La formación de gobierno en España -como lo había sido antes en Cataluña- está resultando muy dificultosa. Pero no lo es tanto por los desacuerdos programáticos, que también, como sobre todo por otras tres razones propias del mercado electoral. La primera razón es la arrogancia de las campañas electorales, que obliga a los candidatos a jurar que de ningún modo pactarán con los rivales. La segunda es el cálculo sobre cómo se comportará el elector en el futuro en relación con la decisión actual. Y en tercer lugar, pero de no menor relieve, está el futuro personal de los líderes de los partidos, es decir, su supervivencia.
La arrogancia política de los partidos en campaña consiste en hacer creer al elector que sólo obteniendo una mayoría aplastante se podrá llevar a cabo el programa electoral prometido. Es una estrategia de diferenciación para presentarse no como los mejores, sino como únicos e imprescindibles, y que provoca el «voto útil». Es un relato que ignora la posibilidad de pactos y oculta las hipotéticas preferencias. Lo más grave de esta lógica de propaganda es que cada propuesta política parece irreconciliable con cualquier otra, para taponar posibles fugas de voto. Si finalmente se acaba pactando, el elector ve traicionadas las promesas de aquel «nunca haremos gobierno con…», y las razones para la desconfianza se multiplican. Sólo un sistema electoral como el llamado «voto de aprobación», y que han estudiado Xavier Mora y Rosa Camps, matemáticos de la UAB (véase este artículo en ARA: http://www.ara.cat/opinio/que-circumscripcions-no-mes-proporcional_0_1532246784.html y el blog de ambos autores Ars Electionis: http://blogs.uab.cat/arselectionis/), resolvería definitivamente esta disonancia entre promesa electoral y realidad de gobierno.
La segunda dificultad es la del cálculo sobre las futuras consecuencias electorales de los pactos de gobierno. ¿Qué precio se pagará en las próximas elecciones por el acuerdo con el rival? ¿Quién se comerá a quién? Paradójicamente, el peor adversario siempre es el que se tiene más cerca programáticamente y con quién se compite más directamente por el voto. De manera que los pactos actuales se ven más condicionados por los cálculos sobre los resultados de futuro que por las posibles dificultades de compartir el gobierno. Tanto, que finalmente se preferirá un pacto contra natura que excluya al competidor directo -y, por tanto, el partido con el que sería más fácil compatibilizar programas de gobierno- y sume un mal socio de gobierno que no haga sombra en el futuro. Huelga decir que los errores de cálculo en estas apuestas suelen provocar futuras derrotas monumentales.
Y, claro, nada se entiende sin el factor humano. La desconfianza personal entre líderes escondida en los repliegues más profundos del inconsciente; la ambición alimentada en la lucha por controlar el propio partido y que siempre es la más feroz; los obstáculos que provoca el resentimiento de los compañeros que han quedado derrotados por el camino; las únicas y quizá últimas oportunidades para llegar al poder; la imposibilidad de un retorno cómodo al mercado laboral… Se muestra, pues, todo lo que determina la condición humana más frágil, a menudo miserable, siempre opaca, y que si se manifiesta lo hace de manera perversa a través del rumor, la maledicencia o el impúdico espectáculo mediático.
Todo eso se acompaña con grandes declaraciones de voluntad de servicio, de vocación patriótica y de fidelidad al voto del electorado, lo que acaba de liarla. Pero que no nos engañen. Tanto lo que pasó en Cataluña como el resultado que tenga ahora en España la apuesta de Pedro Sánchez habrá que interpretarlos, también, a la luz de estos tres determinantes. Sólo así se explica que los acuerdos de gobierno entre PSOE y C’s no incluyan los principales desafíos políticos y que fuercen declaraciones tan enfáticas como de imposible materialización. Y mañana será otro día. ¡Qué rápido se han encontrado la vieja y la nueva política!
ARA







