Hace mucho tiempo, allá en Caracas, trabajaba en una institución, en la catalogación y clasificación de documentación sobre la guerra de independencia de Venezuela. Nos apareció el Decreto de Guerra a muerte a los españoles de Simón Bolívar, y el archivero director, un hombre con marcado acento catalán, lo miró con ese sereno horror con que se contemplan los sucedidos históricos, pero algo rompió su habitual reserva y sus ojos oscuros de hombre mediterráneo, se llenaron de lágrimas. Nos fue contando su historia, la de la Guerra Civil española que lo dejó en la orfandad, apenas mozo, y marcado en el campo del nacionalismo catalán. El decreto sin escribir de su tiempo dictaba sentencia de muerte para él, pero no por español sino por catalán.
Un día entre los días de la contienda, tras un furioso bombardeo, escuchó la avanzada de las tropas franquistas al pueblo y entre la potente sarta de disparos y gritos, entendió que el temido momento de su muerte se le aproximaba. Se deslizó al final de la calle y se adentró en un local de ataúdes alineados, uno tras otros y todos vacíos. Se metió en uno de ellos, quedándose sepultado en vida.
Los soldados entraron en el establecimiento y alguien, con autoridad, dio orden de meter algunos de los muertos en las cajas y llevarlos al cementerio. Fuera casualidad o suerte, en la confusión que generó la acción apresurada y ruidosa, cargaron con él hasta el camposanto, donde un cura dijo unas palabras apresuradas, y los abandonaron. Escuchó temblar la tierra por el peso de las tanquetas, que se fueron alejando, y dejaron el pueblo en desolado silencio.
Se trata de abrir un nuevo camino político, económico y social entre los pueblos que conforman el Estado
Nunca contabilizó el tiempo de su aterradora vigilia. Comprendió que la noche había llegado porque escuchó el canto de un búho. Se atrevió a levantar la tapa, a otear en el silencioso y macabro entorno para escapar, a todo correr, a la frontera. Solo al acceder a Francia supo que estaba vivo y a salvo, aunque a los pocos meses le alcanzó la otra guerra europea, que luego sería mundial. Asqueado del hedor de la muerte, decidió abandonar el continente para acogerse al decreto, solicitando inmigración, de Venezuela. Tenía unos años de la carrera de Derecho y entró a trabajar en Archivos y Bibliotecas, se especializó y logró ser, gracias a su particular valía, en un referente de nuestra profesión.
Pero el ataúd marcó su vida. Repasaba a las noches, en su amplia casa de Caracas, rodeada de un hermoso jardín sembrado de medicinales saúcos, en su conocimiento aterrador de lo que era una cámara mortuoria. Y se preguntaba en su vigilia, si era justo que un hombre tuviera que morir o padecer por unas ideas. O por apegarse a un territorio natal. Que hubiera que cargar un fusil y marchar a una guerra. Que los hombres que dirigían las patrias exigieran semejante holocausto. Y que él sufriera cierto estigma por no haber desfilado por las trochas del combate, en vez de permanecer escondido en un ataúd. Que estuviera vivo, y tantos otros muertos.
Pienso que aquel hombre atormentado hubiera vivido hoy, como una reparación, la Diada en que los catalanes, sus compatriotas, se tendieron la mano en gesto alegre y solidario, ajeno al miedo y a la intimidación, manifestando su deseo de independencia, afirmando con valentía lo que llevan siglos aseverando: que los pueblos catalanes son una nación.
Que se han conformado como comunidad histórica desde los tiempos de los fenicios, los mercaderes del Mediterráneo con su flexible modelo político, y que estaban allí antes de Roma, que formaron por las armas parte de la Corona de Aragón, que perdieron la guerra dinástica de 1714, pero que en cada momento histórico propicio han levantado la voz para señalizar su deseo independentista, siempre para defender su lengua y su cultura. No se trata de partir a ninguna parte, sino de abrir un nuevo camino político, económico y social entre los pueblos que conforman el Estado español, que sí que es más nuevo que Catalunya, pues fueron los Reyes Católicos los que con las armas, implantaron la novedad de un estado con un solo rey, una sola lengua y una sola religión.
Recuerdo vivamente en estos días al archivero que catalogaba papeles de guerra que abominaba, que rememoraba sucesos que le lastimaban, hombre desterrado de su patria a la que amaba, acogido a la amabilidad de otra a la que tuvo que aprender a querer en un ejercicio desgarrador de autoexilio. Y me pregunto si puede haber hombres y mujeres que no hayan tenido noticia de una historia semejante en su entorno y que no sientan en este momento la responsabilidad de atender la vieja y joven voz de Catalunya. De escuchar a sus muertos y a sus vivos, de acercarse a su historia, clave de su personalidad, para recobrarla, comprenderla, ponderarla… de darse cuenta al menos, que resultan ellos, definidos como comerciantes, una expresión exultante de ideales en estos momento en que impera la ley de la raquítica Europa de los mercaderes.
Arantzazu Amezaga
Noticias de Navarra









