía futuro ahora es sólo un refugio contra lo peor

Como escribí en otra columna, “la esperanza es una decepción aplazada”. Sigo sin recordar dónde leí por primera vez esta frase, pero se me ha quedado grabada y no puedo quitármela de la cabeza. Observando la trayectoria de la socialdemocracia en buena parte del mundo, uno se pregunta a veces si no contiene más verdad de la que nos gustaría reconocer a pesar de los brotes verdes.

La noche del 18 de junio de 2026, Andy Burnham —el alcalde del Gran Manchester que los suyos admiran como el «rey del Norte»— ganó la elección parcial de Makerfield holgadamente y recuperó el escaño en el Parlamento que necesitaba para poder disputar a Keir Starmer el liderazgo del laborismo y, como consecuencia, el del gobierno de la Gran Bretaña. Derrotó por más de nueve mil votos al candidato de Reform UK, el partido antiinmigración de Nigel Farage, y también se impuso de forma aún más contundente al nuevo partido xenófobo, Restore Britain, del diputado Rupert Lowe. En el discurso de la victoria, Burnham dijo que todo el mundo sabe que “la política no funciona” y prometió una forma de hacer nueva, basada en la unidad y la esperanza, contra la deriva oscura y divisoria que avanza a ambos lados del Atlántico.

La paradoja es evidente. Hace apenas dos años, en julio de 2024, Starmer había conducido el laborismo a una abrumadora mayoría tras catorce años de gobierno conservador. Hoy su popularidad se ha derrumbado hasta el punto de que un alcalde del deprimido norte inglés ha tenido que volver a la Cámara de los Comunes para hacerle sombra, empujarle a dimitir —como hizo el lunes— y convertirse a sí mismo en el gran favorito para relevarlo. Quien prometía ser la alternativa al conservadurismo se ha convertido, a ojos de muchos votantes, en la cabeza de una administración sin rumbo. Y la pregunta que se cierne sobre Westminster es la misma que se cierne sobre toda la familia socialdemócrata europea: ¿puede Burnham —o alguien como él— volver a hacer del laborismo una esperanza, o sólo ofrecerá un cambio de cara? ¿Será una alternativa o sólo un refugio?

Una decadencia que no es sólo económica

El gran proyecto socialdemócrata, que un día prometió reconciliar la libertad con la justicia, el progreso económico con la igualdad y el Estado con la ciudadanía democrática, se ha ido desvaneciendo. Lo que había sido la tradición dominante de la Europa de la posguerra a menudo sobrevive como recuerdo nostálgico o como estructura de poder fatigada. Arrastra los pies en un contexto dominado por los extremismos.

La decadencia de la socialdemocracia no se explica sólo por la globalización o una transformación económica acelerada y en ocasiones sin una regulación adecuada. Refleja también un agotamiento moral más profundo. Allí donde la socialdemocracia había prometido responsabilidad, equidad y redistribución, acabó a menudo administrando políticas neoliberales o acomodándose al poder financiero. Y lo que pudo ser realismo político —comprensible— ha derivado demasiadas veces en un simple apego al poder. En el Estado español, la deriva de Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero son el peor ejemplo. Los escándalos de corrupción hicieron el resto: erosionaron la credibilidad de partidos que un día habían reclamado una superioridad moral sobre la derecha. Poco a poco, las organizaciones socialdemócratas han perdido el contacto con los grupos sociales que históricamente representaban. Buena parte de la clase trabajadora y sectores de las clases medias se han ido hacia otro lado: a veces hacia el nacionalismo étnico, a veces hacia el populismo. O ambas cosas a la vez, como es evidente con Vox y Aliança.

Donde sí se ha reinventado (ya qué precio)

No toda la historia es de declive. Dinamarca ofrece el ejemplo más citado. Bajo el liderazgo de Mette Frederiksen, los socialdemócratas daneses reconstruyeron su estrategia en torno a tres prioridades: defender el estado del bienestar, abordar la inmigración con pragmatismo y conectar de nuevo con el voto obrero. Frederiksen abandonó deliberadamente el tono moralizador de una determinada izquierda cultural para centrarse en la seguridad material y la cohesión social, incluyendo una fiscalidad más justa para los trabajadores. The Guardian (1) lo resumió diciendo que el partido había sido desplazado sin contemplaciones hacia la izquierda en economía y hacia la derecha en inmigración. Hablaré enseguida. De momento retengamos un par de datos: en 2014, el Partido Popular Danés, ultranacionalista, había ganado las europeas en Dinamarca por delante de los socialdemócratas; en 2019 Frederiksen regresó al gobierno y en 2022 revalidó la victoria arrebatándole al nacionalpopulismo la agenda del agravio.

El precio de esta nueva imagen de la socialdemocracia danesa se vio con toda su crudeza en el Consejo Europeo de este mes de junio. Ante la regularización extraordinaria de medio millón de inmigrantes impulsada por el Gobierno español, fue Frederiksen —y no otro líder de la derecha— quien tomó la palabra para reprochar a Pedro Sánchez que lo hubiera hecho, reclamando un marco legal común europeo y mayor atención a las consecuencias que la política de acogida de un Estado genera sobre los demás. Cuando Sánchez defendió su posición, los que salieron a apoyar a la danesa fueron la italiana Giorgia Meloni y el primer ministro belga, Bart De Wever, ambos del grupo de los Conservadores y Reformistas europeos. No es un detalle cualquiera: Dinamarca es una de las principales impulsoras de los centros de retorno para migrantes en terceros países —la misma fórmula que defiende Meloni— y en el Consejo se alinea sistemáticamente con halcones como Austria o Polonia contra la acogida. Y esta línea, que Copenhague justifica diciendo que así protege los derechos sociales de la clase trabajadora danesa, no se ha ablandado ni siquiera después de formar un gobierno de coalición que incluye a los ecologistas de izquierda.

Dos dirigentes de la misma familia socialdemócrata europea -Frederiksen y Sánchez- defienden posiciones radicalmente opuestas sobre la inmigración. ¿La danesa es de izquierda en economía y de derecha en inmigración? Aquí hay una lección incómoda: el modelo que funciona electoralmente lo hace, en buena parte, porque ha mordido el cebo —y la narrativa— de la derecha. Pedro Sánchez, que en el debate del Consejo defendía la posición más humanista -que las personas que ya viven y trabajan en un país merecen derechos-, lo hacía representando un gobierno tan erosionado por la corrupción y tan táctico en todo que difícilmente puede encarnar esperanza alguna.

La agenda humanitaria queda destruida por la corrupción. Es el Jano bifronte que experimentó Carmen Calvo, gran feminista del PSOE partidaria de la abolición de la prostitución, cuando supo quién era realmente el ministro que se sentaba a su lado. Según los informes de la UCO, José Luis Ábalos colocaba a mujeres en empresas públicas y pagaba prostitución desde la órbita del ministerio: un putero, en estado puro. Sánchez los fulminó a ambos para salvarse él. La socialdemocracia amable, progresista e ilusionante que añoro no tiene hoy ningún ejemplo europeo plenamente exitoso.

La otra cara de la moneda: el PSOE

Si la socialdemocracia danesa sobrevive haciendo suyo el marco migratorio de la derecha, el PSOE español exhibe otra forma de decadencia: la del partido que confunde defender a la democracia con protegerse a sí mismo.

La trama destapada por la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil ha ido estrechando el círculo en torno a Sánchez. Santos Cerdán, ex secretario de Organización, José Luis Ábalos, ex ministro y predecesor suyo en el cargo, y el asesor Koldo García aparecen ligados a comisiones ilegales a cambio de adjudicaciones de obra pública. O el caso Leire Díez, la conocida “fontanera” del PSOE que presionaba a jueces, fiscales y policías. Ábalos entró en prisión en noviembre de 2025 —el primer diputado en activo que lo hace desde la restauración democrática de 1978—, y este lunes el Tribunal Supremo le ha condenado a veinticuatro años de cárcel. En el entorno más inmediato del presidente se acumulan, además, las investigaciones sobre su mujer y su hermano. La corrupción que llevó a Sánchez al poder con la moción de censura de 2018, contra un PP condenado por la trama Gürtel, ahora le asedia desde dentro de casa.

Ante estas circunstancias, en vez de una regeneración moral, el Gobierno socialista se ha servido de un “plan de regeneración democrática” que, bajo la bandera de combatir la desinformación, contiene medidas de control sobre la prensa crítica: un registro de medios, la reforma del derecho al honor y de rectificación, límites a la publicidad institucional. Cuando un gobierno confunde la salud de la democracia con su propia supervivencia, ya no la defiende: la instrumentaliza. Matar al mensajero no es solución alguna, aunque, para maquillarlo, reformes parcialmente la ley mordaza.

Pero la decadencia del PSOE viene de más lejos. Conviene recordar que los socialistas han sido uno de los pilares del régimen de 1978, el otro es el PP, y que, en los momentos decisivos y críticos, sus únicos aliados estructurales han sido —curiosamente— los conservadores: un PP manchado por la corrupción tanto o más que los socialistas. Y todavía hay una paradoja más desgarradora. El PSOE se alió con los conservadores para perseguir, encarcelar o empujar al exilio a los independentistas catalanes en 2017-21, los mismos que hoy lo sostienen en las Cortes de Madrid. A mí, por ejemplo, me destituyó como director de la EAPC en aplicación del 155 Cristóbal Montoro, hoy investigado judicialmente por presuntos delitos de cohecho, tráfico de influencias, prevaricación y corrupción en los negocios. La idea reconfortante de la socialdemocracia como refugio frente a lo peor se deshace cuando el refugio la ofrece un presidente que ha convertido la promesa rota en método de gobierno. Sánchez tiene más aura que Starmer y una apariencia de hombre dialogante, pero es igualmente incapaz de regenerar la socialdemocracia: la administra, la utiliza en beneficio propio, la desperdicia.

La pregunta de fondo

Y aquí llegamos a lo que de verdad importa: ¿por qué la socialdemocracia ha dejado de ser atractiva incluso para quien se siente de izquierda? ¿Por qué, en lugar de esperanza y alternativa, se ha convertido en el mal menor, el refugio para detener lo que aún sería peor? Acostumbrados a la caverna, para recurrir a Platón, los ciudadanos ya no creen en nada que no se pueda probar.

La respuesta al interrogante que acabo de plantear es sencilla: la socialdemocracia ha dejado de ser un proyecto alternativo para convertirse en una administración. Ya no pide el voto por lo que promete, sino contra lo que se teme. «Vótanos o vendrá el abismo». En el 2008, el PSC de José Zaragoza y Miquel Iceta propagó el eslogan “Si tú no vas, ellos vuelven” que ya era eso. Pero una política construida sólo sobre el miedo a lo peor no puede generar esperanza; a lo sumo genera resignación. Y todavía existe una consecuencia más perversa: el mal menor es comodísimo para quien manda, porque convierte cada escándalo en un chantaje. Si la alternativa es el nacionalpopulismo, todo vale —incluso tapar la corrupción o amordazar la prensa— en aras de detener al monstruo. La lógica del mal menor llega al límite cuando son quienes fueron perseguidos quienes acaban apuntalando a quien les persiguió, porque lo que vendría detrás sería aún peor. Así, el miedo a lo peor se convierte en el permiso que necesitan los poderosos —y los unionistas— para eludir la rendición de cuentas.

El nacionalpopulismo crece, en buena parte, porque crece ese vacío. Allí donde la socialdemocracia debería responder a las angustias materiales -trabajo, vivienda, sanidad, seguridad, una vida para ser vivida- demasiado a menudo ha respondido con gestión y con sermones. El historiador Tony Judt, quien en 2009 ya se preguntaba qué estaba vivo y qué estaba muerto en la socialdemocracia, afirmaba que una sociedad decente no humilla a sus miembros más débiles ni glorifica a los ganadores. La tragedia de tantas socialdemocracias europeas es que han acabado haciendo ambas cosas a la vez: celebrar a los vencedores de la globalización mientras abandonaban en silencio a los que se quedaban atrás. Además, allí donde la inmigración y las minorías han alterado la demografía de un país, normalmente es donde se ha hecho más visible el recelo popular hacia los recién llegados y una pérdida de entusiasmo por la socialdemocracia

La dimensión catalana

En Cataluña, la crisis de la socialdemocracia tiene, además, una dimensión nacional. Durante décadas, el PSC-PSOE mantuvo un delicado equilibrio entre el autogobierno catalán y la socialdemocracia española; con el tiempo, ese equilibrio se fue erosionando. La fractura contribuyó al auge de un independentismo que quiso combinar justicia social y soberanía nacional, dos aspiraciones que para muchos votantes nunca fueron contradictorias.

Cabe destacarlo sin tapujos: en Cataluña muchos votantes socialdemócratas quisieran un partido socialista realmente demócrata y soberanista, y ese partido todavía tiene que crecer. El PSC-PSOE es socialista, pero forma parte del mobiliario del régimen del 78. El espacio independentista no ha sabido consolidar -al menos de momento- una oferta socialdemócrata creíble y estable. Quien quiere abrazar ambas cosas a la vez -justicia social y soberanía, república e igualdad- no tiene hoy un partido propio. El único espacio que apunta claramente en esta dirección, MEScat Independentistas de Esquerra —la escisión soberanista del PSC nacida en 2014—, es una formación pequeña, hoy aliada estable de Junts per Catalunya, el partido del president en el exilio, Carles Puigdemont.

Lo puedo decir en primera persona, porque es mi casa: milito y soy diputado de Junts. Y reivindico que, ahora mismo, esta unión tiene sentido, porque permite defender a la vez la democracia y la soberanía desde el espacio independentista con mayor capacidad real para hacerlo, siempre que se respete el pluralismo, que es lo que hace ganar elecciones a un partido nacional. Sé que admitirlo quizás refuerza la idea del refugio sobre la que gira todo este artículo. Pero aspiro a que Junts sea un refugio diferente: no la trinchera resignada del mal menor, sino una casa escogida con convicciones y pensada para durar. Un refugio que no sea pasajero hasta alcanzar el objetivo compartido: la independencia de Cataluña.

Esta orfandad —la del votante que quisiera un partido propio y todavía no lo tiene— no es ninguna anécdota local: es la versión catalana del mismo vacío que, en toda Europa, alimenta la desafección. Hay que reinventar el humanismo socialdemócrata.

El reto, pues, es reconstruir una tradición capaz de ligar de nuevo gestión y anhelo, más allá de proclamarlo. Cataluña necesita una socialdemocracia soberanista renovada: un proyecto que entienda que no hay república sin igualdad ni justicia social duradera sin soberanía. Esta tradición tiene raíces profundas en la historia política catalana –de Martí y Julià, que soñaba con una “república del trabajo”, a Rafael Campalans, Serra i Moret o Josep Pallach, que trataron de casar el socialismo democrático con las aspiraciones nacionales en partidos diversos: la Unió Socialista de Catalunya (USC) y el PSC-Reagrupament. Una socialdemocracia así debería ser valiente, ética y socialmente arraigada: liberal en la defensa de los derechos individuales, radical en el combate contra la desigualdad y soberanista en su comprensión de la política. Es necesario combatir los excesos del ‘wokismo’ cultural y la antipolítica xenófoba para construir una alternativa institucional creíble, capaz de encarar los retos reales —incluida la presión demográfica de la inmigración— sin renunciar nunca a los derechos humanos.

Sin esperanza, la resignación

En el artículo que he mencionado al principio reseñaba que la Fundación Jean Jaurès había hecho un diagnóstico descarnado de la izquierda: “Un espectro recorre Europa: el espectro de la izquierda abandonando la historia”. La rotundidad de la afirmación es desalentadora, porque sin esperanza la política se desploma y se convierte en resignación. La resignación, en política, es sólo otro nombre para designar el abismo que nos espera. Conviene desconfiar de los triunfalismos fáciles: una elección parcial en Makerfield y un modelo danés que sólo funciona virando hacia la derecha no hacen primavera. Una socialdemocracia que no sepa ofrecer protección en un sistema global cada vez más desequilibrado —que de momento no sabe contener el empuje industrial de China ni el vendaval de las grandes tecnológicas que dominan la inteligencia artificial ni el cambio demográfico— seguirá siendo tan sólo un mal menor. Un refugio para desesperados.

Quizá la esperanza sea, en serio, una decepción aplazada. La cuestión ahora es si Manchester y Copenhague son excepciones que confirman la regla o las primeras señales de que el centroizquierda aún puede dejar de ser el mal menor para volver a ser una alternativa. Durante la noche de celebración electoral en Makerfield, Burnham dijo que aquél podía ser, sólo podía ser, el momento del giro. La dimisión de Starmer le ha dejado a un paso de Downing Street. Que este momento se convierta en serio en un vuelco, y no en un simple relevo, dependerá, sobre todo, de si la socialdemocracia recuerda para qué nació.

(1) https://www.theguardian.com/world/2019/may/11/denmark-election-matte-frederiksen-leftwing-immigration

https://mesesquerres.cat/el-mal-menor-de-la-socialdemocracia/
 

 

Después del mal menor
Agustí Colomines (MEScat)

Retrato del partido que deberíamos ser
Continuación de «El mal menor de la socialdemocracia»

La gran tragedia de la socialdemocracia europea no es haber perdido elecciones. Es haber perdido su imaginación.

Durante décadas la idea de que la libertad y la justicia social no eran adversarias, sino aliadas, fue muy poderosa. Así como que el progreso económico debía servir para ampliar las oportunidades de todos. Que el estado de bienestar era una herramienta de emancipación y no una simple maquinaria administrativa. Que Europa era una promesa y no un refugio.

Hoy, la socialdemocracia, demasiado a menudo, sólo aspira a administrar el deterioro social y la degradación política.

Pide el voto para evitar un mal peor.

Apela al miedo frente a la extrema derecha para sobrevivir.

Invoca a los fantasmas del pasado para empañar el presente.

Y, mientras tanto, millones de ciudadanos siguen preguntándose cómo accederán a una vivienda, cómo educarán a sus hijos, cómo protegerán su trabajo en un mundo gobernado por algoritmos, cómo podrán conservar una identidad colectiva sin renunciar a una sociedad abierta.
Raphaël Glucksmann, el dirigente del partido francés Place Publique, bautizó a esta generación con mucha precisión: «Los hijos del vacío». El neoliberalismo había prometido individuos libres y los ha convertido en individuos solitarios. Vació de sentido la vida compartida —los oficios, los barrios, los sindicatos, las parroquias, las asociaciones— y en ese vacío han crecido las pasiones tristes: el miedo, el resentimiento, la nostalgia identitaria, en el sentido étnico del término. La extrema derecha no llena un programa: llena un vacío. Y un vacío no se combate con gestión. Se combate con sentido.

Basta con mirar a América Latina para ver a dónde lleva ese vacío. Milei en Argentina, Bukele en El Salvador y, ahora, Abelardo de la Espriella —«el tigre»— en Colombia, casi todos con la bendición del Señor de las Moscas estadounidense, Donald Trump. Pero el detalle que importa es cómo ganan estos políticos extremistas. De la Espriella se ha impuesto por menos de un punto a Iván Cepeda, y buena parte de su voto no ha sido de entusiasmo por él, sino por rechazo a Petro: un voto-refugio, el mismo mal menor que diagnosticamos aquí, pero vuelto hacia la derecha. Cuando lo único que mueve las urnas es el miedo al otro, siempre acaba ganando quien sabe sacarle rédito.

Y siempre crecen igual: una derecha y una izquierda que abandonan el terreno central —como de costumbre demasiado lejos del miedo cotidiano de la gente— y un outsider que lo ocupa con espectáculo y la promesa de mano dura. Responden a una pulsión que Zygmunt Bauman bautizó como «retrotopía»: buscar la utopía en el pasado porque el futuro se percibe como una pesadilla.

Cataluña no es inmune a esta tendencia mundial; no somos ninguna excepción. No nos engañemos: esa tentación también tiene nuestra propia versión. Dentro del mismo independentismo hay quien responde al desconcierto con esencialismo y liturgia -ser catalán como un combate espiritual sin fin, la identidad como único sujeto, la lengua como esencia antes que como derecho. Es una retrotopía de extrema derecha; por regresar a Bauman: la añoranza de un origen sagrado y una política entendida como «un descarnado antagonismo» entre nosotros y un enemigo estático, incluso interno, desligada de la razón, de la justicia y del bien común. Justo lo contrario del proyecto humanista que planteamos. Y, como todo romanticismo nacionalista étnico, llama al pueblo, pero no propone camino alguno: confunde la liturgia con la estrategia y el sentimiento con el proyecto.

Por eso deberíamos asimilar lo que ya sabemos de otros casos: la extrema derecha no se contiene imitándola, porque hacerlo la legitima. Tampoco es suficiente con el cordón sanitario: la convierte en mártir y tiene un coste democrático, porque limita la iniciativa parlamentaria de grupos que han votado los ciudadanos. Se contiene respondiendo a las angustias reales con competencia y al desconcierto con un relato propio.

Quizá el problema es que hemos confundido el progresismo con la gestión. Y una sociedad no avanza sólo porque esté bien administrada, sobre todo cuando la corrupción carcome la política.

Necesita una dirección.

Necesita una esperanza.

Necesita un relato compartido.

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Si tuviera que describir el movimiento político que muchos europeos esperamos, no lo definiría ni como socialdemócrata, ni como liberal, ni siquiera como ecologista.

Lo definiría, por encima de todo, como humanista.

Humanista porque volvería a poner a la persona en el centro de la política. Pero también la comunidad.

Porque no hay libertad sin vínculos. Ni derechos sin responsabilidades. Ni solidaridad sin pertenencia. Es lo que el sociólogo Richard Sennett ha estado explicándonos toda la vida: el individuo moderno se ha imaginado como una isla, pero una isla no es libre, sólo está aislada. La libertad real nace de la red de relaciones que nos sostiene, no de la ausencia de lazos.

Defendería el trabajo no como una mercancía, sino como una fuente de dignidad. Sennett lo ha expuesto mejor que nadie cuando ha reivindicado la figura del artesano: el deseo antiguo y terco de hacer un trabajo bien hecho por el solo placer de hacerlo bien. Este orgullo discreto —el del carpintero, el de la enfermera, el del programador, el de la maestra— es uno de los últimos aspectos en los que una persona todavía puede reconocerse entera. La precariedad y los algoritmos no sólo rebajan salarios: corroen el carácter, desmenuzan la posibilidad de narrar la propia vida como una historia coherente. Un país que no protege el trabajo no protege a los trabajadores: los deshace.

Entendería que el respeto mutuo está en la base de las sociedades democráticas.

Sabemos cooperar antes que competir.

Sabemos construir antes que destruir.

Sabemos convivir antes que imponernos.

Pero cooperar, nos recuerda Sennett, no es un sentimiento: es una destreza. Se aprende, se ejercita y se pierde si no se practica. Saber escuchar, tolerar la ambigüedad, ceder sin humillarse, discrepar sin romper. La democracia es, ante todo, el difícil arte de vivir con personas diferentes.

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Esta nueva esperanza haría de la vivienda su gran prioridad social. No porque sea cuestión sectorial, sino porque es la frontera que separa la libertad de la dependencia.

Sin vivienda no existe emancipación.

Sin emancipación no existe ciudadanía adulta.

Sin ciudadanía adulta no hay democracia robusta.

Aquí la política debe volver a saber hacer cosas, no sólo regularlas. Mark Carney, antes de ser primer ministro de Canadá en nombre de los liberales, escribió que el problema de nuestras sociedades es que ponen precio a todo y, en cambio, nada valoran. Que hemos dejado que el mercado lo midiera todo —incluyendo lo que no tiene precio— y que el resultado es una sociedad que sabe el coste de cada cosa sin saber el valor de ninguna. Reconstruir los valores fuertes -solidaridad, equidad, responsabilidad, resiliencia- no debería ser resultado de una nostalgia moral: es la condición para que el mercado vuelva a servir a la sociedad y no al revés. Y al fin y al cabo significa lo más concreto del mundo: una vida que se pueda pagar y vivir. Construir, construir y construir vivienda para ofrecer un espacio vivido digno. Competencia antes de que consigna.

Sería ecologista, pero sin convertir el ecologismo en una religión secular. Ni tampoco debería oponerse a los planes de implantación de energías renovables, si es que están bien hechos, con argumentos localistas que pasan por encima del interés nacional.

Defendería la transición energética porque es necesaria, no porque sea una nueva identidad política. Por eso es necesario aplicar más democracia que ideología para asegurar que el cambio comporte —tal y como reclamaba Hermann Scheer, diputado del SPD y presidente de EUROSOLAR (fallecido en 2010)— un sistema de energía distribuida entre municipios, explotaciones agrarias, comunidades locales, pequeñas empresas. La renovación energética también va de repensar el poder.

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Sería europeísta porque sabe que el futuro de las naciones pequeñas pasa por una Europa más fuerte.

En un mundo de imperios -el de las grandes tecnológicas que dominan la inteligencia artificial, el de la producción industrial china, el de la fuerza bruta que ha vuelto a las relaciones internacionales- las potencias medias y pequeñas sólo multiplican su fuerza aliándose. Lo dice Carney desde Canadá cuando recuerda que los países de tamaño medio no deben competir por el afecto de las grandes potencias, sino sumar entre ellos. También lo apunta Glucksmann desde Europa cuando advierte que si la UE no se convierte en una potencia capaz de defender su modelo de vida, acabará siendo tan sólo el mercado y el laboratorio de los demás. La autonomía estratégica no es un capricho: es la condición de supervivencia de una forma de vivir.

Carney lo formuló sin paliativos en el Foro de Davos en enero de este año: lo que estamos viviendo es una ruptura, no un simple cambio de etapa. El orden de normas bajo el que las potencias medias nos habíamos resguardado se ha debilitado, y la integración que nos prometía prosperidad compartida se ha convertido en un arma: el arancel como palanca, el sistema financiero como coacción, las cadenas de suministro como puntos débiles a explotar. En este mundo, advertía el primer ministro canadiense, «si no estás en la mesa, estás en el menú».
Las grandes potencias pueden ir solas; las pequeñas y medianas, no. Y cuando una nación pequeña negocia sola con un hegémon —el estado fuerte— no ejerce la soberanía: se convierte en una pantomima mientras acepta la subordinación. La respuesta no es levantar muros más altos —un mundo de fortalezas sería más pobre y más frágil— sino sumarse a coaliciones de geometría variable con las que comparte valores e intereses. Porque ya no basta con la fuerza de nuestros valores: también cuenta el valor de nuestra fuerza.

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Y sería independentista porque Cataluña necesita disponer de las herramientas políticas que le permitan decidir democráticamente su futuro y proteger su lengua, su cultura y su modelo social en un mundo dominado por grandes bloques de poder.

Y lo sería sin mitificar el pasado. Ninguna derrota es sagrada, ni ninguna otra, mera cobardía de los vencidos. El relato esencialista eleva el 1714 a origen glorioso y, al mismo tiempo, reduce el 2017 a la rendición de sus dirigentes —como si la represión no hubiera tenido nada que ver con él. Pero lo que separa una fecha de otra tiene nombres y apellidos: los de los presos y los de los exiliados. Un independentismo adulto no reclama fidelidad a una esencia eterna, sino memoria lúcida: saber qué pasó de verdad, para no repetir los errores ni descargar la culpa sobre quienes pagaron su precio.

Porque los catalanes sabemos, a diferencia de los ingleses (y no digo británicos, por respeto a los escoceses y a los galeses), que soberanía y Europa no se oponen: forman parte de la misma frase. No hay nación pequeña realmente libre en un mundo de bloques si no tiene, a la vez, voz propia y alianzas fuertes. Quien renuncia a la soberanía se entrega al bloque más cercano; quien renuncia a Europa se queda solo frente a los imperios. La respuesta no es elegir: es tener ambas cosas, como bien saben los sucesivos primeros ministros británicos que han pasado por Downing Street desde el Brexit.

Esa libertad de no tener que elegir también vale en Madrid. Un partido independentista no está obligado a elegir entre PP y PSOE, entre una derecha y una izquierda que se disputan el poder, pero que coinciden en negarnos el derecho a decidir. Estos días hemos visto un test: ante el callejón sin salida —un presidente acorralado por la corrupción y sin mayoría, una oposición que no se atreve a presentar la moción de censura y la mayoría de los grupos parlamentarios que no quieren un gobierno del PP con Vox—, Junts ha propuesto la «vía Starmer» con que cumplir con Sánchez ni riesgo de que la ultraderecha llegue al poder.

No es sumisión ni ruptura: es imaginación política. Justamente lo que, como decíamos al principio, la socialdemocracia ha perdido. Mientras el resto sólo sabe elegir el mal menor, Junts ha encontrado un resquicio donde todo el mundo veía un muro. Y esa es la diferencia entre un partido que piensa en el futuro y otro que se limita a administrar el presente.

Y no es sólo cosa nuestra. Estos días, desde una tradición nada sospechosa de soberanismo, la filósofa Adela Cortina ha descrito la misma enfermedad -la costumbre de mentir sin consecuencias, hasta el punto de que, como decía Arendt, ya nadie se cree nada- y ha reclamado el mismo gesto: «desensamblar» el proyecto socialdemócrata de las siglas de un partido que ya no lo representa y confiarlo a quien de verdad quiera llevarlo a cabo. Que una voz del 78 llegue a la conclusión de que el proyecto debe sobrevivir al partido, y no al revés, es muy relevante.

Pero es ahí mismo donde los caminos se separan. Cortina ancla la esperanza de renovación en el suelo del régimen del 78 y en la Monarquía parlamentaria como garantía de estabilidad al precio de tolerar la corrupción. Y es precisamente esta incapacidad de la izquierda española para pensar más allá del 78 uno de los motivos de fondo de la crisis que describimos: su techo. Por eso nuestro proyecto no puede ser el de un independentismo que se resigna a hacer de muleta de Madrid a cambio de migajas, sino que debe ser el promotor que desacople el proyecto tanto de las siglas que lo traicionan como de un marco constitucional que lo niega. Ella lo llama salvar a la socialdemocracia; nosotros, ir más allá del mal menor. En lugar de construirnos en oposición a ese mal, queremos hacerlo en busca del bien. No es lo mismo, evidentemente.

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Defendería una inmigración ordenada y una exigente integración en la defensa de los derechos humanos, incluido el derecho de las mujeres a decidir su futuro, sin coacciones religiosas. Y lo haría sin miedo, como lo hace la primera ministra danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen. La cohesión social es una conquista demasiado valiosa para dejarla en manos de los demagogos, de derecha y de izquierda.

Combatiría cualquier forma de discriminación. Y por eso rechazaría la tentación de reducir las personas a una etiqueta étnica.
Porque esa es la trampa que comparten los extremos: ambos quieren que antes de ser ciudadanos seamos una categoría.

El humanismo y la tradición catalanista dicen lo contrario. Somos adultos capaces de pertenecer a más de algo a la vez, y la asunción de una ciudadanía catalana es, justamente, lo que nos permite convivir como un solo pueblo sin tener que renunciar a ser quienes somos.

Creería en la igualdad de oportunidades.

En el mérito.

En el esfuerzo.

En la movilidad social.

En la cultura.

En la ciencia.

En la libertad de expresión.

Y en la idea, aparentemente antigua pero extraordinariamente revolucionaria, que los ciudadanos son adultos y merecen ser tratados como tales. Es necesario recuperar el concepto de colectividad del contrato social de Rousseau para superar el impotente multiculturalismo que se refugia en la suma de voluntades particulares.

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Pero quizá, ante todo, esa esperanza debería volver a decir la verdad.

En el mismo discurso de Davos, Carney recuperó un viejo ensayo de Václav Havel, El poder de los sin poder. En aquel ensayo, el disidente anticomunista y defensor del humanismo cívico evocaba un verdulero que cada mañana colgaba en el escaparate de su tienda un cartel cuya consigna no se creía. Nadie se la creía. Pero él colgaba el cartel igualmente: para no tener problemas, para mostrar conformidad, para ahorrarse dolores de cabeza. Y como todos los tenderos hacían lo mismo, el sistema se sostenía. No por la fuerza, sino porque todo el mundo aceptaba vivir en la mentira.

La política del mal menor es precisamente ese cartel. Una consigna que ya no nos creemos y que volvemos a colgar cada mañana: votar contra el miedo, simular que administrar el deterioro es gobernar, repetir que no hay alternativa hasta creérselo a pies juntillas.

El sistema, decía Havel, se resquebraja el día en que una sola persona deja de fingir. El día en que el verdulero quita el cartel y habla libremente.

Por eso esta nueva esperanza empezaría por un gesto aparentemente pequeño: la honestidad. Denominar la realidad por su nombre. Aplicar el mismo patrón a los amigos y a los adversarios. Construir lo que decimos que creemos, en lugar de esperar a que otro nos torne a un orden envejecido. Porque el pasado no ocurre, pero tampoco vuelve. Llorarlo o evocarlo con la nostalgia infructuosa de los «retrotópicos» nos abocaría al abismo.

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Cada vez tengo más claro que los ciudadanos de Cataluña –y Europa– no esperan una nueva ideología. Esperan el retorno de una esperanza que, al menos en Cataluña, hemos abandonado demasiado pronto tras 2017.

Quitemos el cartel del escaparate. Empecemos por ahí.

Agustí Colomines (MEScat)

*Diputado de Junts+ en el Parlament y miembro de MEScat Independentistas de Esquerra
https://mesesquerres.cat/despres-del-mal-menor/