Hay una editorial nueva (‘Veles i Vents’) que ha tenido el gran acierto de empezar publicando la traducción al catalán de uno de los libros de David Abulafia, ‘La lucha por el dominio del Mediterráneo. La gran expansión catalana de 1200 a 1500’.
Este gran historiador inglés –actualmente profesor emérito de historia del Mediterráneo en la Universidad de Cambridge– es un sabio dotado de un conocimiento monumental y del que admiro particularmente la forma en que sabe evadirse del presentismo, para poder leer el pasado sin las interferencias derivadas de la situación que vivimos hoy.
Le admiro desde que leí con un auténtico deleite su obra ‘The Great Sea’ (‘El gran mar, una historia del Mediterráneo y de los mediterráneos’), un volumen impresionante de cerca de mil páginas donde despliega majestuosamente todo su extraordinario conocimiento sobre lo que hemos sido y lo que somos la gente que vivimos en estas orillas.
Abulafía es uno de los historiadores más destacados del Mediterráneo gracias, precisamente, a una extraordinaria capacidad de trascender las fronteras modernas y reconstruir los complejos patrones de interacción entre culturas marítimas en los siglos. Resplandece precisamente a la hora de interpretar las realidades históricas sin proyectar las concepciones estatales contemporáneas. Y, a este respecto, su análisis de los catalanes es particularmente ilustrativo e importante, porque nos presenta no como simples predecesores de una nación moderna, sino como uno de los agentes fundamentales de la historia –sin nosotros, llega a decir, no se puede explicar la mediterraneidad.
El tratamiento que Abulafia hace de la expansión catalana medieval revela claramente su metodología distintiva. Destaca que el Casal de Barcelona y los mercaderes catalanes crearon durante aquellos siglos un sistema de relaciones comerciales y diplomáticas que iba de Valencia a Constantinopla y se extendía por tres continentes. Y presta especial atención a figuras imprescindibles como Jaume I y Pere el Gran, pero también se adentra en las comunidades de mercaderes catalanes de ciudades como Palermo, Nápoles, Bujía, Túnez y Alejandría, ilustrando cómo participaron activamente en la construcción de un espacio mediterráneo interconectado, con una identidad marítima propia que trascendía los límites de las naciones modernas.
Narrando la existencia de este “mundo catalán”, Abulafia nos presenta con detalle, por ejemplo, una Cataluña de la que Cerdeña formaba parte indiscutible –las ‘Islas’ eran Ibiza, Mallorca, Menorca, Formentera y Cerdeña–, el papel, a menudo tan malinterpretado, de los catalanes en Atenas o la existencia de los ‘funduqs’ (1) esparcidos por toda la costa sur, espacios urbanos que llegaban a ser barrios enteros en las grandes ciudades árabes donde los mercaderes catalanes tenían almacenes, hostales, tiendas y representantes políticos reconocidos por las autoridades locales.
He dicho antes que Abulafía sobresale precisamente interpretando las realidades históricas sin proyectar las concepciones estatales contemporáneas. Y de ahí que leer nuestra historia a través de sus ojos sea un ejercicio simplemente liberador. Por eso me alegro tanto que ahora se ponga en manos de los lectores catalanoparlantes un libro suyo, como este que nos propone ‘Veles i Vents’, centrado en la gran batalla por Sicilia entre el Casal de Barcelona –Abulafia avisa unas cuantas veces del poco rigor científico del concepto “Aragón”– y la Casa de Anjou.
Leer a Abulafia es un soplo de aire fresco frente a los discursos reduccionistas y nacionalmente motivados que pretenden encajonar la catalanidad en los márgenes estrechos de la triste actualidad autonómica y en la geografía empequeñecida de las cuatro provincias que España y Francia dicen que son Cataluña. Guiados por él, se hace indiscutible que el marco en el que se inserta la catalanidad no debe ser necesariamente el español, ni siquiera el ibérico.
Porque su trabajo, sobre todo, nos invita a reconocernos en un pasado más amplio y complejo, en el que Cataluña fue protagonista destacada y no dependiente, subordinada. Y repensarnos a partir de esa perspectiva histórica más profunda nos permite entender claramente que nuestra identidad no es subsidiaria de ninguna otra, sino fruto de una trayectoria propia y singular que se ha desarrollado en diálogo con el Mediterráneo y con Europa –sus apreciaciones sobre la relación entre catalanes y occitanos merecerían incluso otro artículo.
Por eso recuperar ese conocimiento, reconocer qué fue y cómo influyó en el mundo aquel “imperio catalán” tan peculiar y tan impresionante visto con ojos de hoy no es sólo un ejercicio académico ni, menos aún, un acto de nostalgia. Es tomar con las manos una herramienta fundamental para comprender quiénes somos realmente nosotros. Condición imprescindible –digan lo que digan los charlatanes– para decidir qué queremos ser mañana.
(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Funduq
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