Se supone que un día, hará ya mucho tiempo, alguien debió de inventarse la bicicleta: una máquina relativamente sencilla que permitía ir de un sitio a otro en relativamente poco tiempo y con poco esfuerzo. Eso sí, había que pedalear para que funcionara. Era una especie de peaje, como si dijéramos. Pasó el tiempo y alguien más recientemente se inventó la bicicleta estática: una bicicleta que no se mueve, que no te lleva de ningún sitio a ninguna parte, pero en la que también hay que pedalear. Mejor dicho, sólo sirve para pedalear. Sólo para pedalear. Lo que antes era el peaje, el procedimiento, la manera, ahora se ha convertido en el objetivo. Lo que antes era el objetivo -un objetivo muy plausible, ir de un sitio a otro- ahora simplemente ha desaparecido.
Además de ser el título de un excelente libro de narraciones de Sergi Pàmies, la bicicleta estática me parece un símbolo preciso y claro de algunas de las tendencias de nuestro tiempo. Que sirve para la política, para la cultura, e incluso para la vida personal: hemos pasado de una máquina que servía para ir de un sitio a otro a base de pedalear a una máquina que sirve sólo para pedalear y que no se mueve de sitio. Pedalear para no ir a ninguna parte. Lo que antes era el procedimiento, la forma, incluso el coste o el peaje, el inconveniente, ahora se ha convertido en la razón de ser, lo que antes era el objetivo simplemente ha dejado de estar ahí. No es pedalear para moverse. Es pedalear por pedalear, sin ir a ninguna parte. ¿No es la descripción precisa de algunas de las actitudes de nuestro tiempo? ¿No es una descripción bastante ajustada de nuestra vida política? ¿No es una posible metáfora de muchas de las tendencias culturales más contemporáneas?
Una de las derivadas de esta sustitución de los objetivos por los procedimientos, del fondo por la forma, de la vida por el simulacro, es lo que podríamos llamar el culto a las experiencias, siempre presentadas como positivas, porque figura que de todo se aprende y todo nos enriquece y nos hace mejores. ¿Todo? ¿Seguro? Pedalar es una experiencia, por ejemplo. Antes no se pedaleaba para tener una experiencia, se pedaleaba para desplazarse por el mundo. Y, ciertamente, de la necesidad salía una experiencia, en algunos casos placentera, en otros, dolorosa, en algunos casos pedagógica y positiva, a veces higiénica, a veces desgastadora, en otros casos deformante y ocultante. Pero la experiencia no se buscaba, se tenía. Lo que se buscaba era la vida: sobrevivir, vivir mejor, cambiar el mundo, criar a los hijos, tener una casa, ir a un sitio… Contra el magnífico poema de Kavafis, Odiseo no va dando vueltas por el mundo para ver qué se encuentra, sino que quiere volver a Ítaca y se encuentra lo que la vida y los dioses le traen (¡ciertamente, no parece tener mucha prisa, pero ésta ya es otra historia, que Robert Graves versionó bastante bien!). Hay unos objetivos vitales y para alcanzarlos se atraviesan experiencias de todo tipo, algunas que más valdría haberse podido ahorrar, otras que merecen la pena y que incrementan nuestro conocimiento. Pues en la contemporaneidad los objetivos vitales han desaparecido y lo valioso es el trayecto. Es irrelevante si se cumplen o no los objetivos, porque no están o son secundarios. Lo que importa son los procedimientos. Dicho sea de paso, éste parece haberse convertido en el lema de las administraciones públicas. Usted no sufra por los objetivos, que son algo secundario, pero sea impecable e implacable en lo que respecta a los procedimientos, que son lo que verdaderamente importa…
El culto a las experiencias, pues. Las generaciones anteriores, para sobrevivir, vivir mejor, alcanzar sus objetivos vitales, pasaban miedo, pasaban hambre, tenían que hacer esfuerzos, tenían decepciones y tenían alegrías. Todo esto formaba parte del camino. Las experiencias te las encontrabas, te las ofrecía la vida gratis. Ahora, los ciudadanos pedimos a la sociedad –sobre todo a los poderes públicos– una vida protegida, sin sobresaltos, sin experiencias que puedan ser traumáticas, dentro del invernadero del estado del bienestar, desde la infancia hasta el final. Con los mínimos riesgos, reales o imaginarios. Y sustituimos las emociones y experiencias de la carrera vital por sus simulacros. Obtener la experiencia sin la preocupación de si llegaremos a alguna parte, si llegaremos a donde queríamos llegar. Como un piloto que vive en un simulador de vuelo. La experiencia de pedalear sin ir a ninguna parte. La experiencia de pasar miedo, sin dañar. La experiencia del descubrimiento, sin el peaje del compromiso. La experiencia del esfuerzo o del cansancio como un objetivo en sí mismo, no como el instrumento para un objetivo más alto. No para conseguir algo valioso, sino para hacer el camino. Para fortalecernos, representa. En vez de vivir y atravesar –¡qué remedio!– las experiencias que la vida nos ofrece o a las que nos obliga, construirnos las emociones, construirnos las experiencias a medida, convertir la vida no en un camino sino en una colección de experiencias. Pasar todo el día en la bicicleta estática. Que es lo que ocurre en buena parte en esta coyuntura política, y no sólo en nuestro país, y en el seno de muchas instituciones y entidades: pedaleando frenéticamente a ninguna parte.
EL MÓN










