En el seno de las sociedades democráticas avanzadas, las decisiones importantes requieren consensos sólidos. Este proceso puede llegar a tener un alcance colectivo muy grande y complejo. Para lograrlo primero hay un debate, y por consumarse el, una deliberación. Todos estos consensos, debates y deliberaciones no reposan en la nada, evidentemente: surgen de cosas tan diferentes como los discursos parlamentarios, los artículos de opinión como éste, las conversaciones de Twitter o las tertulias radiofónicas. En una dictadura, en cambio, no hay que argumentar gran cosa, porque la mayoría de decisiones van acompañadas simplemente de coerción: con cuatro palos hay de sobras.
Se argumenta en el Parlamento, sí, pero también a las humildes reuniones de las comunidades de propietarios. Se argumenta en un aula, o en un consejo de Administración, o en una mesa de negociación, o en una sentencia judicial. Cuanto más compleja es una sociedad y más heterogéneos son los grupos que la componen, más cuidado hay que tener a la hora de ser inteligibles, coherentes y persuasivos. El cambio político más importante que ha experimentado Cataluña en los últimos años tuvo como catalizador principal (aunque no único) la literalidad de una sentencia del Tribunal Constitucional español sobre el Estatuto de 2006 hecha pública a principios de verano de 2010. Del mismo modo, un buen argumento en un debate televisado puede llegar a decidir unas elecciones, y una intervención parlamentaria bien estructurada puede modificar decisiones muy importantes. Un artículo de opinión -recordemos el célebre J’accuse de Zola, a finales del XIX- a veces es capaz de sacudir la conciencia de todo un país. Pero las cosas -ay- no son tan sencillas …
Hace pocas semanas, el profesor madrileño Ignacio Sánchez-Cuenca ha publicado un ensayo extraordinario por muchas razones. Señalan las dos más importantes: porque está muy bien documentado y argumentado y, lo que es más importante, porque es inusualmente valiente. El libro se llama La desfachatez intelectual y está publicado en Los libros de la catarata. No es un libro leñador, sino un análisis minucioso de artículos de opinión publicados por personajes mayoritariamente surgidos y / o vinculados al diario El País , como Jon Juaristi, Fernando Savater, Félix de Azúa, Antonio Muñoz Molina, Mario Vargas Llosa, Javier Cercas, o José Antonio Marina o Arturo Pérez-Reverte. El rigor del análisis no excluye, sin embargo, el humor ácido. «El tono del artículo [de Arturo Pérez-Reverte] recuerda al de un borracho que continúa su perorata cuando todos los parroquianos ya han regresado a sus casas y el bar está a punto de cerrar».
El admirado Joan Francesc Mira -confieso que siempre leo el Temps empezando por el final, por su página- ya ha hecho muchas disecciones de este tipo; la última, si no estoy equivocado, a propósito de una de las últimas tonterías de Félix de Azúa, personaje cada vez más esperpéntico que, por pura inercia, acabará volviendo al punto de partida, es decir, al pijo-falangismo. Pero al profesor Mira -o a mí mismo, o a muchos otros- nos pueden reprochar que desde la perspectiva de la adscripción nacional calzamos del pie que calzamos y, en consecuencia, no podemos ser del todo imparciales con tipos como Juaristi o Savater, etc. Este es justamente el reproche que no se le puede hacer de ninguna manera a Sánchez-Cuenca. Ha hecho un dibujo realista de los «figurones», como dice él mismo, que han marcado la opinión pública española de los últimos 30 años. Es un retablo que refleja el crepúsculo de los farsantes, personajes intelectualmente irrisorios como Savater que, a fuerza de hacerse pasar por grandes figuras de la filosofía europea, se han llegado a creer que eran algo más que accesorios circunstanciales del Ministerio del Interior.
Vuelvo al comienzo del artículo: las grandes deliberaciones colectivas exigen intelectuales honestos, no borrachos que hablan solos, ni desaprensivos vendedores de humo, ni impostores polivalentes. La generación de intelectuales españoles que describe Sánchez-Cuenca tiene poco o nada que ver con la del 27, o con la del 98. No pasará a la historia, y si lo hace será debido a su insólita cara, a su descarnada y bien pagada deshonestidad, a su resentimiento, a su inanidad.
EL TEMPS








