Ha coincidido en el tiempo la presentación en el Institut d’Estudis Catalans del manifiesto Unes humanitats amb futur –que firmé– con la publicación del espléndido texto del profesor Xavier Antich Per què necessitem les humanitats? Conviure amb els clàssics per viure el present, editado por el Centre d’Estudis Jordi Pujol. El primero es un texto a la defensiva, con riesgos –aunque matizados– como el de confrontar humanidades y ciencias, algo moralizador y más bien situado en el espacio de la lamentación gremial. El segundo argumenta de manera propositiva el valor de las humanidades y, además, utiliza sus herramientas. Es decir, las enaltece con un texto de una alta calidad humanística –bien escrito, bien fundamentado, exigente y de lectura placentera– y muestra de manera fehaciente que los clásicos, como dice el autor, “están llenos de vida”.
Sin embargo, hay otros caminos de defensa de las humanidades que tienden a conseguir lo contrario de lo que se proponen. Uno es el del lamento por los tiempos pasados. Nunca he sabido, sin embargo, cuáles han sido esos tiempos de esplendor de las humanidades. Porque, sí, a finales de los sesenta yo tuve dos años de latín obligatorio. Pero los que estudiábamos bachillerato éramos una ínfima minoría, la ley de Educación General Básica que obligó a la escolarización hasta los 14 años todavía no existía y el analfabetismo en España llegaba a un 15% de la población mayor de diez años. Por otra parte, a pesar de los efectos de la crisis actual, nunca como ahora ha habido tantos alumnos de teatro o música, tanta oferta de espectáculos y conciertos o tanta producción literaria y lectura, ni tantos museos y visitantes.
Otro camino fallido de defensa de las humanidades consiste en cantar las bondades… de su inutilidad. Las humanidades se opondrían a las maldades del capitalismo, el materialismo y el individualismo que lo inunda todo. Al contrario de lo que sostiene el texto de Xavier Antich, que muestra su radical utilidad y que me recuerda el título de aquel libro del teólogo José María González-Ruiz, Dios es gratuito pero no superfluo, calificativos que se podrían decir también de las humanidades. Por no citar el oportuno artículo de Gregorio Luri, el domingo pasado en este mismo diario, en el cual justifica con palabras sabias la necesidad de las humanidades: “La civilización es frágil y vulnerable, y nadie nace civilizado. Civilizar significa educar la atención y el hambre. El humanismo tiene por misión ofrecer a los hombres motivos nobles en los cuales fijar su atención y a los cuales dirigir su hambre”. Una necesidad, por otra parte, que nunca queda satisfecha porque recomienza con cada nuevo nacido.
También me parece un grave error volver a la vieja rivalidad entre ciencias y humanidades, como si el problema fuera ver quién se lleva el trozo mayor del pastel en el currículum escolar. De hecho, los gremios de los científicos y los ingenieros, o de los matemáticos, también lamentan los bajos niveles de vocaciones en su terreno y el poco caso que suscitan en los medios de comunicación. En el fondo, se descubre una mirada muy antigua, al evaluar los contenidos educativos en función de las horas de docencia o la obligatoriedad de una asignatura, que pierde de vista lo más relevante. Por una parte, la propia calidad y ambición humanística y científica del profesorado y, por otra, la aspiración civilizadora que transmite el entorno familiar y social de cada individuo.
Finalmente, creo que las visiones pesimistas en relación con el lugar de las humanidades están marcadas por la mirada desconfiada hacia las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Hace ya mucho que Edgar Morin, en L’esprit du temps. Essai sur la culture de masse (1962), puso al descubierto el malestar de las élites culturales cuándo su hegemonía se les había escapado de las manos. Eso venía con la llegada masiva de la radio, la televisión o de aquella música que, despectivamente, se calificó de “enlatada”. Y ahora son las redes sociales las que provocan nuevos desafíos a la comprensión de la realidad cultural de nuestro tiempo. Si hace unos años el debate se establecía en la discusión entre el valor cultural de J.S. Bach y The Beatles, ahora se contrapone la escritura con el tuit.
Una buena manera de escapar de la trampa de este falso dilema nos la pone ante los ojos Xavier Antich en su texto cuando, con María Zambrano, nos recuerda que “escribir viene a ser lo contrario de hablar”. Escribe Zambrano: “Hablamos porque alguna cosa nos apremia, y eso nos llega de fuera. Por la palabra dicha nos hacemos libres de las urgencias del presente, de la circunstancia que nos asedia”. Las palabras “se van de la boca” y por eso a menudo tenemos que corregirnos. Y añade: “La palabra dicha es, en su urgencia, siempre tentativa, como si saliera un poco a tientas”. Desde mi punto de vista, herramientas como Twitter lo que hacen es tecnificar las formas de hablar, ampliando el alcance, pero en ningún caso atentan contra la escritura, ni la banalizan. Un tuit está más cerca del lenguaje oral que del escrito, y como pasa con la oralidad, el tuit empuja a la escritura.
Dice Antich: “En la escritura, no nos desprendernos de las palabras sino que las retenemos. Y reteniéndolas es como las hacemos propias, nuestras, selladas por el dominio de quién las escribe”. Desde mi punto de vista, las humanidades son el instrumento que nos permite dar el paso del tuit a la lectura y la escritura. Como concluía Luri, “el humanismo sólo es útil a quien está dispuesto a combatir la vulgaridad que lleva adherida en el alma”.
La Vanguardia







