CNB

«Es una manera de hacer y de ser que consiste en la existencia de un entendimiento básico en aspectos de país bien por encima de las distintas posiciones ideológicas que cada colectivo defiende»

Si nos metemos en el interior de cualquier buscador, al pulsar las siglas CNB, encontraremos resultados tan diversos como, en muchos casos, cercanos: Círculo Náutico de Banyuls, Club Natación Barcelona, ​​Club Natación de Badalona, ​​Club Natación Banyoles, Club Natación Benicarló, Naútico de Burriain o bien. Y, fuera de ahí, Conseil National des Barreaux (entidad representativa de los abogados de Francia), Czech National Bank (siglas en inglés del banco nacional checo), Centro Nacional de Biotecnología y Comisión Nacional de Bioseguridad (España), City National Bank, National Bank Carlinville, Citizens National Bank y County National Bank, Conway National Bank norteamericanas), Circuito Nacional Belfort (emisora ​​de radio en la ciudad colombiana de Mérida), Cayman National Bank, Central Narcotics Bureau (Singapur), Comisión Nacional de Búsqueda (organismo del gobierno de México para la búsqueda de personas desaparecidas), Currículo Nacional Base (Ministerio de Educación de Guatemala, entre otros.

No es sin embargo de ninguna de estas entidades de las que quiero hablar, sino de otra CNB que no aparece en ninguna parte, porque no es ninguna entidad, sino una actitud: ‘Complicidad Nacional Básica’ significa la cosa. Se trata de una práctica, una conducta, un comportamiento, una manera de hacer y de ser que consiste en la existencia de un entendimiento básico, elemental, espontáneo, en aspectos esenciales de país, complicidad que mantienen la mayoría de naciones por no decir todas, por encima y por delante de las diferentes posiciones ideológicas o de los diversos modelos de sociedad que, legítimamente, cada grupo o colectivo defiende. Esta complicidad se activa más y se manifiesta más en contraposición a una agresión o amenaza exterior, procedente, por tanto, de fuera del propio grupo nacional. Si siempre es necesaria, en momentos cruciales resulta imprescindible.

La complicidad nacional básica remite también, directamente, al concepto de interés nacional, es decir, a la existencia de un bien común nacional que trasciende todas las ideologías democráticas en la medida en que se refiere a un espacio común y compartido por todos los individuos y clases sociales de la nación. Y si el interés nacional afecta, primordialmente, a la soberanía política y la integridad territorial nacional, el bien común nacional se relaciona más bien con el patrimonio nacional, material e inmaterial, en todos los ámbitos. Va más allá, pues, de los intereses de clase de los diferentes sectores sociales porque no se reduce, sino que los supera, por encima del papel que cada uno otorgue al sector público o a la iniciativa privada en un contexto democrático.

En los momentos más difíciles de la historia de cada país, es cuando todos estos conceptos adquieren la plenitud de su significado de la forma más práctica y realista, de acuerdo con las diferentes especificidades nacionales. Así, como es sabido, la catalanofobia es uno de los rasgos constitutivos más destacados del nacionalismo español hasta nuestros días, en todo el abanico político de España. Por más supuestas diferencias que existan a nivel democrático, social o económico, a la hora de hacer frente a la cuestión catalana las divergencias políticas españolas sobre los temas anteriores pasan a un segundo nivel para dejar paso a una coincidencia elemental, una complicidad nacional básica española en defensa del interés nacional español. A finales de 1938, ya casi perdida la guerra por el bando republicano, el presidente de la República española, Manuel Azaña, escribía en su diario personal, en relación a los catalanes: «Si esa gente descuartizara España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quien fuera, pero estos hombres son inaguantables». Por encima de todo, Azaña era español, un español capaz de entenderse con el español Franco para ir contra el interés nacional catalán.

Otro ejemplo cercano de complicidad nacional básica, en la historia y en la geografía, es el representado por la Resistencia francesa, movimiento nacional francés de lucha armada que incluye las distintas clases sociales, las diversas ideologías políticas y la pluralidad de opciones religiosas y filosóficas como respuesta a la invasión nazi. Participan gaullistas, comunistas, socialistas, radicales, católicos, judíos y protestantes, así como notables personalidades del mundo conservador, tanto del ejército como de la aristocracia o la jerarquía católica, más allá de los colaboracionistas.

Todos ellos toman parte en la misma lucha en la defensa nacional, a pesar de las profundas discrepancias que mantienen en su visión del país y las soluciones que consideran más convenientes para los problemas de la sociedad francesa. Incluso grandes empresarios, como los propietarios de Michelin y Peugeot, a la hora de la verdad priorizan el interés nacional a su particular, implicándose en la lucha de resistencia y llegando a boicotear la producción propia antes de que sea utilizada por el ejército ocupante.

La ausencia de Estado desde siglos acá, la falta de memoria de Estado, ayuda a que los catalanes tengamos una débil conciencia de la existencia de un interés nacional catalán. Esto explica el panorama tan decepcionante, incomprensible y desmovilizador que presenta la política catalana actual. Da todo el efecto, tanto aquí como en España, que todas las siglas que se reclaman “nacionales” actúan mucho más en función de otras prioridades que las más estrictamente nacionales. A menudo aparecen como simples piezas que, desde una situación de periferia subalterna ganada a pulso, se mueven y son movidos, quizás sin darse cuenta, en función de las necesidades de la política española y, en definitiva, del interés nacional español, que, obviamente, no es nuestro interés nacional.

No hay desatascador posible para el callejón sin salida actual si los diferentes actores políticos no demuestran su madurez no sectaria, no dogmática, no raquítica, siendo conscientes de la existencia de un interés nacional que no es de ningún partido, sino transversal de todos, con dirigentes con más conciencia de país que de partido. Esto, en el futuro, deberá tener consecuencias lógicas en todos los ámbitos, por ejemplo en el electoral. Si a nivel interno, ahora, es legítimo y positivo que cada sigla defienda su modelo de sociedad con listas diferenciadas, ¿no sería quizá conveniente que, en los parlamentos español y europeo, acudiéramos en una sola lista nacional para aparecer ante España, Europa y el mundo como una nación con intereses comunes?

Claro que, todo esto, requiere una estrategia nacional compartida hasta la culminación, también en el Parlament de Catalunya, de una candidatura independentista única que se impusiera democráticamente a las urnas con toda claridad y facilitara, pues, el acceso a la independencia con un mando único. Sin embargo, nada de todo esto será posible, si antes no hacemos los deberes elementales que han hecho todas las naciones que se han convertido, finalmente, en pueblos libres y abandonamos la improvisación permanente y las agotadoras batallas de siglas.

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