De cómo los mitos explican un país

En su brillante ensayo breve ‘Cataluña’, recién publicado en Galerada, Salvador Giner traza una síntesis de las relaciones sociales del país, subrayando algunas constantes, incluidas las presiones exteriores que periódicamente nos caen encima y cómo la sociedad las acaba padeciendo. Ahora bien, para que esta singularidad se traduzca en conciencia de comunidad, hay un imaginario compartido. Esto lo saben todas las naciones del mundo. Y de ahí que se construyan mitos, que son la forma poética de transmitir la historia, sacralizando sus valores concretos. Ahora que las sociedades han madurado y que los imaginarios están poblados de otras cosas, los mitos son precisamente los valores. Nos los atribuimos porque esto nos reafirma y nos induce a comportarnos como corresponde: el pactismo catalán -una manera de organizar las relaciones de poder de fronteras adentro- es un mito muy actual cargado de intención. Otros serían el pacifismo o la capacidad de convivencia: verdad y mentira a partes iguales.

Dicho esto sobre mitos, como sobre setas, se hace en todas partes. En Cataluña tienen mala prensa porque se supone que son parte de una construcción artificial de una nación artificial (otro mito). Por ello, los espabilados advierten: ¡ojo, que no hay que creer en Guifré el Pilós! Magí Sunyer es un profesor acostumbrado a remover los repliegues de la historia, y lo hace muy bien. Ahora se ha puesto con los mitos, tomándolos con un sentido lato: incluye dos temas que todavía duran, la oposición ruralia-ciudad y la lengua real. Después entra en la deconstrucción de los mitos históricos, uno por uno, sin manías. Y, más interesante aún, busca el reflejo de que estos mitos -y significantes- tienen en la literatura. O sea que nos explica a la vez mito y proceso de fijación.

La lectura es, así, un repaso del intento de construir -a menudo a contracorriente- un sistema mítico que aguante la conciencia nacional, una tarea asumida por varias generaciones. El libro nos revela esta terquedad desmontando incluso los mitos, algunos muy pueriles: es una mirada a la manufactura de la historia. A veces parece que si no pones la lucha de clases en el análisis eres un ramplón, pero vale la pena mirar otras relaciones, también sociales, que han contribuido a hacer este país. El autor nos advierte, de paso, que el franquismo «malhirió el sistema referencial catalanista», es decir, que tenemos que reconstruir también el espíritu. La visión de Magí Sunyer es precisa, seria, documentada y nada iconoclasta, lo que se agradece. Es un espejo, pero un espejo lleno de empatía por la causa común.

ARA