Las plazas Gernika

CADA año, en abril, la pupila del recuerdo se vuelve hacia Gernika y su destrucción por las fuerzas abominables que en aquel momento imperaban en Europa. Elegida por su simbolismo libertario y para poner fin a la bravía resistencia vasca, Gernika fue objeto calculado de un bombardeo atroz. Al genocidio perpetrado se le añadió la mentira infamante franquista, que prevaleció por años, de que a la villa juradera la habían bombardeado los vascos.

Gernika se convirtió en símbolo de los exiliados del 37. Quienes representaban al pueblo vasco expusieron su causa en los foros europeos y americanos. Encabezados por el lehendakari José Antonio Agirre, quien juró su mandato en Gernika, apalabraban el terrible aserto del alcalde Labauria de que Gernika no existe, pero se afanaron en la controversia de que Gernika debía existir para seguir simbolizando la libertad no solo del pueblo vasco, sino de los pueblos del mundo, en esos momentos enfrentados en la espantosa contingencia de la 2ª Guerra Mundial.

En la documentada obra La Hora Vasca del Uruguay, escrito por Xabier Irujo y Alberto Irigoyen, publicada recientemente en 2ª edición por la Fundación Centenario de la Asociación Vasca de Euskal Herria de Montevideo (1912-2012), encuentro un paraje dedicado a las plazas Gernika y las conmemoraciones anuales que se llevaron a cabo, durante años, del 26 de abril de 1937… uno de los símbolos constantes de la resistencia vasca en el exilio, afirman los autores. Lo atestigua la implantación de varias plazas con el nombre Gernika, cuyas inauguraciones se ilustraron en la prensa con gran impacto publicitario. Al menos dos de ellas, una en Montevideo y la otra en Bogotá, llevaban en sus placas la firma de famosos artistas vascos, Jorge Oteiza y Néstor Basterretxea, y los discursos inaugurales fueron presididos por personajes famosos de la cultura vasca y de la política americana de ese tiempo. La plaza Gernika de Montevideo, 1944, contó con la presencia del presidente de la Republica Oriental del Uruguay, Juan José Amezaga.

Especialmente emotivo es recordar que el Congreso Nacional de Intendentes (alcaldes) uruguayos, de 1943, aprobó una moción presentada por el Dr. Giordano Bruno Etcher, en la que pide designar una Plaza Gernika en cada capital de la república o… «como homenaje del Uruguay a ese ejemplar pueblo de Euzkadi que sobrevive con sus tradiciones de libertad a la horrorosa prueba de destrucción a que fue sometido por los nazis y falangistas en su suelo natal, la madre patria…».

Es casi inmediata la apertura de varias plazas con el nombre de Gernika, con sus estelas de granito rojo o piedra, con las letras doradas de cobre relumbrando con el nombre de Gernka. Las placas y los costes que conllevaban las plazas eran costeados, en general, por gente anónima que, en algunos casos, recibía una miniatura de la placa alusiva, a más de la satisfacción personal de aportar algo por la vieja patria de sus mayores. La que habían tenido que abandonar por el terrible drama de las guerras carlitas del XIX, y asentarse y hacer futuro, en este caso en Uruguay, tanto como en Argentina y Chile. De humildes pastores se convirtieron, en el salto de una generación, en dueños de haciendas, y sus hijos en universitarios, muchos de ellos llegando a acceder, como Juan José Amezaga y el argentino Roberto Ortiz Lizardi, en presidentes de las repúblicas en que nacieron. Eran uruguayos o argentinos, chilenos o paraguayos, pero no dejaban de ser vascos y solidarios con la causa vasca en aquel momento histórico. Como demócratas, aborrecían del suceso de Gernika.

Junto a la inauguración de plazas, se sucedieron hechos como la plantación de robles en Montevideo y en la vieja Colonia de Sacramento, donde, a más de una exhibición de bailes vascos, se impartieron discursos, siempre haciendo referencia a la libertad de la que era símbolo el roble vasco, al siempre reclamante instinto de independencia de sus habitantes, y a su respeto a una ley antítesis de las teorías rampantes de Hitler, Mussolini y Franco.

La extraordinaria vitalidad de los vascos en su expatriación, que conectaba en el caso específico de Argentina y Uruguay a tres generaciones, hizo contrastar la mentira burda de Franco con la realidad de los hechos protestados, el primero el del periodista británico George Steer, en sus reportajes puntuales en The Times y en su obra El Roble de Gernika, para esclarecimiento de la verdad y exposición de la ignominia que pretendió engañar al mundo.

La extraordinaria acción de aquellos vascos en su exilio, cuyo problema fundamental era ganarse el pan de cada día y escolarizar a sus hijos, adquiere dimensión especial analizando su tremenda fe en que la verdad prevalecería sobre la infamia, en que Gernika renacería sobre sus cenizas y en que el proyecto Euskadi del cual eran valederos llegaría a buen puerto. En la noche sombría de la derrota, ellos vieron la luz al final del túnel. La verdad que proclamaron era hija del tiempo, no de la autoridad.

DEIA