Cortes valencianas: ¿a quién le importa?

El 7 de abril de 1261, hace ahora setecientos cincuenta años, el rey Jaume I juró Fueros por Jaume I en las cortes valencianas, reunidas por primera vez en Valencia. Pocos días después nacía formalmente el Reino de Valencia, que duró hasta la llegada de las tropas de Felipe V, con la promulgación del decreto de Nueva Planta. Cómo, ¿no lo sabíais? No me extraña, porque la Generalitat valenciana no lo ha dicho en ninguna parte. No se ha hecho ningún acto conmemorativo. No se ha publicado ninguna obra de revisión histórica. En resumen: ni lo saben, ni les importa un bledo.

¿Y por qué debían hacerlo?. Si las únicas efemérides que les importan son las del 12 de octubre (‘el día de la raza’ -decían ellos mismos, ufanos, cuando no habían de disimular lo más mínimo su franquismo esencial), o -como mucho- el día de la sacrosanta constitución española. No me extrañará nada que, con motivo de la existencia del AVE «Madrid-Levante» propusieran hacer festiva la fecha del 2 de mayo, que es cuando Madrid celebra el éxito de su particular kale borroka, y el logro de la única independencia que consideran legítima: la suya.

Celebrar hitos históricos o cumpleaños es algo de quien sabe quién es y de dónde viene. Si -además- sabe a dónde va, quizás lo hará con más cordura y todo, pero para conmemorar una fecha fundacional sólo es imprescindible saber quién eres, y no estar profundamente avergonzado de ello. Y por ahí llora la criatura. El grupo que nos gobierna no debe saber ni jota de historia, ni quieren aprender. Después de todo, no es un conocimiento pragmático para ellos, que necesitan concentrarse en la contabilidad, para saber cuánto de nuestro dinero llega a las manos (y bolsillos) de sus amiguitos, ya sean ‘del alma’ o del cuerpo más terrenal y pecaminoso.

Les da exactamente igual si las cortes hacen 750 años o si se transforman en un supermercado, siempre que ellos no dejen de cobrar sueldos y dietas. Están mucho más dispuestos a celebrar las festividades de la españolidad. Se les llena la boca de «Comunidad Valenciana», sobre todo porque con ello experimentan el placer intenso de insultar y denigrar a todo un pueblo, sin tener que mancharse las manos ni la boca. «Comunidad», igual que una comunidad de vecinos, no es nada, es menos que nada, es un no-lugar, un no-país. Hace 750 años empezábamos a ser un reino, un Estado. Ahora somos un juguete en manos del brazo incorrupto del posfranquismo, adobado con métodos propios de la mafia siciliana.

Puedo entender su interés desmesurado por liquidar la lengua y la cultura de los valencianos. Ya comprendo que, admiradores impenitentes como son de la rotunda casposidad del españolismo más rancio, quieren que seamos unos españoles más dentro de una España castellanamente uniforme. Las preguntas que me faltan por responder son: si consiguen esto, ¿qué sentido tendrán sus cargos?, ¿Por qué habría una presidencia de la Generalitat -o de las cortes- en un territorio completamente indistinguible de los demás?, ¿qué sentido tendría el autogobierno en un pueblo que no lo es?

No quieren celebrar el 750 aniversario de la constitución de las cortes valencianas, probablemente por miedo a no despertar a nadie del sueño servil al que nos han inducido. Para que nadie recuerde que somos un pueblo con historia y que podríamos -perfectamente- ser un pueblo con dignidad. Que podríamos elevar nuestra autoestima hasta el punto de sentirnos iguales a los otros, y no tolerar más sumisiones abyectas ni más expoliaciones sistemáticas. Veremos qué quieren celebrar si un día sus anhelos triunfan, y les toca disolver las cortes para ofrendar -definitivamente- todas las glorias (incluyendo la existencia misma de su pueblo, pero también sus cargos) en su reverenciada España.

 

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