
– Nota previa: El presente escrito es la primera de las cuatro partes de un escrito que iremos publicando en los próximos días, con los siguientes contenidos:
* Parte I: Planteamiento
* Parte II: América, África y Oceanía.
* Parte III: Asía y Europa
* Parte IV: …¿y “nosotros”?
- Izena duen guztia omen da
Así reza un conocido refrán euskaldun: todo lo que tiene un nombre, debe de existir.
Este refrán nos retrotrae a un tiempo, ya lejano, en el cual la frontera entre fantasía y realidad, entre fe y experiencia, entre creencia y credulidad, entre cielo y tierra, era ciertamente difusa. Un tiempo en el cual la gente convivía, de forma cotidiana, con Mari, Lamiak, Basajaun o Herensuge… o por lo menos eso creía. Un mundo ya desaparecido pero del que, afortunadamente, hemos conseguido guardar numerosos testimonios gracias a la ímproba labor de maestros como Aita Barandiaran y otros investigadores -algunos conocidos, y muchísimos anónimos- a los que nunca estaremos suficientemente agradecidos.

Las luces cegadoras de la Ciencia acabaron para siempre con las nieblas y las sombras de aquellos tiempos pasados. Recordando a Goya, podríamos decir que ya sólo el sueño de la Razón produce monstruos, pues estando despiertos es imposible soñar. Ya la Ciencia se ha encargado de explicar cómo y por qué se mueven esos astros a los que nuestros antepasados rendían veneración; que las simas y cuevas no son la entrada al mundo de los muertos; y que las posesiones demoníacas se tratan con fármacos a cargo de la Seguridad Social. Dificilmente puede ya un niño creer en los Reyes de Oriente o en el bonachón Olentzero, cuando todos los regalos son Made in China….

Desde luego que, en el ámbito de las Ciencias Naturales, el refrán con el que hemos abierto esta reflexión ha perdido su sentido. Aunque podamos decir que 2 + 2 = 5, no por eso 2 + 2 va a dejar de darnos 4. Y, aunque alguien pueda formular que la Tierra es el centro de la Creación, sabemos que nunca fue ni será así. La realidad de la Naturaleza y sus leyes están muy por encima del ser humano.
Tal cosa no sucede, en cambio, si pasamos al campo de las Ciencias Sociales. Dicho de otra manera, al ámbito de aquello que crea el propio ser humano. Aquí sí que izena, el lenguaje, modela la realidad, izana. En palabras del filósofo Ludwig Wittgenstein, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente”.
- Lenguaje, autoimagen e identidad
En este ámbito, al contrario que sucede en el ámbito del conocimiento de la naturaleza, el lenguaje no sólo describe una realidad externa a él mismo -una realidad que seguiría existiendo aunque el mismo lenguaje no existiera-, sino que crea una realidad que sólo existe inicialmente en la mente del sujeto, pero que, en tanto en cuanto se refleja en un comportamiento concreto, deviene en realidad sensible, como en el principio de la Profecía Autocumplida. En definitiva, el lenguaje es ese par de gafas a través del cual vemos el mundo, representamos éste en nuestra mente, y definimos nuestro comportamiento.

Una aplicación concreta de este principio se da en la forma en que los pueblos se denominan a sí mismos, y cómo se denominan entre sí. Como es bien sabido, una de las características que diferencian al ser humano y algunos primates (parece ser que también a delfines y elefantes) del resto de animales, es su capacidad para reconocerse en un espejo. Dicho de otra manera, son dueños de su autoimagen, tienen una imagen mental de sí mismos.
No sólo es así, sino que además la construcción de esa autoimagen ocupa buena parte de su tiempo, pues de ello depende su identidad. Si alguien no fuera dueño de su propia imagen, en realidad dejaría de ser él mismo. Oscar Wilde juega magistralmente con esta idea en su novela “El retrato de Dorian Gray”.

Esto, que puede resultar algo abstracto en el caso de los individuos -salvo que hablemos de ciertas patologías psiquiátricas-, tiene plena vigencia si hablamos de las colectividades humanas y, en particular, de los pueblos o naciones. Y es que una de las características básicas de un pueblo es la autodefinición: un pueblo se define a sí mismo; si se define, o pretende ser definido, en función de otros, entonces ya no es un pueblo…o está dejando de serlo.
Dime cómo te llamas, y te diré quién eres (II)
Iñigo Larramendi

“Yo Tarzán, tú Jane” (Iturria: http://pedrofabelo.blogspot.com)
- Cómo me llamo, cómo me llaman
Si analizamos la forma en que los diferentes pueblos, naciones y Estados del mundo se denominan a sí mismos, y lo comparamos con cómo los demás pueblos los denominan, vemos que hay una amplia variedad de situaciones, y que las mismas suelen tener poco de casual.
3.1- Los Estados en América, África, Oceanía
En la mayor parte de Estados de América, el África subsahariana y Oceanía observamos que apenas suele haber diferencia entre la forma en que los Estados se denominan a sí mismos, y cómo se denominan a nivel internacional, más allá de ligeras adaptaciones fonéticas: Argentina, Cuba, Brasil, Canadá, Namibia, Nigeria, Angola, Australia…. Y la explicación es muy clara.
En el caso de América y Oceanía, dichos Estados fueron creados por los colonizadores europeos y sus descendientes, quienes incluso sustituyeron demográficamente, de manera abrumadora, a las poblaciones nativas. Por su parte, en el caso del Africa subsahariana, la sustitución demográfica no fue tan brutal, pero la definición de los Estados corrió, casi integramente, a cargo de las potencias europeas dominantes, quienes apenas prestaron atención a las realidades sociales locales.

Como resultado, en dichas zonas geográficas las demarcaciones y denominaciones de los Estados y de los pueblos y naciones nativas en ellos contenidos no tienen nada que ver entre sí. Puede haber, ciertamente, pueblos mayoritarios en ciertos Estados (como los mayas en Guatemala, o los guaranís en Paraguay), pero eso en absoluto quiere decir que dichos Estados sean expresión política de dichas naciones, al menos en su origen.
Buena muestra de ello es que resulta habitual que las clases dirigentes de origen nativo en dichos Estados aparquen sus denominaciones étnicas, y prioricen su identidad estatal. En algunos casos, por evitar suspicacias en Estados de carácter plurinacional; pero, en muchos otros, porque han interiorizado que su identificación étnico-nacional es de un nivel inferior. Dicho de otro modo, han renunciado a su autoimagen, y “en el espejo” ya no ven una imagen propia, sino una imagen creada por otros, los europeos. Es decir, están dejando de ser ellos mismos.

¿Blanco o negro? (Iturria: https://nomadasfsg.wordpress.com)
Si nos vamos al norte de África, tenemos un caso que resulta muy ilustrativo: Marruecos. El término Marruecos (Maroc, Morocco…) proviene de la histórica Marrakech, que, a su vez, parece proceder de un término bereber/amazigh (es decir, nativo) que significa “Tierra de Dios”. El nombre oficial del Estado, en cambio, se transcribe como al-Magrib, que en árabe significa el Oeste, la tierra del Oeste. Evidentemente, ningún pueblo se sitúa a sí mismo en el Oeste, como luego veremos con China. Esta denominación oficial denota que el Marruecos actual es hijo de la colonización árabe. Y desde Arabía, desde luego, sí que Marruecos queda en el extremo Oeste. Vemos, pues, que aquí tampoco hay autodefinición.
3.2- Las naciones de América, Africa y Oceanía
Mientras tanto, las denominaciones de algunas naciones nativas son harto ilustrativas. Asi, los navajos y los apaches, que están emparentados entre sí, se denominan a sí mismos Dineh e Inder respectivamente, y en ambos casos significa “pueblo, gente”. Más al Este, los cherokee se denominan a sí mismos Tsalagi, que significa “montañés”; pero esta palabra no es suya, sino tomada de sus vecinos Choctaw. Anteriormente se denominaban Ahniyvwiya, que significa “los humanos”. En todos ellos vemos, pues, claros ejemplos de autoimagen, que se va diluyendo conforme van asumiendo la cultura y las denominaciones ajenas.

Pero el caso más interesante seguramente sea el de los esquimales o inuit. El término esquimal, con el cual nosotros conocemos a los habitantes de las tierras polares, proviene de sus vecinos del Sur, los algonquinos, con el significado de “comedores de carne cruda” o “cazador de zapatos de nieve”, según las versiones. En todo caso, tiene una connotación despectiva. El termino nativo inuit significa, en cambio, “pueblo, gente”. Es interesante ver cómo la recuperación de la denominación nativa está siendo un capítulo importante en la lucha de esta nación por su dignificación, sobre todo en Canadá.
A muchos kilómetros de distancia, los pueblos bosquimanos y hotentotes, que aún hoy luchan valerosamente por su tierra, sus recursos y su identidad en el sur de Africa, repiten en sus denominaciones propias raíces como khoikhoi (“hombres de hombres”, los hotentotes) y san (“recolectores, que recogen del suelo”, término aplicado a los bosquimanos recolectores por sus vecinos ganaderos hotentotes). El término bosquimano es de origen afrikaans (holandés), y significa “hombre del bosque”. Aún hoy se debate sobre las denominaciones correctas para todos estos pueblos, pues muchas de ellas se originan en apelativos peyorativos de unos pueblos hacia otros.

Un poco más al norte, los diferentes pueblos pigmeos (término derivado del griego Pygmaios, “pequeño, enano”, por analogía con una unidad de medida, el pygmé, que era el largo del antebrazo y el puño juntos), aunque cada uno tiene su “nombre propio”, lo anteceden en su expresión colectiva por la partícula Ba-/Bi-, que significa “gente”: bambuti, babinga, bibaya, biaka…
Y, para terminar, los orgullosos maoríes de Nueva Zelanda conservan su denominación tradicional, que significa “común, normal”: ellos son los normales, y los demás los diferentes, desde su punto de vista.
Vemos, por tanto, cómo es muy habitual que los pueblos se denominen a sí mismos como representantes de la especie humana y se sitúen en una posición central (autoestima), mientras que los otros pueblos, en sus denominaciones, los sitúan en una posición periférica o desplazada y hagan alusión a su carácter nómada, primitivo y salvaje (connotación peyorativa). Veremos luego más ejemplos de esta lógica.
El grado en que cada pueblo va interiorizando las denominaciones de origen extranjero (y sus significados, sobre todo cuando éstos son peyorativos) mientras arrincona sus denominaciones nativas, es un buen termómetro de su grado de asimilación; en definitiva, de su pérdida de autoestima.

Para terminar este apartado, no está de más resaltar que, para los casos aquí comentados, se sigue utilizando el término “tribu”, cosa que no se hace con los pueblos europeos: la conciencia de superioridad europea, como vemos, sigue vigente.
Otra manifestación de esta conciencia de superioridad (si se me permite, en mi opinión, un “racismo de guante blanco”) está en que el término colonización se reserva en exclusiva para las poblaciones no europeas, cuando la actuación seguida por las Potencias europeas no fue sino una continuación, utilizando además los mismos medios, de procesos de ocupación que ya antes habían llevado a cabo en Europa. Un ejemplo de este apriorismo racista se ve cuando se habla del derecho de autodeterminación, y algunos dicen que su aplicación se limita a los territorios colonizados, como si tal cosa no hubiera sucedido en Europa.









