«La libertad muere sin que los humanos experimenten ningún dolor físico». Con esta sentencia definía Ulrich Beck la amenaza de las libertades tras las revelaciones del caso Snowden. Era una más de sus agudas análisis sobre la evolución de nuestro mundo que solía hacer a través de libros, conferencias y artículos. El día 1 de enero, Ulrich Beck, uno de los grandes sociólogos europeos y un intelectual alemán comprometido en diagnosticar lo que él llamaba «el presente del futuro», moría en Múnich, víctima de un infarto. Tenía 70 años.
Mi devoción por la teoría social de Beck viene de cuando popularizó sus tesis a través de la traducción inglesa (‘Risk Society’, 1992) de su obra fundacional sobre la sociedad de riesgo (‘Risikogesellschaff’, 1986). Beck compartía con el sociólogo inglés Anthony Giddens una aproximación a la segunda o alta modernidad en términos de «sociedad de riesgo» y de «modernización reflexiva». Pero más allá de los términos, las interpretaciones diferían profundamente.
A principios de los 90 se publicó un interesante debate en forma de libro (‘Reflexive Modernization’, 1992) sobre cómo entender la modernización reflexiva, con intervenciones de Beck, Giddens y Scott Lash. Discrepancia total. Lash la entendía como modernización estética o hermenéutica. Giddens, como reflexividad estructural gracias a los sistemas expertos de conocimiento, que se erigen en factores de seguridad. Beck, por el contrario, sostenía que son justamente los sistemas los factores de desorden y de inseguridad, empezando por el sistema paradigmático, el científico-tecnológico. Contra Giddens y contra Marx afirmaba que la sociedad de riesgo no deriva de la crisis de la Modernidad y del capitalismo, sino justamente de sus éxitos. «El riesgo no es la catástrofe -decía-, es la anticipación de la catástrofe». Ejemplo: Chernobyl o Fukuhsima son la catástrofe; el riesgo nuclear es la anticipación.
Uno de los corolarios de la sociedad de riesgo era su concepción del cosmopolitismo. Casado con la socióloga Elisabeth Gernsheim, hija de una familia judía que se vio dispersada por todo el mundo debido al Holocausto, Beck destacó la perspectiva cosmopolita incluso en el amor, que abordó en el libro firmado con Elisabeth, ‘Distante Love’ (2014). Pero sobre todo teorizó el nuevo concepto (‘Cosmopolitan Vision’, 2006) a partir de la paradoja del Estado-nación, Se supone, argumenta, que el Estado firma un contrato con sus ciudadanos para protegerlos, pero las condiciones de vulnerabilidad transnacional de la nueva sociedad de riesgo invalidan el contrato. El asesinato de los colegas del Charlie Hebdo en París no hace más que recordarlo. Los estados pasan a ser simples interlocutores de multinacionales, de ONG o del terrorismo.
Fue a partir de las revelaciones de Snowden cuando Beck aplicó la teoría de la sociedad de riesgo a la novísima sociedad digital. El advenimiento del «riesgo digital» crea una inseguridad de nueva planta, global, no derivada de ninguna catástrofe, sino del control ejercido por el nuevo «imperio digital global». Un control sin violencia militar ni incautaciones territoriales, ejercido sólo haciendo transparentes las prácticas de cada individuo conectado a la gran red. Las regulaciones de los estados son incapaces de proteger la libertad y la privacidad de los ciudadanos.
Por eso Beck sugería la necesidad de un nuevo «humanismo digital», basado en el reconocimiento del derecho fundamental de la protección de datos y la libertad digital como un derecho humano global.
EL PUNT – AVUI







