Alepo, la ciudad confiada y tranquila del norte de Siria

Como Hama, como Homs, Alepo, ¨la princesa del norte de Siria¨, tiene su plaza del Reloj. La noche del último viernes del Ramadán el bullicio, el griterío de la plaza convertida en zoco callejero extendido por sus aledaños hasta las calles Iktisal y Kuatli era descomunal. Un zoco improvisado que nada tiene que ver con el medieval bazar abovedado, a los pies de su histórica ciudadela, mortecino a estas horas nocturnas.

Todo se vende y se compra. Miles y miles de sirios se atropellaban, iban de un lugar a otro, entre codazos y empujones. Doy fe que nunca había presenciado una fiebre de consumo de masas en Oriente Medio tan arrolladora y excitada. Mujeres sunís con el rostro, a veces, cubierto con el hijab, con las manos enguantadas, muchachos de ceñidos pantalones vaqueros y baratas T shirt, familias con hijos pequeños, se arremolinaban en torno a los puestos ambulantes de la calzada y entraban y salían sin cesar de las tiendas, abiertas hasta la madrugada, hasta que los almuédanos no anunciasen el tiempo del renovado ayuno. Un trompazo de un hombre, cargado de paquetes, estuvo a punto de romperme las gafas. Desde vajillas baratas, zapatos, ropas de toda clase, juguetes, teléfonos móviles, hasta lencería femenina siria -que nada tiene que envidiar al provocador estilo de la iraní- estaban expuestas por todas partes. Incluso había niños que imitando a sus mayores se desgañitaban pregonando mercancías de pacotilla, a precios reventados porque la competencia gritaba también a su lado, sus ofertas.

¿Quién no es en Siria, y sobre todo en esta ciudad mercantil, entre el Océano Índico y el Mediterráneo, pasando por el Golfo Pérsico, en la legendaria ruta de la seda, comerciante? Desde la época helénica, especies, perfumes, sedas, procedentes de Asia llegaban a la población a lomo de camellos. De Alepo a Samarcanda, de Samarcanda a Xian, sus comerciantes no dudaban en aventurarse hasta la China.

En torno a esta plaza del Reloj, un estilo urbanístico otomano que también existe en la ciudad libanesa norteña de Trípoli, no se congregan manifestantes antigubernamentales, ni hay violencias. Ni en sus calles, ni en su aeropuerto -al que viajé en un avión de hélices porque me recomendaron evitar la carretera que atraviesa Homs y Hama- se ven patrullas militares ni vehículos blindados. Alepo, con cerca de cuatro millones de habitantes, parece la ciudad confiada y tranquila del norte de Siria. A setenta kilómetros de la frontera turca, es un gran centro comercial e industrial. En su ejido crecen olivos, higueras y los árboles que dan este fruto tan apreciado en Oriente, el pistacho. Su historia se remonta a dos mil años antes de Cristo, y como Damasco, pretende también ser ¨la ciudad más antigua del mundo¨.

Alepo tiene un aspecto severo. Este carácter no solo se lo da la falta de jardines y huertas circundantes, como tiene Danasco, sino además por el color de su piedra, el color ocre de sus casas. Su famosa ciudadela, rodeada de muros a lo largo de cuya base circular han extendido ahora una gran bandera siria, remata esta población con más de trescientas mezquitas, innumerables madrasas o escuelas coránicas que expresan su acentuado carácter musulmán. La parte antigua de la ciudad es, quizá, uno de los rincones del Oriente Medio más interesantes, con sus extensos zocos mejor conservados, y de mayor encanto de los paises árabes. Hay otra zona urbana en la que se tiene la impresión de estar en una ciudad italiana. Al doblar una esquina creemos hallarnos en alguna población europea. Las calles, aunque deslucidas, son anchas y largas, a veces con elegantes edificios, en decadencia. El éxodo de los armenios, llegados tras el genocidio turco de 1915, y la emigración de la población cristiana han hecho cambiar su fisonomía cosmopolita y su paisaje urbano.

A dos pasos del callejero bullicio nocturno de la fiebre consumista del Ramadán hay el pequeño barrio de Jdeide, con catedrales e iglesias armenias, griegoortodoxas, griegocatólicas, siriacas y maronitas. En una de sus cuidadas y limpias callecitas de casas de piedra, llamada Sissi, hay viviendas con recoletos patios interiores, convertidas en hoteles y restaurantes de gusto. Como en Damasco, la industria hotelera alepina, famosa por la exquisita elaboración de su cocina, enclavada junto a las ¨ciudades muertas¨ de la era cristiana, padece la ausencia de turistas y de viajeros.

En la catedral griegocatólica, tras el oficio vespertino, el párroco invitó a los feligreses, habitual costumbre en estas reducidas comunidades, a la vicaría para sorber unas tacitas de café. Monseñor Lucas El Khoury, vicario patriarcal, me confesaba el temor de los cristianos de Siria ante un cambio de régimen. ¨Un gobierno de los Hermanos Musulmanes -afirmaba- sería menos tolerante e indulgente que el actual. Esperemos que todo se resuelva en paz, con ayuda de Dios¨.

Publicado por La Vanguardia-k argitaratua