Se cuenta en Roma una anécdota muy poco franciscana. Renacimiento. Pompa. Magnificencia. El Papa y sus cardenales reciben en el Vaticano a un fraile visionario que les implora un cambio radical. Hay que volver a los orígenes. Hay que regresar a la pobreza. Hay que volver a empezar. El fraile sigue hablando -podemos imaginar a Francesco d’Assisi frente a la corte pontificia en las películas de Liliana Cavani y Franco Zeffirelli-, mientras el Papa y los cardenales intercambian miradas de sorpresa y estupefacción. En un momento dado, el Papa susurra a sus príncipes: “Ma questo è matto, oppure è in el segreto come noi?“. “¿Este, está loco, o está en el secreto, como nosotros?”. Historieta muy romana que ilustra uno de los viejos lemas de la Ciudad Eterna: “Roma veduta, fede perduta“. El Papa Francisco ha sido elegido para corregir esa deriva. La tentación narcisista de la Iglesia de Roma. La irresistible tendencia de la estructura católica a la narración autorreferencial. La irresistible tentación autorreferencial de todas las organizaciones poderosas.
Al cumplirse un mes de su elección y antes de que pudiese ser catalogado como el Papa argentino de los gestos, el jesuita Jorge Mario Bergoglio ha enviado una primera señal de gobierno. Una señal inequívoca. El sábado, la oficina de prensa de la Santa Sede daba a conocer la creación de un grupo de trabajo formado por ocho cardenales encargado de dibujar las líneas de reforma de la curia vaticana, esa superestructura que toma el nombre de la administración del viejo Imperio Romano y que la Mediática ya ha condenado como culpable de todos los males de la Iglesia católica.
Si se me permite la ironía, el Papa acaba de elegir su Consejo de Transición y abrigo la sospecha de que sus labores van a tener mayor alcance que las deliberaciones de otros órganos transitivos en el Mediterráneo occidental. Pero no adelantemos acontecimientos. Roma también nos enseña que el tiempo es curvo -“el tiempo somos nosotros”, dijo otro Papa del Renacimiento- y que la sorpresa y la rebelión siempre pueden saltar en cualquier rincón del Imperio, así en la Dacia y en la Galia, como en la Tarraconense.
La composición del grupo de trabajo es muy interesante. Es internacional. Todos los continentes, sin excepción, están representados. El peso de Europa ha sido muy medido. Un alemán (Reinhard Marx) y un italiano de la curia (Giuseppe Bertello). El equilibrio de tendencias es sugerente. Izquierda, derecha y centro, si es que estas categorías son aplicables a la Iglesia. El cardenal hondureño Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa, identificado durante años como exponente del ala progresista de la Iglesia en Latinoamérica, ejercerá de coordinador, un papel relevante. Atención al dato: Maradiaga es salesiano y buen amigo del cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado en funciones. Es erróneo situar a Bertone en la lista de perdedores del cónclave, como han hecho algunos comentaristas.
Ni que sea indirectamente, el Opus Dei también está representado. El cardenal chileno Francisco Errázuriz, arzobispo de Santiago, es próximo a la Obra, organización eclesiástica que da una especial importancia a la obediencia a Roma. Se equivocan quienes creen que el Papa jesuita será hostil al Opus Dei. También está muy bien representado el sector más genuino del partido americano, el arzobispo de Boston, Sean Patrick O’Malley, firme partidario del cambio. Y está Marx, autor de El Capital. El arzobispo de Munich ha escrito un libro crítico con el actual orden de cosas, con el mismo título que dio fama al economista renano. Marx -Reinhard, no Karl- es hombre próximo al Papa emérito Joseph Ratzinger. Ningún español. Ningún discípulo de Angelo Sodano -el poder fáctico de la curia-. Ningún fiduciario de Angelo Scola, de Comunión y Liberación y de los laberintos que enlazan la Iglesia con la espesa política italiana.








