Hacía años que no había estado en Galicia y, además, conocía poco las comarcas del interior, que han sido para mí un descubrimiento más que interesante. De hecho, la primera sorpresa ha sido constatar la estimulante presencia del gallego en los espacios públicos, tanto en señalizaciones de circulación o en los servicios como en la vida comercial y en la documentación oficial. El gallego está vivo y en muchos lugares hay constancia. Es verdad que casi siempre en doble grafía, lo que hace de la cooficialidad moneda de curso normal, y es bueno notar que hasta las cartas de los restaurantes son respetuosas con la lengua del país y presentan la doble versión, no todas pero en un porcentaje más que aceptable. Por otra parte, en el uso normal del habla existen diferencias notables según la zona geográfica, de tal forma que escuchando las conversaciones de tu entorno descubres que, a pesar de detectar diálogos en gallego, son muchos más los que mantienen el castellano como lengua vehicular. Y en los medios de comunicación la batalla por la normalización está casi perdida, cuando en prensa, radio y televisión, la presencia de la lengua del país no deja de ser testimonial.
La batalla por mantener la lengua ha sido, en Galicia, muy difícil, cuando la burguesía y la cultura urbana renunciaron a su defensa, y no sólo en los grises años del franquismo. La experiencia del abuelo de una familia amiga de Lugo, con noventa y tres años de vida y una envidiable clarividencia, me situaba en unos años en que la gente de las aldeas iban a mercado a la capital de comarca y, acostumbrados a hablar la lengua propia y faltos de fluidez en castellano, eran motivo de burla y tratados de analfabetos por los de ciudad. Hablar gallego era sinónimo de baja cultura y la uniformidad franquista acabó de complicar la vida de una lengua resistente contra cualquier adversidad. Después, la incoherencia de una babel familiar, donde los padres hablan gallego entre ellos, las hijas hablan gallego con el padre, español con la madre y también castellano entre ellas, y los nietos hablan castellano con los abuelos y gallego con los padres y entre ellos.
Ahora, el gallego ha llegado a las escuelas y niños y niñas lo conocen y lo pueden hablar y escribir. Pero, en la calle o en el juego, los niños usan normalmente el castellano, lejos de normalizar la lengua propia. Aparte de esto, en los círculos resistentes de la Galicia interior se considera al gallego normativo, ese que tiene el título de cooficial y se enseña en las escuelas, diferente del que se ha mantenido oralmente y utiliza la gente de la calle. En tierras de frontera, como El Bierzo o Os Ancares, en territorio leonés, se defiende encarnizadamente el gallego, que se estudia en las escuelas de primaria y secundaria, aunque la normalidad de la calle impone el castellano, mientras los dialectos del ‘Burón’ y el ‘Ancarés’ casi quedan restringidos al ámbito de los filólogos y estudiosos.
Entre los bellos paisajes de la Galicia interior el gallego es una lengua que quiere vivir, mantenida por la fiel voluntad de la gente que se siente pegada a la tierra. Escucharlo te devuelve a una cantinela con sabores de palabras conocidas, de gustos compartidos, y, contra la congruencia de dos países muy alejados y separados por una lengua dominante, adivinas muchas palabras y expresiones hermanas entre gallego y catalán, lo que no deja de sorprender. Nada que ver con la historia de resistencia ni con la necesidad de imponerse a la adversidad, sino fruto de ese tronco común que, seguro, dejó huella. Al final del camino, siempre hay algo para aprender.