La historia, en el fondo, podría ser sólo la repetición de algunos movimientos cíclicos. Este constructo que aún llamamos España ha vivido abocado a su abismo varias veces en siglo y medio. En pleno 2013, sin embargo, el bucle impone su figura. De repente, en el fondo del espejo, el Estado plurinacional que no pudo ser se ve con el rostro de ciento quince años atrás. El círculo se cierra.
En febrero conocíamos que la deuda pública española se acercó en 2012 al 84% del PIB. Para encontrar un nivel tan alto de morosidad habría que remontarse a 1910. En este año, por supuesto, el Estado emergía de una tempestad perfecta. Los viejos barcos de madera de la armada fueron enviados a luchar no contra los elementos sino contra los poderosos acorazados estadounidenses. «¿Dónde están los barcos?», Se preguntaba Joan Maragall en su Oda a España. En el fondo del mar, naturalmente. Y con ellos el sueño imperial de un país angustiado que tuvo que enfrentarse contra la cruda realidad. Valle-Inclán añadiría truculencias satíricas a esta imagen, y lo que acabaría imponiéndose en la conciencia colectiva es la imagen de la depauperación vestida con los harapos de una gloria imposible.
La crisis del 98 forzó el reencuentro entre España y la realidad. Cuando Joaquín Costa pedía «deshinflar Sagunto, Numancia y Lepanto» abogaba simplemente por sumergir la mística imperial a la misma profundidad a la que se habían sepultado los cadáveres del combate inútil contra la ambición yanqui. Perder Cuba y Filipinas suponía tener que habérselas con este extraño imponderable: la regeneración.
Ahora se vuelve a hablar de «regeneración». La crisis es económica, política y moral. Se ha llevado ya todo un papa, pero por debajo de San Pedro nadie más dimitiría. El catolicismo siempre tuvo un toque jerárquico de gran efecto. La «obediencia debida» igual sirve para las intrigas vaticanas que para los partidos acosados por el bombardeo en cualquier guerra doméstica. A todo ésto ha venido a añadirse otro paralelismo inquietante con el 98: la cuestión Cataluña. Lo que comenzó Valentí Almirall bien que lo deberá concluir alguien. El bucle se impone.
Joan Maragall, por cierto, expresaba en su Oda ciertos avatares ciclotímicos: «Sálvate, ¡oh!, sálvate», rogaba a la madrastra, pero después concluía, fulminante: «Adiós, España!» Si no hay salvación posible, llega el momento de la despedida. La historia del independentismo catalán tiene su punto de ignición simbólica en este ambiguo poema, que significativamente es del año fatídico (1898). Enseguida llegará la generación que lleva su nombre. No por casualidad sus integrantes proceden todos de la periferia peninsular: Unamuno es vasco, Azorín es valenciano, Valle-Inclán es gallego, Machado es andaluz. La España centrífuga viene en ayuda de la España centrípeta. Maragall -tan amigo de Unamuno- podría haberse constituido en la pieza catalana del puzzle. Pero el viejo poeta estaba en otra guerra. Cataluña, con el Modernismo, miraba a Europa, y sólo de reojo a las colonias de ultramar. El corazón de Barcelona era más parisino que latinoamericano. Y así ha seguido hasta la actualidad.
La regeneración, por supuesto, exigiría ahora medidas tan drásticas como las que se propusieron entonces. Quizás ya no baste con la caída de un gobierno: si no hay cambio de sistema -meditan las pescaderas en los mercados municipales- al menos sería un detalle la abdicación del rey. Con valentía se deberá formalizar, a la fuerza, la necesidad de llegar a algo nuevo.
Crisis, dicen, es el otro nombre de la oportunidad. En Cataluña ésto se ha tomado literalmente. Mientras todo nos sumergimos en un marasmo inacabable de ejecuciones hipotecarias, recortes masivos de los presupuestos públicos, aumento del índice de desempleo y quiebra generalizada de empresas, los ciudadanos de Cataluña creen que ha llegado el momento de que la piel de toro se desgarre por su parte más tierna.
Cataluña quiere ser ahora Cuba o Filipinas. El nuevo 98 es demasiado evidente. El bucle, en un circuito eléctrico, es un camino cerrado, y en un servosistema es la ruta que recorre una señal en una cadena de ida y de retorno. Pero quizás la definición que nos procede ahora mejor es la de bucle magnético, es decir, un campo con los extremos unidos entre ellos, a fin de constituir una cinta sin fin. Queda el dilema de si Cataluña conseguirá la independencia mañana o pasado, y, en el otro campo, de si España decidirá ser Serbia o ser Inglaterra. De una manera u otra, la oportunidad de la crisis será ejecutada. ¿En forma de bucle?








