Colectiva individuación

Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario, parece defender Gilbert Simondon respecto de los procesos de individuación propuestos respectivamente tanto por Leibniz como por Spinoza. Y lo hace en el marco de la reflexión en torno al papel desempeñado en el mismo por la hecceidad y el flujo energético. “En cierto sentido -habrá de decirnos-, hay entre la monada de Leibniz y el individuo de Spinoza una oposición completa, puesto que el mundo de Leibniz está hecho de individuos mientras que el de Spinoza no comprende propiamente hablando más que un individuo, la naturaleza […] Leibniz fragmenta la individuación hasta los límites extremos de la pequeñez, haciendo concordar la individualidad misma con elementos más pequeños de un cuerpo viviente; Spinoza por el contrario agranda la individuación hasta los límites del todo, siendo la propia individuación aquello por lo que Dios es naturaleza naturante […] En esas condiciones, el individuo considerado como coextensivo al ser no puede ser situado: toda realidad es a la vez demasiado pequeña y demasiado grande para recibir el estatuto del individuo. Todo puede ser individuo y nada puede serlo completamente. Si por el contrario el individuo es captado no como término de una relación, sino como resultado de una operación y como teatro de una actividad relacional que se perpetúa en él, se define entonces con relación al conjunto que constituye junto con su complementario, que es del mismo orden de magnitud que él y existe a su mismo nivel luego de la individuación”. Y de todo ello viene a derivarse una hermosa reflexión de potencial aplicación al mundo de la política en el sentido extensivo y relacional del tratamiento dado a las cuestiones del individuo societario: “La individuación perpetúa el sistema a través de un cambio topológico y energético; la verdadera identidad no es la identidad del individuo en relación consigo mismo, sino la identidad de la permanencia concreta del sistema a través de sus fases”.

Desde siglos atrás, y ahora más si cabe, hemos conseguido que la materia sea soporte al menos de la información surgida de nuestra inteligencia. Si nosotros en sí mismos somos materia no hay por qué negar el que constituyamos parte de esa otra inteligencia que es manifestada en la creación de mundos fusionando un tanto los extremos leibnicianos y spinocianos. Y en esto consiste la realidad ausente de lo que no se ve, el flujo energético, la visión tanto más topológica que cartográfica del espacio en el que nos desenvolvemos y un largo etcétera de cuestiones abordadas por el trabajo de Simondon. Si tomásemos la topología como la descripción del país verdadero e imaginario y a la energía como producto de sus movimientos políticos y sociales, de masas e individuales, la anterior cita vendría a plasmarse como una magnífica metáfora y alegoría de lo que nos sucede, partiendo de la premisa de que al menos habremos de estar de acuerdo en que un país existe en la mente de sus individuos y no tanto como accidente de la naturaleza, y de que los individuos se asocian en colectividades facilitadas por un cúmulo de circunstancias que Deleuze y Guattari propusieron denominar bajo el indeterminado término de agenciamiento. Un país, como el ejemplo que del libro nos dan ambos autores, es inatribuible, no tiene un único autor por mucho que cuente en su portada con afamada rúbrica.

Somos pequeños y múltiples como propone Leibniz dentro del mejor de los mundos posibles, pero aspiramos a la grandeza del estatismo democrático spinociano. ¡Bonita paradoja! Sin salirnos de la materia, propiamente dicha, Simondon marca la pauta de toda identidad a partir de procesos de individuación en los cuales, desde el más simple, “entra en general una relación del cuerpo considerado con la existencia temporal de los seres exteriores a él, que intervienen como condiciones acontecimentales de su estructuración. El individuo constituido encierra en sí la síntesis entre las condiciones energéticas y materiales y una condición informacional, por lo general no inmanente. Si este encuentro entre las tres condiciones no ha tenido lugar, la sustancia no ha alcanzado su estado estable; permanece en un estado metaestable […] la individuación incompleta es aquella que corresponde a una estructuración que no ha absorbido toda la energía potencial de estado inicial no estructurado; ella desemboca en estado todavía metaestable”.

Como tal bien pudiera considerarse la situación de nuestro país, para unos, entelequia, y, para otros, como esas páginas web inacabadas en construcción. Afectos unos a la memoria corta, mientras otros lo hacen con la larga en la significación dada a ambas por la pareja Deleuze-Guattari en Mil mesetas. Metaestable es así también, el calificativo utilizado por ambos en la conversión del lobo manada en máquina social dominadora de la masa como ejemplo de eliminación del mundo de las multiplicidades en aras de la unidad o como máximo de la relación dual. Este estado de precario equilibrio dentro de la desestructurada realidad es lo que hace de nuestra cultura metaestable y por lo mismo defendible en su multiplicidad. La misma es un rasgo propio de la identidad devenida, sin olvidar, como lo hiciera Simondon en su momento, el que “en términos de tiempo, el individuo no está en el pasado sino en el presente, pues sólo continúa conservando su individualidad en la medida en que esta reunión constitutiva de las condiciones se prolonga, y es prolongada por el individuo mismo. El individuo existe en tanto el mixto materia y energía que lo constituye es en el presente”.

Pero decir individuo nada tiene que ver con el individualismo misántropo, por lo general, y magnicida de la colectividad. La colectividad también es necesaria en el capitalismo como lo demuestra el corporativismo del que hace siempre y en todo lugar gala. Esta también es una comunidad, la de los intereses. Y contrariamente la llamada colectivización del individuo ensayada profusamente a través de la historia y no solamente en su última etapa, viene a demostrar que tampoco es la vía a seguir. De hecho desde aquel ya lejano Adiós al proletariado de André Gorz hasta la Psicopolítica del cercano Byung-Chul Han parece haber un gran consenso sobre la progresiva desaparición de la comunidad de trabajadores. O al menos eso es lo que se pretende. Estos dos modelos no son idealizaciones del pensamiento, puesto que a pesar de la creencia generalizada de la superación de uno por el otro ambos mantienen un cierto grado de hibridación relativizándose identitariamente en su aspiración más puritana. Son las dos caras de una misma moneda basada en la falsa dicotomía del mundo dual. De lo cual el sociólogo Bauman infiere que el auténtico “privilegio de estar en comunidad tiene un precio, y sólo es inofensivo, incluso invisible, en tanto que la comunidad siga siendo un sueño”.

Ensoñación y metaestabilidad son los factores que al menos en mi opinión justifican el mantenimiento de la demanda de un modelo de país en el que quepamos y participemos cooperativamente. Los puntos de encuentro aquí, sin lugar a dudas, habrán de ser mayores que el de los de desencuentro, pero paradójicamente no necesariamente pasarán por el obligado consenso, fruto de un acuerdo basado en las premisas de la intolerancia, sino en la naturalización del entendimiento compartido como objetivo de la acción cultural globalizadora, en sí misma, de la política.

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