Uno de los supuestos subyacentes más importantes de la postmodernidad, o -en la terminología de Bauman, que yo prefiero-, la ‘modernidad líquida’, es que nada es estable, que todo se mueve, incluso los elementos aparentemente más graníticos de la personalidad individual.
Hace cuatro decenios que algunos sabios de la filosofía académica comenzaron a suplir las bases teóricas de esta supuesta nueva realidad, diciendo que el individuo es poco más que la suma de la consumición de los discursos sociales que tiene alrededor. Y, siendo así la realidad, explicaban, deberíamos mirar con mucha prevención -si no directamente con desdén- cualquier persona que hable abiertamente de esencias o convicciones indestructibles.
Está muy bien aplicar el escepticismo intelectual a los discursos sagrados del pasado y del presente. Aún más: es absolutamente necesario y, para todos los interesados en comprender el engranaje del cambio social, una práctica muy productiva.
Pero cuando lo hacemos también es importante no perder de vista el papel esencial de la esperanza y la lucha en la vida de las personas. Por muy ficticias que puedan ser en términos filosóficos absolutos las identidades y las apologías morales de estas identidades, hay muchos momentos de la vida en que estos ‘inventos’, si quieren, son lo único que nos puede evitar el desánimo, la desorientación y la desesperación que siempre quieren inducir los gran poderes fácticos, en su cruzada constante por controlarnos la vida.
Dicho de otro modo, uno de los grandes errores del corpus de pensamiento racionalista que surgió de la Ilustración -y del cual la filosofía postmoderna es un tipo de hijo degenerado- era pensar que con la destrucción crítica -más que justificada- de los supuestos absurdos de las religiones establecidas vendría axiomáticamente un cese del ‘impulso religioso’ en los hombres y las mujeres, es decir, de su deseo de conectarse con una fuerza o una idea que les ayudara a trascender la dificultad y la tragedia, tan frecuentes en la vida.
Hasta los setenta las capas dirigentes de los movimientos de izquierda en Europa y en las Américas entendían muy bien esta verdad paradójica. Entendían que en la vida, por muy contingente y maleable que fuera todo, a veces no había más remedio que componer un ideario de sugerencias trascendentalistas -necesariamente parcial y quizás no totalmente racional- y llevarlo siempre en el bolsillo como guía orientadora en el momento de entrar, con los compañeros, en la batalla social contra los poderosos.
Pero, bajo la influencia de estos apologistas académicos de la liquidez de todo y sus acólitos conscientes e inconscientes en la llamada prensa de calidad, estos últimos años muchísimos políticos ‘de izquierdas’ se han declarado ‘pragmáticos’, esto es, dispuestos a no ofender a nadie y calcularlo todo a la hora de fijar programas y recoger votos.
Esta nueva hornada de cínicos -hay que llamar a las cosas por su nombre-, que mayoritariamente proviene de las clases más formadas y acomodadas de la sociedad, ha asumido, como el fatídico ‘ladrón’ del dicho castellano, ‘que todos son de su condición’.
Sin embargo, a diferencia de esta gente dedicada al arte de hacer carrera en espacios a menudo oleaginosos como una redacción, una facultad o el sanedrín de un partido, donde el código social dominante exige que todos sean siempre ‘cool’ e incapaces de admitir ni pasiones ni sorpresas, la mayor parte de las otras personas entienden muy bien que reconocer los fervores y las convicciones que llevas dentro, y actuar en consecuencia, no sólo no es ningún inconveniente, sino constituye la diferencia entre una existencia de simulacro y la posibilidad de tocar, de vez en cuando, el sueño de la plenitud vital; y -lo quizás más importante- dar a los hijos la posibilidad de una vida más definida por la dignidad.
Recuerden esto siempre que un gran sabio de la prensa tradicional se dedique, por enésima vez, a ridiculizar el soberanismo y sus dirigentes más resistentes tratándolos de ilusos, ingenuos o torpes.
Pregúntense quien de este binomio, el comentarista que lo sabe todo -y, especialmente, que sabe que los poderosos siempre ganan- o el político impolítico y soñador, que vive una existencia más ‘auténtica’, y no, señores filósofos de la postmodernidad, no me avergüenzo por utilizar esta palabra.
Creo que los que viven fuera de los recintos mencionados, donde predomina el cinismo postmoderno, optarían mayoritariamente por el último. ¿Por qué? Porque saben por experiencia vital que en una lucha de larga duración las personas imperfectas con convicciones generalmente ganan a las ratas sabelotodo.
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