Sin pena ni gloria, estas semanas se cumplen 20 años de la aprobación y entrada en vigor de la reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006 el cual, tras la declaración de inconstitucionalidad y nulidad dictada por el Tribunal Constitucional en la sentencia de 2010 sobre los elementos esenciales de la reforma, sigue siendo la norma institucional básica que define el marco político catalán.
La total indiferencia con la que ha pasado la efeméride, incluso por parte de aquellos que la apoyaron, como el PSC –o también aquellas personalidades que entonces integraban la coalición Convergència i Unió– ya revela la falta de avances en el autogobierno que significó ese proyecto pese a que dominó buena parte de las encendidas discusiones políticas de la época tanto en Cataluña como en España.
La realidad es que la aprobación de la reforma, sobre todo debido a la resolución del Tribunal Constitucional de 2010, no sólo no significó avance alguno en el autogobierno sino que supuso abortar definitivamente un camino hacia un mayor reconocimiento nacional y una mayor asunción de poder real y de recursos dentro del sistema constitucional del 78. En algunos ámbitos, como en el de la lengua en el sistema de inmersión en las escuelas con su célebre afirmación de que el castellano debía ser también vehicular a la enseñanza como lo era el catalán significó, como hemos ido comprobando estos años, un completo retroceso respecto al régimen anterior y en la práctica la conversión del catalán en la escuela en un ámbito de litigio constante atizado por el españolismo con la connivencia del poder judicial.
La reforma estatutaria de 2006 fue, en definitiva, una derrota del catalanismo que, sin embargo, ha quedado eclipsada por el descalabro aún más estrepitoso del remedio que la mayoría de la ciudadanía de Cataluña y sus representantes exploraron para superar ese fracaso: el proceso independentista. Ciertamente incluso después del órdago del 1 de octubre y de la declaración de independencia (o precisamente a causa de estos gestos) la situación del autogobierno en la forma política que sea es mucho peor que hace dos décadas. No es de extrañar que los partidos que han dominado estos ciclos o hayan sido fulminados (como CiU) o estén perdiendo apoyos aceleradamente (lo que también afecta ahora mismo al partido en el gobierno, el PSC). Es normal, si los resultados son nulos, sea en el camino hacia la independencia o sea en el camino de buscar el encaje con España, lo previsible es que el votante elija otras opciones.
Y esta singladura me lleva a la siguiente consideración: el independentismo, al menos en la fase que culminó en 2017, está desorientado y no tiene una idea clara de qué hacer para lograr una Cataluña plenamente soberana, pero aquellos que creen que Cataluña puede progresar dentro de España, y que de algún modo se podían sentir identificados en operaciones como las que la reforma estatutaria representaba, tampoco saben qué camino tomar. Van pasando los años y lo cierto es que los catalanes siguen regidos por un orden (un Estatut ineficaz mutilado por el Tribunal Constitucional) que nunca han consentido y que cuando optaron por una opción que sí aprobaron mayoritariamente, la independencia, cayó todo el peso de la represión estatal.
Una buena metáfora de este estancamiento agónico es que la Esquerra Republicana de Oriol Junqueras apoyara los presupuestos de Salvador Illa a cambio de la promesa de construir un tren orbital (1) que precisamente era un proyecto ya impulsado por el tripartito también hace veinte años, en la misma época de la aprobación estatutaria. A pesar de todas las convulsiones no nos hemos movido de ahí mismo y la clase política no sólo no ha logrado nada sino que también ha dejado perder la esperanza de conseguir cualquier cosa sustancial.
La herencia del Estatut es, en esencia, la desesperanza. La certeza de que seguir igual sólo nos llevará a una agonía aún más profunda y saber que cualquier promesa que no plantee una ruptura radical con el orden, se llame tren orbital, reforma de financiación o política de vivienda es una mentira que el propio político que la formula sabe que no cumplirá. El Estatut inició la época de las mentiras que todo el mundo sabía que lo eran y que aún no ha terminado pero que, más tarde o temprano, aunque sea de forma brutal, terminará.
(1) https://es.wikipedia.org/wiki/L%C3%ADnea_orbital_(Rodalies_de_Catalunya)
EL PUNT-AVUI









