Los humanos vivimos la vida embriagados de lenguaje. Desde pequeños coleccionamos palabras, que no son sino abstracciones sólo lejanamente relacionadas con la realidad del mundo. En general nos falla la autopercepción. Cuando no estamos atentos, que es casi siempre, la imagen que nos devuelven nuestros espejos lingüísticos suele ser tan complaciente como irreal. El lenguaje es nuestro alcohol, nuestra droga permanente.
La ciencia, un pensamiento crítico siempre provisional, es de las cosas más serias que los humanos hemos sabido establecer. La física nos da algunas claves para entender el mundo un poco mejor, mientras que la neurociencia nos ayuda a comprender nuestra posición en su interior.
Por un lado, los humanos creemos que captamos el mundo más o menos tal como es a partir de nuestros sentidos. Formas, colores, dimensiones serían atributos de un mundo que a menudo creemos ingenuamente que tenemos epistemológicamente controlado. Sin embargo, sabemos que la evolución nos ha procurado unos sentidos para ir tirando, pero que resultan muy limitados. Vemos gracias a la forma de energía electromagnética que llamamos luz, de la que nuestros ojos sólo captan unas frecuencias muy limitadas. Lo mismo ocurre con el resto de sentidos. Así, sólo somos capaces de captar un espectro también pequeño de frecuencias de sonido, mientras que nuestras capacidades olfativas son simplemente ridículas comparadas con las de otros mamíferos (que también son limitadas). De hecho, avanzamos por las plazas, caminos y calles de nuestra realidad cotidiana como lo hace una persona prácticamente ciega, sorda y sin olfato por las calles de una gran ciudad. Los humanos somos unos exiliados de la realidad.
Eso sí, no somos mudos. Somos intrínsecamente charlatanes. Constantemente estamos proponiendo ficciones a través de unos lenguajes que hemos inventado y en los que depositamos una confianza descriptiva digna de mejor causa. Además de ciegos y sordos avanzamos embriagados de palabras. No captamos más que una parte muy pequeña de la realidad, y lo hacemos ‘my way’, a nuestra manera, pero, al igual que los borrachos, creemos que tenemos una gran clarividencia sobre el mundo que nos rodea, que lo captamos incluso en sus sofisticados matices interiores. Nuestras neuronas y nuestras palabras nos facilitan vivir en un mundo de alucinación. Y ya se sabe que mientras dura la borrachera normalmente tendemos a pasárnoslo bien.
Por otra parte, la física nos informa de la precariedad de las ideas intuitivas que tenemos sobre la materia, el espacio y el tiempo. Nuestros cerebros macroscópicos nos hacen percibir que espacio y tiempo son dos realidades separadas, que la realidad es un continuo y que los objetos son sólidos. Pues parece que de todo esto, nada de nada. También meras alucinaciones basadas en el hecho de que nos movemos como tortugas respecto a la velocidad de la luz, que nos parece rapidísima, pero que también es muy lenta a escala del Universo. Se trata de alucinaciones que nos hacen creer que los objetos son sólidos y continuos a pesar de que sabemos que casi toda la realidad es un vacío en el que ondas y partículas bailan, interactúan y «colapsan» cuando las observamos. En términos físicos, ser «realista» es hoy estar cerca de la locura. El arte abstracto es más naturalista que el arte figurativo.
Y ustedes me pueden decir que sí, que esto nos dice la ciencia, pero que para la vida normal no nos hace falta saber nada de esto. Y si lo sabemos no nos hace falta darle muchas vueltas. Ni siquiera importa saber que nos engañamos pensando que la realidad es eso que captamos por los sentidos. Como es un autoengaño convincente y que nos afecta a todos, no hay motivo para preocuparse. Podemos seguir jugando a hacer ver que el mundo es como se nos aparece. Bueno, es una posibilidad. Pero se trata de una posibilidad que arrastra un sentimiento de decepción intelectual permanente. Porque no se trata sólo de que los sentidos que hemos heredado evolutivamente sean precarios pero que luego lo podamos arreglar a través de un cerebro potente que nos permite llegar al tuétano de la realidad. No, también sabemos que el cerebro humano tiene bastante de chapucero.
Se trata de un objeto sorprendentemente complejo. Sin embargo, no deja de ser un producto hecho a trompicones a través del tiempo, una estructura, de hecho, bastante tosca desde el punto de vista funcional. Las neuronas son una pequeña maravilla energéticamente eficiente. Pero, al estar conectadas a través de espacios sinápticos y sustancias transmisoras bastante precarias, al final se convierten en unas soluciones que pierden información y energía durante la transmisión. Los humanos, por ejemplo, recordamos poco y mal (lo que a veces resulta muy útil: la felicidad consiste a menudo en tener buena salud y mala memoria). Pero nuestros cerebros son en conjunto muy ineficientes.
La evolución ha avanzado por pasos. Tenemos un cerebro establecido en varias etapas evolutivas que reaccionan de manera diferente a los estímulos y que a menudo entran en conflicto. Y hoy sabemos que la parte racional a menudo no es la más eficiente en el momento de tomar decisiones. La lógica y las matemáticas suelen suponer dificultades graves para una mayoría de los autodenominados, irónicamente, sapiens. Quizás esto explica que los humanos podamos ser tan sofisticados en el momento de crear sinfonías o elaboradas teorías científicas o filosóficas, y a la vez tan crédulos en relación a las surrealistas ficciones que proponen las religiones u otros tipos de ideologías. Resulta fácil engañar a los humanos. La creatividad humana corre paralela a su inherente y repetida estupidez. Solemos ser unos escépticos y unos críticos muy deficientes.
Virginia Woolf comenta la Alicia de Lewis Carroll diciendo: «Ser niño es ser muy literal; es encontrarlo todo tan extraño que nada te sorprende». En relación a la realidad, incluyendo la nuestra, no dejaremos nunca de ser niños. Unos niños que disponen de un cerebro que es una chapuza evolutiva maravillosa.
ARA









