El lujo de la macrocárcel

HAY 307 personas hacinadas en tres módulos, mientras el 70% de las instalaciones están vacías. Un módulo único de mujeres, sin espacio para madres con bebés. Goteras en los txabolos. Seis meses sin actividades. Dos únicos teléfonos en medio del ruido del espacio común en el que además atrona la megafonía. Patio sin porches en una ciudad con 9 meses de lluvia. Las comunicaciones no son los fines de semana. La confidencialidad es cero en las cabinas para presos y abogados. Sin transporte público, nieve o truene, y con la villavesa más cercana a dos kilómetros para visitantes, funcionarios, presos en régimen abierto, profesionales, voluntarios y familiares. El polideportivo, un día a la semana y solo para los autorizados.

Un año después de la inauguración de la macrocárcel de Pamplona, aquello de la piscina cubierta y las teles de plasma en cada celda parece una broma de mal gusto. No solo porque Instituciones Penitenciarias dijera que la piscina nunca va a llenarse, ni porque las teles se vendan en el economato a quien pueda pagarlas. Sobre todo porque todos los y las profesionales que atienden a diario diferentes programas en la macrocárcel coinciden en su balance negativo. Ayer, en las IX Jornadas que Salhaketa celebra en la UPNA, los especialistas cuestionaron el papel de un sistema penitenciario que se gasta cien millones de euros en un penal de máxima seguridad como el de Santa Lucía y apenas invierte en tratamientos, atención y formación. «El problema no es la seguridad», afirmó Patricia Moreno, abogada del Servicio de Orientación Jurídica Penitenciaria, «¿cuántas fugas ha habido en la última década?». «Lo grave -coincidió Juantxo Castiella, del Programa de Intervención en Drogodependencias- es que aunque la reeducación y la reinserción social estén en la Constitución, parece no importar que 3 de cada 4 presos sean reincidentes».

«La antigua cárcel era más humana, esta es un hangar -contó Jesús Ascorbe, de la Pastoral Penitenciaria- donde hay masificación, inactividad y una enorme soledad».

Puertas y rastrillos, rastrillos y puertas. Las distancias y el acompañamiento obligatorio de los funcionarios ralentiza todo, la formación, el trato y la comunicación. Julia Munárriz, del Programa Educación para la Salud y Prevención del VIH, hizo un resumen redondo: «La cárcel se vendió como un spa de lujo y hoy, los internos la sienten como un lugar de hacinamiento y castigo que, además, solo ha conseguido aumentar la distancia, no solo la física, entre los presos y la calle».

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