Amigos y enemigos

En su libro El concepto de lo político, el jurista y filósofo Carl Schmitt propuso la definición de una entidad política con una fórmula genial, sorprendente y aún controvertida. La distinción política específica, decía Schmitt, aquella a la que se pueden reconducir todas las acciones y motivos políticos, es la distinción del amigo y del enemigo. Este es el patrón existencial básico que sitúa el sujeto respecto de los otros sujetos en el marco de las relaciones de poder. La soberanía, según una derivación de esta premisa, empezaría por identificar y combatir al que busca nuestra destrucción. Este gesto hace emerger el nosotros en la dimensión de la existencia política y permite establecer las relaciones de afinidad y de antagonismo con el resto. La perplejidad que se ha adueñado de la sociedad catalana y la inoperancia de su clase política, en parte, a mi juicio, se explica por la incapacidad de atreverse plantear la distinción entre amigo y enemigo y de actuar en consecuencia. Quizás es que son casi trescientos años de reblandecimiento mental colectivo, un miedo atávico y una completa falta de predisposición al sacrificio, pero el caso es que la ausencia de esta dialéctica nos aleja de la soberanía.

La misma formulación de la idea de pacto fiscal que enarbola CiU (y a la que ahora parece que se suma ERC) con el fin de superar el estrangulamiento económico supone una manera de negar la situación de dominación política y, por tanto, renunciar a plantear la distinción en términos amigo / enemigo. Pacto presupone la concurrencia de dos entidades iguales en términos políticos que llegan a un acuerdo de beneficio mutuo. Pero el gesto de recuperar el 10% del PIB y los más de 20.000 millones de euros que se drenan cada año hacia España no podrá ser nunca una negociación bilateral entre dos partes situadas al mismo nivel (en parte porque la propia Constitución española niega esta bilateralidad), sino una rebelión ante una injusticia programada desde hace décadas para anular la nación catalana. Porque mientras la clase política catalana se imbuyó de la fantasía que podía pactar, y por tanto podía ser sujeto político sin identificar al antagonista, los poderes españoles, empezando por los que procedían del franquismo y se perpetuaron en democracia, sí tenían muy claro a quién debían oprimir para impulsar su plenitud nacional. Y en estos momentos, cuando la ejecución de aquella ofensiva postergada durante los primeros años de vigencia de la Constitución española ya se hace evidente, cuando la voluntad de la mayoría de la sociedad catalana se encuentra sistemáticamente negada con la destrucción de la reforma estatutaria, con la laminación del sistema de inmersión lingüística, con el asedio a la cultura y los símbolos catalanes, y cuando la economía se encuentra asfixiada por el déficit fiscal, por la falta de inversiones y por operaciones verdaderamente mafiosas como intentar que la Unión Europea financie el corredor central para marginar a los Países Catalanes, la clase política catalana todavía renuncia a hacer frente y a abrir un conflicto político que reconozca claramente que es el Estado español la principal amenaza a la existencia futura del país.

Lo verdaderamente preocupante es que, en este contexto, en pleno bombardeo, aunque haya sectores políticos y sociales en el catalanismo (supuestamente mayoritarios) que se escandalizan cuando el independentismo plantea un discurso en términos de conflicto y empieza a vertebrar el eje amigo-enemigo. Pero lo que aún produce más inquietud y fomenta la completa desorientación es que sectores supuestamente soberanistas como es el caso de ERC se presentan a unas elecciones en España con un programa político en el que la palabra independencia no sale ni una vez y donde el máximo a que llegan es a defender, como CiU, el «pacto fiscal en la línea del concierto». Es este repliegue, este resistirse a combatir desde las instituciones y desde la democracia a quienes agreden nuestra voluntad de ser, lo que lleva a la pérdida de credibilidad, a la ausencia de proyecto y, en el peor de los casos, a integrarte en el sistema que te quiere negar y a dejarte mimar por el poder español. Es este dejar que los Bono de turno ensalcen tu elocuencia y tus virtudes parlamentarias (como les ha pasado a Miquel Roca, a Duran i Lleida, a Puigcercós o a Ridao) y termines votando a favor de constituciones, de investiduras de presidentes españoles, de presupuestos que certifican el expolio fiscal (como han hecho CiU y ERC) o te decantes por la frivolidad de un Joan Tardà que, mientras declara sentirse orgulloso de los tripartitos, los pactos con un PSC que intentó la completa asimilación de Cataluña en España, da un apoyo entusiasta a Arnaldo Otegi, que está cumpliendo más de diez años de cárcel precisamente porque planteó el desafío político que Tardà, como la mayoría de clase política catalana, ha sido incapaz de sostener.

Es conveniente recordar que el mayor éxito del soberanismo político en Cataluña fue, justamente al calor de unas elecciones españolas, los más de 600.000 votos que ERC obtuvo cuando Carod-Rovira, presidente de la Generalitat en funciones, se reunió con la cúpula de ETA cerca de Perpiñán. En efecto, se trató del único gesto verdaderamente político que ha planteado el catalanismo en las últimas décadas en la medida en que se captó de forma nítida la capacidad de distinguir los amigos de los enemigos. Lástima que todo desarrollo posterior haya tendido, empezando por la evolución de su protagonista, a aguar la diferencia y a arrastrar a la sociedad catalana a la confusión y al estrangulamiento.

 

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