De la resistencia emprendedora en la plenitud exigente
11 de septiembre de 2012
El Institut d’Estudis Catalans, fundado hace 105 años, fue creado -como escribía nuestro presidente en el catálogo de la exposición conmemorativa del centenario- «para la labor científica, al más alto nivel, de la cultura y el conocimiento dentro de la comunidad nacional catalana». Ahora bien, como también se decía en el escrito, aquel IEC se inspiraba en el deseo de construir un país a imagen y semejanza de lo que hacían las naciones completas. Se trataba de dotarlo de las instituciones necesarias para «hacer de Cataluña un país normal», como había pedido otro miembro distinguido del Instituto, el historiador Ferran Soldevila. Nuestra nación existía, y ha seguido existiendo, sólo en el plano de la ambición, pero no en el del poder político que ya hace muchos años que nos hubiera correspondido por modernidad social, fortaleza económica o vigor cultural. Mientras en todo el mundo los estados creaban bibliotecas, universidades o museos nacionales, aquí, faltos de este instrumento, Enric Prat de la Riba partía de una modesta Diputación Provincial para conseguir resultados similares. El IEC es, pues, un ejemplo más de esta terca voluntad de supervivencia y de aspiración a la «normalidad». Es decir, otra de las muchas instituciones que en la estrategia del «como si» -del «como si fuéramos un país normal», es decir, como si fuéramos una nación con los atributos de los que sólo la puede dotar a un Estado- han encontrado la gran fórmula de combate propositivo, emprendedor e innovador, que nos ha permitido superar las mayores adversidades y llegar vivos -por no decir que con bastante buena salud- hasta donde estamos.
Recuerdo esta circunstancia fundacional de la IEC porque ahora mismo, y según todas las evidencias, estamos ante una nueva oportunidad, verdaderamente excepcional, para culminar definitivamente este largo y arduo camino del «como si», y entrar en un «ahora sí». Es decir, todo hace pensar que hay posibilidades reales de entrar en un estadio de plenitud nacional, que debería ser, después de tanto ir cuesta arriba, un nuevo tiempo que podríamos llamar de nacionalidad llana (o, si el presidente de la Sección Filológica me permite el neologismo, de «planitud» nacional…). Si ahora estamos donde estamos, es gracias a esta historia construida sobre la paradoja de una «resistencia emprendedora», un verdadero contrasentido conceptual, e incluso una especie de oxímoron, pero que por imprevisible, ha sido la clave del éxito del que -la prudencia, que no los datos, me obliga a emplear todavía el condicional- podría llegar a ser una «imposibilidad» histórica finalmente vencida. (Ya hace mucho tiempo que advertí que una «imposibilidad probable» como la independencia, por difícil que fuera, siempre sería preferible a una «posibilidad improbable», como el federalismo o la ‘España plurinacional).
Pero, ¿cuáles son estas evidencias que nos han hecho pasar, a tantos catalanes, de aquella «imposibilidad probable» a hablar ahora de «posibilidades reales» o de «oportunidades definitivas»? Pues, por encima de todo, el hecho de que la independencia, a pesar de las resistencias obvias y sutiles que han puesto todos los grandes poderes fácticos subidos sobre el Puente Aéreo -lo que Toni Soler ha calificado de «Santa Alianza»- se haya situado en el primer lugar de la agenda política del país sobre una base verdaderamente popular. Y no ahora circunstancialmente por la espuma que pueda generar la celebración de un Once de Septiembre embravecido, sino de manera continuada y cada vez más sólida desde hace muy cinco o seis años años. Particularmente, me gusta situar el punto de partida de nuestra particular «primavera soberanista», nuestro despabilamiento, en la llamada que nos hizo otro ilustrísimo miembro del IEC, el añorado Joan Solà, en aquel vibrante artículo «Plantemos cara» del Avui (28 de diciembre de 2006), a raíz de la imposición caprichosa y provocativa del gobierno de Madrid de una hora más de español en todas las escuelas del país. Aún teníamos abierta la herida del debate estatutario, y no tenían ningún miramiento en hurgar en él. Pero, claro, fue la manifestación del 10J de 2010, organizada por Òmnium Cultural, la que nos terminó de sacar el sueño de las orejas. Desde el fracaso del Estatuto de 2006 -¡sí, aquel que nos tenía que dibujar un nuevo horizonte para los próximos veinticinco años!- Y, más particularmente, pues, desde la sentencia del Tribunal Constitucional de 2010 que lo remataba -ahora que vuelven los toros a televisión española, diríamos que los «maestros» togados le dieron «la puntilla»-, la conciencia de que no existía otro camino que no fuera el de la plena soberanía, se ha extendido como un reguero de pólvora encendida. Ciertamente, el pronóstico alarmante que un fracaso de aquel Estatuto produciría una frustración tan enorme que tardaríamos años en recuperarnos de él, se ha demostrado absolutamente injustificado. Todo lo contrario, es de aquel fracaso de donde ha salido este despertar de ahora.
Aceptemos, si se quiere, que en 2004, en 2005 o en 2006 hubiera agotar todas las oportunidades de entendimiento con España, como quizás a algunos aún les hace falta comprobar que tampoco es posible firmar ningún tipo de pacto fiscal -que tampoco acabaría cumpliéndose- para aceptar que no tiene sentido alargar más la agonía de una relación sentenciada a muerte. Aceptemos también que no todo el mundo ha llegado a la misma constatación a la misma hora, y que cada uno necesita recorridos más o menos largos según el punto de partida. Pero esté donde esté cada uno, ahora mismo, la referencia común es la hipótesis de una Catalunya independiente. Ahora todo el mundo queda situado en el mapa por la proximidad o lejanía en relación a estas coordenadas, y es en relación a este punto de intersección donde debe justificarse. Incluso los partidos mayores, de gobierno o no, se ven obligados a tomar posición en relación al único proyecto que, hoy por hoy, puede recibir el calificativo de verdadero horizonte nacional. Si hay otros horizontes -otros que no hagan reír-, nadie explica cuáles son. Ya me perdonarán que, en un marco académico tan erudito como éste, tenga la osadía de apoyar mi tesis de un despertar promovido por la voluntad tenaz de unos cuantos sobre una cita de autoridad extraída de un programa de televisión. Pero hace unos años, mientras veía a la cuarta temporada de la conocida serie The West Wing, creada por el guionista Aaron Sorkin, tomé nota de la afirmación que hacía uno de los protagonistas, que si no me equivoco era Martin Sheen haciendo de presidente de Estados Unidos: «No dudes nunca de que un pequeño grupo de ciudadanos reflexivos y comprometidos puedan cambiar el mundo».
Sería pesado hacer ahora una relación extensa de todos aquellos hechos que certifican esta centralidad popular y política del debate independentista. No mencionaré ninguno de los muchos nombres significativos de la vida política e intelectual del país que han hecho público su cambio de perspectiva, su particular camino de Damasco y la correspondiente caída del caballo. Tampoco puedo relacionar el nombre de todas las organizaciones cívicas que han surgido desde 2006 con voluntad de difundir la nueva esperanza, porque ya tengo identificadas casi un centenar y medio. Y, ciertamente, las redes sociales, han proporcionado unos espacios de libertad de expresión sin los cuales nada de lo que ahora vemos sería posible. Un día deberíamos estudiar con la profundidad y el rigor que corresponde a esta institución. Pero quizás bastaría con mencionar el fenómeno de las Consultas populares por la independencia capaces de reunir, en 18 meses, 550 municipios y un promedio superior a un veinte por ciento de participación ciudadana. Un movimiento, por otra parte, que fue capaz de organizar en este periodo alrededor de 3.500 actos públicos. (Por cierto, en un recuento realizado recientemente, hemos comprobado que entre enero y julio de este año, y sólo por parte de cinco de las organizaciones más dinámicas, se han celebrado una media de 50 actividades soberanistas semanales). Y puestos a mencionar hechos consistentes, sin poder garantizar la exhaustividad, tengo registrada la publicación desde 2006 de una media de más de 16 libros anuales estrictamente dedicados a reflexionar sobre las posibilidades, las dificultades o las ventajas de la independencia. No es de extrañar que desde principios de este año, todas las encuestas den resultados similares de respuesta afirmativa ante la hipótesis de un referencia sobre la independencia: más de un cincuenta por ciento a favor, y creciendo, y justo poco más de un veinte por ciento en contra, y en descenso. Traducido a las urnas, el voto afirmativo superaría el 60 por ciento.
No se trata de precipitarnos y mentar el trigo sin estar todavía en el saco. Que se haya abierto una puerta no significa que uno tenga el coraje final de atravesarla, que no se nos cierre en el último momento -sobre todo si lo rumiamos demasiado- o, incluso, que una vez pasado el umbral, notemos que la libertad es una responsabilidad mucho más dura de llevar que la esclavitud de ahora, y nos volvemos atrás. La historia de la humanidad en general, y del independentismo reciente en particular, ofrece suficientes muestras. Pero hay que ser ciego, o querer serlo, o tener la necesidad de serlo, para no darse cuenta de que al cerrarse la reforma del Estatuto de 2006 el gran portazo de la sentencia del Tribunal Constitucional de 2010 abrió otra que conducía a dejar de buscar la solución en el lugar donde no había estado nunca -ahora nos lo decían bien a las claras- y que quizá sin quererlo del todo, nos empujaba a pasar página, para ir a buscar lo que nunca deberíamos haber renunciado: a ser un Estado independiente. O, para los quisquillosos, a ser un Estado tan interdependiente como cualquier otro Estado de esos que defienden y celebran su soberanía con un orgullo que nadie discute.
Francesc Cambó escribió que «Hay dos maneras seguras de llegar al desastre: una, pedir lo imposible; la otra, postergar lo inevitable». Y estamos exactamente en este tránsito de pasar de lo imposible a lo inevitable. Ciertamente, las circunstancias actuales nos llevan, si no estamos de lleno a un nuevo período de transición entre una vieja fórmula política -la autonómica-, que España ya ha dado por terminada, los liderazgos políticos que necesita, hasta ahora confusos, cada día se expresan con mayor claridad. Casi todo el mundo ya reconoce que la independencia es posible -incluido el presidente de la Comisión Europea Durao Barroso-, pero a algunos catalanes aún les falta el convencimiento de que sea inevitable. Y es justo esa indecisión la que quién sabe si no es en la expresión masiva del pueblo la que encontrará respuesta esta tarde. El caso es que, desde un punto de vista político, ahora entramos en el momento más delicado de todos dentro del proceso que hemos iniciado. De cómo se haga la transición, de los tiempos, de las palabras, los gestos, de las expectativas que cree, dependerá no sólo el éxito o el fracaso inicial, sino la naturaleza y el futuro de lo que se genere. Mirad si no el precio altísimo que se ha pagado por una mala transición a la democracia en España, hecha para contentarnos y, al mismo tiempo, para hacernos desaparecer como nación. Ya lo había advertido con una clarividencia extraordinaria del Ilustrísimo miembro de esta academia, el Honorable Heribert Barrera, el 8 de mayo de 1978 en la Comisión Constitucional del Congreso de Diputados, en la discusión del anteproyecto de Constitución, cuando denunciaba que «el Estado español persiste en el grave error de no restituir lo esencial de su soberanía a cada una de las naciones que lo integran». Y terminaba su valiente e implacable intervención: «…en España no podrá hacerse nada bueno ni durable si los catalanes quedamos resentidos y nos sentimos una vez más discriminados y defraudados».
No es fácil mantener la cabeza fría y resistirse a la euforia ahora que vivimos la excitación por la Diada de hoy, y que pasará a la gran Historia no sólo de nuestro país, sino de la Europa del siglo XXI. Pero sin querer aguar ninguna fiesta, creo que también es obligado darse cuenta de que el acto que estamos celebrando ahora mismo, o la manifestación de la tarde, o aún los gestos de apoyo que vamos dando a este gran debate nacional, son fundamentalmente acciones de compromiso patriótico. Los que lo quieren menospreciar afirman que lo que veremos dentro de pocas horas no es otra cosa que una expresión confusa de malestar, una especie de manifestación de gente cabreada que sale a la calle a desahogarse, como ha ocurrido en otras ocasiones. Se engañan y no nos enredan: lo que veremos esta tarde en las calles de la capital del país, por encima de todo y en primer lugar, debería ser y estoy convencido de que será un acto de compromiso responsable y de exigencia con nosotros mismos. Nadie, o casi nadie, puede ser tan malpensado como para reprocharnos que cuando se dice que la independencia es posible, queremos decir que es fácil. Si se emprende este camino, vendrán días de muchas dificultades, porque la independencia no nos caerá del cielo sólo porque alguien la proclame desde un balcón ni desde un Parlamento de soberanía intervenida. La independencia es un proceso que pedirá una gran serenidad y mucha firmeza, que conllevará adversidades y pondrá a prueba, ahora sí, nuestra capacidad de resistencia. Pero yo me sumo a la reflexión que hacía Ferran Cuito en una carta de 1941 a su buen amigo Nicolau d’Olwer, miembro muy destacado de nuestra institución: «Mi confianza no nace de volver la cara a la adversidad, sino de zambullirme en ella».
Estoy seguro que mis colegas del IEC saben perfectamente que estamos ante la ambición más grande que nunca se pueda proponer una nación, porque no hay ambición más alta -ni responsabilidad más gigantesca- que la de la libertad, y que en nuestro caso tiene nombre y se llama independencia. Todo va muy deprisa, pero es cierto que nada tiene que pasar necesariamente. En todo caso, si lo queremos, ¡hay que hacer que suceda! Y para que pase, todavía estamos en la fase de conseguir reunir una mayoría de catalanes que entiendan las razones que nos han llevado hasta aquí y, sobre todo, que estén dispuestos a hacer el sacrificio necesario. Todavía hace falta mucho trabajo para explicar que una Cataluña independiente debe ser una Cataluña aún más acogedora de lo que haya podido ser hasta ahora, y que si hemos sido abiertos en la debilidad, todavía lo seremos más en la fortaleza. Es necesario que se sepa que el país que queremos no se construirá sobre una identidad nostálgica y a la defensiva que mire el pasado sino mirando adelante y sobre la identificación de la mayoría en un gran proyecto de futuro que sea lo que les haga catalanes. Debemos tener bien claro que no podemos exigir a nadie que para participar de este proyecto de país completo y normal deba abrirse sentimentalmente, haciéndole elegir entre si quiere más el padre o la madre: la doble nacionalidad puede ser un buen instrumento de adhesión que no fuerce roturas emocionales. Es imperioso que se entienda que no somos separatistas, sino todo lo contrario, que queremos tomar la decisión de participar en igualdad de condiciones y de responsabilidades junto con los otros países, especialmente de Europa. Que la independencia es, precisamente, un puente hacia los demás. Como a menudo ha recordado el amigo y colega de esta casa Xavier Rubert de Ventós, para abrazarse hay que ser dos, incluso para abrazarse con España, que también lo querremos hacer. En definitiva, debemos convencernos a nosotros mismos de que queremos una Cataluña soberana no para ser más ricos, sino para ser socialmente más justos, económicamente más prósperos y más rigurosamente democráticos. La queremos para ir por el mundo con dignidad y para ser admirados como ya escribía Ramón Muntaner hace casi 700 años en su Crónica -y nos recordaba el buen amigo y ahora presidente de la Sección Filológica Isidor Marí en 1987 en unas memorables jornadas en Vic-, cuando decía que ya estábamos reconocidos en todo el mundo porque no había ningún otro pueblo regido con tanta justicia, en ninguna parte se podía prosperar tanto, ni en ninguna parte como aquí el pueblo se sentía tan atendido por sus gobernantes.
Amigos y colegas, creo que no es osado que termine este parlamento pidiendo que el Institut d’Estudis Catalans reflexione con cierta urgencia sobre el papel que debe tener en estas horas decisivas para los catalanes. Creo que soy bastante consciente de las dificultades que conlleva el hacerlo. El ámbito de la nación completa que es la nuestra, los Países Catalanes, dividido por circunstancias políticas tan diversas y hasta contradictorias pide mucha y mucha inteligencia. También sé perfectamente que, a título individual, el proceso actual no se explicaría sin la participación activísima de tantos y tantos miembros del Instituto. Pero yo os pregunto: ¿puede la IEC sustraerse al compromiso de participar como tal y de forma activa en el proceso que culmina aquello para lo que fue creado? ¿Qué papel mereceremos y se nos reconocerá dentro del nuevo Estado si ahora no asumimos la responsabilidad que tenemos de contribuir, con toda nuestra ciencia y todo nuestro conocimiento, con toda nuestra fuerza institucional y simbólica -y también con toda nuestra pasión-, a hacerlo posible? Quizás me consideraréis imprudente, pero como decía Eugeni Xammar, «tratándose de las cosas de Cataluña, yo no tomo nunca precauciones».
Buscando antecedentes ilustres que nos iluminen, he encontrado este artículo de 1897 que Joan Maragall -obviamente, miembro del Instituto- no dio nunca a publicar titulado «La independencia de Cataluña», hace 115 años, y en el cual escribía: «El pensamiento español está muerto. No quiero decir que no haya españoles que piensen, sino que el centro intelectual de España ya no tiene ninguna significación ni eficacia dentro del movimiento general de ideas del mundo civilizado». [Por cierto, la falta de respuesta española a declaraciones recientes como las del coronel Aleman o a las falsedades del presidente extremeño José Antonio Monago, hace pensar, realmente, si no en la muerte, ¡sí en una profunda somnolencia!] Y Maragall añadía: «Por esto, nosotros, que tenemos corazón para seguir dentro de este movimiento general, debemos creer llegada a España la hora del sálvese quien pueda, y debemos deshacernos bien deprisa de todo tipo de vínculo con una cosa muerta».
Y Enric Prat de la Riba dejó escrito en un artículo en La Veu de Catalunya del 22 de agosto de 1899, titulado «Nacionalismo catalán y separatismo español», que no éramos en absoluto enemigos de España ni la debíamos combatir siempre que Cataluña pudiera encontrar una vida de libertad y progreso. Pero añadía: «Ahora, si querer para Cataluña libertad, civilización, bienestar es ir contra España, vamos contra España, si desear instituciones de la tierra, formadas por gente de casa, con plena libertad de acción para regir nuestros intereses, es ir contra España, vamos contra España, si conservar y hacer vivir nuestro derecho y reponer en su lugar de honor nuestra lengua es ir contra España, vamos contra España, y no sólo vamos, sino que hemos ido e iremos siempre». He aquí el pensamiento de quien hizo posible la IEC.
En cualquier caso, y sean cuales sean nuestras deliberaciones y decisiones finales, no olvidemos el consejo que daba quién fue, también, ilustre miembro de este Institut d’Estudis Catalans, Ramon Trias Fargas, pocos meses antes de morir:
Tened la humildad de la sabiduría.
Tened el coraje de la justicia.
Tened la fe del patriotismo.
Tened la generosidad que merece la victoria.
Sobre todo, tened esperanza, ahora y siempre.







