Franz Oppenheimer, sociólogo alemán de los años de la república de Weimar, definió el Estado como «una institución jurídica impuesta unilateralmente sobre un pueblo conquistado, al principio con el único objetivo de imponerles un tributo tan pesado y durante tanto tiempo como sea posible». De esta manera Oppenheimer rebatía la idea de la acumulación primitiva de capital, con la que otros sociólogos pretendían explicar las marcadas diferencias sociales. No habría habido, pues, un comunismo primitivo, del que se habría evolucionado hacia la desigualdad contemporánea por selección natural de los más espabilados. Esta leyenda, opinaba Oppenheimer, convenía mucho a las clases privilegiadas, ya que atribuía sus privilegios a una lógica inmanente. Lo que había pasado era que estos privilegios habían generado una teoría política y jurídica a fin de naturalizarlos confiriéndoles el estatus de realidad.
Mirada con óptica catalana, la definición de Estado de Oppenheimer es exacta. El déficit fiscal que afecta crónicamente a los Países Catalanes (el de Madrid es malabarismo contable) es la versión actualizada de un tributo que el Estado ha estado aplicando con la misma equidad desde hace tres siglos. Comentando los efectos de la desamortización de los bienes de la Iglesia en el siglo XIX, Benito Pérez Galdós hacía decir a uno de los personajes de los Episodios Nacionales que el empobrecimiento de los segundones que vivían de las rentas eclesiásticas había generado un proletariado de levita y zapatos de charol que había que colocar. La manera de hacerlo era convertir al Estado en un inmenso convento. Esta y no la racionalización, como suponía Weber, ha sido, al menos en España, la causa de la burbuja política y de la necesidad de cargarla en los hombros de alguien. Tenía razón la presidenta de la cámara catalana: el Estado no roba a Cataluña. No, no roba, sino que la expolia de manera implacable y sistemática. También tenía razón el presidente Montilla cuando decía que España no puede permitirse el concierto económico. Razón definitiva para que Cataluña salga de ella.
¿Cómo se mantiene, en democracia, la sujeción de una parte del Estado mientras se proclama que los territorios no pagan impuestos? Basta con un vistazo al País Valenciano y a las Islas para captarlo. La corrupción asegura la sujeción. Una corrupción piramidal, que puede salpicar hasta la cima del Estado, necesita una base muy ancha de personas que, haciéndose los vivos, se sientan a gusto con el actual estado de cosas. Cuando el cinismo es universal, la desmoralización se convierte en absoluta. Esta es, desde hace siglos, la fórmula del Sur.
Además, toda colonia tiene una zona de amortiguación, constituida por una élite ligada al poder metropolitano por unos privilegios. En Cataluña los intentos de liberación siempre se han estrellado contra esta zona de amortiguación. La clase que había dado apoyo a las guerras coloniales y había defendido la esclavitud, que dio el golpe de gracia a la república federal y apuntaló las dictaduras del siglo XX, es, por más que los apellidos hayan variado, la misma que puso el límite a las reivindicaciones de Pujol y obligó a Mas a aceptar el Estatut que quería Zapatero. Esta clase tiene suficiente fuerza para crear mayorías posibilistas y condicionar la acción del gobierno. Tiene los medios para doblegar conciencias e imponer su discurso. Es la que define qué quiere decir ‘política responsable y sentido de Estado’. Pero si las cosas se le escapan de las manos y la calle se radicaliza, entonces deja paso al Estado, que acude, ya sea elevando el volumen de la violencia simbólica, con furia judicial digna de llamarse española o con una violencia real que no deja lugar a dudas sobre el objetivo a batir.
La transversalidad soberanista es un espejismo. El poder desvía la lucha vertical entre dominantes y dominados hacia la lucha horizontal entre los últimos. La oposición entre los Países Catalanes es una estrategia de disgregación extraordinariamente exitosa. En Cataluña mismo, la fragmentación del independentismo ha desvirtuado la fuerza parlamentaria, consumando la regresión en la zona de amortiguación. No hace mucho, Salvador Cardús se quejaba de la identificación que se hace de CiU con el PP y comparaba la acritud de la lucha ideológica entre catalanistas con el instinto suicida del escorpión. No le falta razón. Es estúpido identificar CiU con el PP, ya que éste es todo lo contrario de una zona de amortiguación. Atendiendo a los hechos, CiU es la otra hoja de la tijera con la que el Estado descabeza el soberanismo, reduciéndolo a un flequillo victimista e impotente. La metáfora del escorpión es justa si se entiende a través de la fábula y pensamos en el soberanismo como la rana que ya vive en otro elemento. El escorpión, que podría pasar el río a caballo de la rana, no puede aguantarse las ganas de machacarla, ya que ha de hundirse en su naturaleza.
ARA








