Una de las miserias de nuestro pensamiento político contemporáneo es que sufre una visión muy pobre y mediocre del pasado histórico de Cataluña. Más aún si le añadimos el marxismo de la escuela de Frankfurt y la manipulación constante de una izquierda que, bajo una falsa capa brillante de presunto progreso, no deja de ser un sencillo “sal tú, que ya me pongo yo, mis parientes y, entre todos, nos subimos el sueldo cuando nos convenga”.
Hay muchos ‘figuras’ (políticos, politólogos, analistas y todo tipo de trepadores diversos como tertulianos, expertos en materias inverosímiles y directores de observatorios de cuestiones aún más insólitas y ridículas) que televisiones y radios públicas y privadas nos ofrecen con su palabrería narcisista que nunca pasan de la Segunda República española como máxima expresión de todo derecho y libertad posible.
Aparte de la falsedad de este deslumbramiento por un período histórico complejo y siempre explicado interesadamente desde cualquiera de los dos bandos (cuando, en realidad, había más de dos), nunca se han tratado realidades curiosas que a mí mismo me habían contado personas que vivieron aquellos años.
Testigos presenciales, aunque sorprenda, me explicaron el caso de gente afiliada a ERC que decían (en ámbitos concretos y sin ganas de pasarse a los “nacionales”) que deseaban que ganara Franco de una vez para que se acabara aquel despropósito de guerra y de república, cuyos líderes iban de un disparate político a otro provocando más dolores y desesperación que gloria y defensa de una pretendida democracia. Lo tengo recogido y escrito con nombres y apellidos de quienes lo relataban. Más de dos y más de cuatro. Pero de eso no hablan los libros de historia.
Volviendo a la visión mediocre y manipulada de nuestra historia, puede haber alguno, algo más docto, que puede llegar a citar la Mancomunidad o las guerras carlistas, pero, de este último caso, son incapaces de hacer una lectura catalanista, sólo ven una previa de la Guerra Civil española. De los carlistas que apenas hablaban castellano y deseaban volver a la situación de antes de 1714, nunca se habla.
Fíjense cómo nunca pasan más allá de 1714 y de cuál era la situación política real del país. Y siempre relacionando los hechos con el reino de las Españas. Juegan con la Verdad y la Falsedad según su necesidad de comedero. Romper el linaje de nuestro talante político en los años treinta de hace una centuria es restringir a mínimos insignificantes nuestra capacidad de comprensión política de cómo somos y de quiénes somos realmente.
Con esta restricción de no ir más allá de la Segunda República, lo que en realidad hace el político es querer hacernos creer que aquel período histórico es el máximo al que puede aspirar el pueblo catalán. Y si a esto le añadimos las respuestas ambiguas, los cambios de tema, el vocabulario que cambia de sentido y la búsqueda constante del temario de cuestiones sociales de las que hasta entonces no hablaba nadie, se puede (o debería) entender, a veces, el deseo y el comportamiento del pueblo hastiado de tanta falsedad.
En política, pasar de la ambigüedad en el discurso a la hipocresía es fácil si se sabe utilizar la retórica como exponían los sofistas que tanto odiaba Platón (o Sócrates, si les gusta más). Es más, tienen tanta maña que a menudo se hace complejo discernir cuándo es una cosa o la otra.
A nuestros políticos, como a los sofistas de hace 2.400 años, no les interesa la Verdad. Si tuviéramos la cultura que necesitaríamos, todo el mundo habría leído el ‘Fèlix o Llibre de les meravelles del món’ (‘Félix o Libro de las maravillas del mundo’) de Ramon Llull. Y todo el mundo sabría que entre 1286 y 1289 (posibles fechas de redacción) Llull llega a conclusiones al respecto de lo que decimos que siguen siendo sorprendentes.
En el capítulo 37 de la Octava Parte demuestra y remacha que la Verdad, en este mundo, no tiene suficiente poder contra la Falsedad. Llega a sentenciar: «En el tiempo que ahora estamos (hace más de 700 años) se teme más la reprobación de la gente que la ira de Dios; la gente tiene vergüenza de decir la Verdad, mientras en este mundo la falsedad sea tan alabada y amada y tenga tantos servidores y mantenedores». Llull es contundente y no aporta ninguna esperanza, porque conoce la condición humana. Y todos sabemos que tenía y tiene razón. Lo máximo que hace al final del capítulo es considerar como salvación personal la memoria, la voluntad y el entendimiento. Una vez se asume esta enseñanza, se entiende la mezquina política del país.
EL PUNT-AVUI









