El fracaso de la doctrina Carod

Carod-Rovira ha hecho una importante aportación doctrinal al movimiento independentista, que necesitaba poner al día las formulaciones, pero lo incardinó en una estrategia discutible. Y, como los partidos son liderazgos y estrategias, las urnas le han puesto a Esquerra un cero en conducta. Y el señor Carod ha recogido las carpetas y se ha ido. Es hora, por tanto, de hacer balance, y Esquerra debe aceptar de buen grado que metamos cucharada los que, sin ser militantes, somos parte de la construcción del movimiento independentista. Como servidora. Quisiera explicar por qué me parece que ha fallado la estrategia de Esquerra. Simplifiquemos: ERC se puso como objetivo ser el partido hegemónico del país a través de una doble operación. Por un lado, reemplazar el PSC a la izquierda, y por otro, a la derecha arrinconar a CiU a la mínima expresión. El instrumento para conseguirlo era ser un partido de gobierno. Que, encima, tenía la clave para hacer y deshacer gobiernos.

El primer tripartito abrió, a todo el que no fuera convergente, una excelente expectativa. Hacía falta el cambio: el proyecto de CiU se había fundido, los regímenes eternos son malos, el país estaba estancado y queríamos aire fresco. La sacudida, además, llevaba implícita el ensanchamiento del horizonte: el nuevo Estatuto. La coherencia era, pues, impecable y aplaudimos; que después chirrían los engranajes ya es una cuestión de caracteres, y no es el momento de hacer leña del árbol caído. El segundo tripartito, sin embargo, fue otra cosa: se construyó sobre los colgajos del Estatuto, la traición de José Luis Rodríguez Zapatero y el cadáver de Pasqual Maragall. Y se montó sobre la promesa de José Montilla de dedicar los años futuros a la gestión, olvidando el conflicto con España: pasemos página, hechos y no palabras. Una España que acababa de enseñar la cara más fea y que se reservaba en el refajo la roca del Tribunal Constitucional. Ya era más difícil de explicar esta opción desde la perspectiva del horizonte independentista.

Porque pasaron dos cosas. Una, que Esquerra dio la hegemonía del poder político catalán -¡más poder del que hoy tiene CiU!- a un partido que se había mostrado reticente (y activo) ante el Estatut y que, descaradamente, declara que su objetivo es impedir que Catalunya sea algún día independiente. Es decir, ERC estaba consolidando, como nunca ni nadie antes, la opción contraria a lo que sus votantes querían. En segundo lugar, admitió que tocaba potenciar el debate entre izquierda y derecha (para «liquidar» CiU) y, por tanto, se puso a competir con el PSC en su terreno ideológico para disputarle el electorado. Esquerra dejó de hablar de libertad, de país, de identidad, para dedicarse a la insipidez de la política social. Fue el eje de su discurso, la definición de su patriotismo. Pero en este terreno, el PSC es muy difícil de batir, porque tiene los dedos pelados en ello. Y por otra razón: el electorado socialista en este discurso no echa de menos nada, su país es tácito, es el proyecto español.

En el electorado de Esquerra sí que le faltaba un país. Pero la doctrina Carod pretendía cambiar de electorado, lo que, en política, suele ser un suicidio. En el macroanálisis de ‘Valors tous en temps durs’ (‘Valores blandos en tiempos duros’), dirigido por Javier Elzo y Àngel Castiñeira, entre muchas otras cosas analiza el imaginario hispanocéntrico o catalanocèntrico de los catalanes y resulta que, en el tripartito, colisionaban dos mundos opuestos. Pero ERC quería cambiar de mundo. El discurso del patriotismo cívico niega la propia identidad como elemento de aglutinación, la identidad social de los catalanes, cuando resulta que la identidad es un factor preciado por todas partes; que aquí se le mire con malos ojos es una inducción del españolismo, que quiere diluirla, precisamente, que quiere que la dejamos de lado. La identidad, en las sociedades complejas, es una propuesta de integración en un proyecto de convivencia. Es cierto que no es un factor necesario para ser catalán; uno se puede considerar catalán-ciudadano desde diferentes identidades y adscripciones. Pero la identidad sigue siendo el factor vertebrador. Este país reacciona más y mejor a un ataque a la lengua -o los símbolos- que al expolio fiscal. Los sentimientos, las emociones, en política también juegan. Y en países de existencia disputada, aún más.

Carod definió muy bien el proyecto político, capaz de ser compartido por todos, pero despreció el mainstream de la catalanidad, formado por gente de todas partes que es gente de raíces y que tiene, como me gusta decir, emoción catalana. La doctrina Carod fijó como altura límite el mínimo común denominador digamos metropolitano, porque aquí competía con el PSC para hacerlo fuera de casa. Este fue el error: perdió el toro ante los socialistas y los cencerros en manos de los convergentes. Habría sido más inteligente, más integrador y más exitoso que Esquerra hubiera planteado lo que Catalunya necesita para salir adelante: la construcción de una mayoría social por la independencia, una mayoría que sea suma, si conviene, de más de una sigla y de más de un liderazgo. Sin menospreciar, señor Carod, la política social, que también cuenta

 

Publicado por ARA-k argitaratua