De Vascones a ciudadanos Romanos

La onomástica personal de vascones e ilérgetes, revelada en el bronce de Ascoli en Italia es uno de los documentos más antiguos encontrados fuera de nuestras fronteras.

Se trata de un decreto de Cneo Pompeyo Estrabón por el que concede la ciudadanía romana a los jinetes de la Turma Salluitana, escuadrón a caballo procedente del oppidum de Salduie, la futura Caesaraugusta, el 18 de noviembre del año 90 a. de C.

En él aparecen los nombres de nueve jinetes vascones de Segia (Ejea de los Caballeros):

Sosimaden Sosinasae

Sosimilus Sosinasae

Urgidar Luspanar

Gurtarno Biurno

Elandus Enneges

Agirnes Bennabels

Nalbeaden Agerdo

Arranes Arbiscar

Umargibas Luspangib

Además, aparecen los nombres de otros tres, de una ciudad desconocida llamada Ennege: Beles Umarbeles, Turinnus Adimels y Ordumeles Brdo.

Los vascones son un pueblo antiguo, cuyos integrantes que probablemente se llamaban a sí mismos eusko, fueron denominados uasci y ausci por los romanos, lo que originó las denominaciones gentilicias vascón y auskitano o aquitano, así como los nombres de las poblaciones de Auski, actual Auch, Euska/Oska (Hueska) o Viroueska (Briviesca), capital de los autrigones, entre otras.

Si hacemos caso a la verdadera piedra de toque de nuestro conocimiento de los tiempos antiguos, la información de los autores griegos y romanos, los vascones –de los que nada se dice en esos textos respecto de enfrentamiento alguno con Roma– eran un pueblo que contaban con un ager –un “territorio”– en las cercanías del Ebro, no lejos de la ciudad de Calagurris, la actual Calahorra, en La Rioja; con un saltus, acaso un distrito minero, no lejos de Oiasso, hoy Irún; con –según Estrabón– una ciudad llamada Pompelo –“como si dijésemos, la ciudad de Pompeyo”, fundada por este general romano, añade el autor griego– que sería la actual Pamplona (Navarra) y una presencia también –que recoge Plinio– en el entorno pirenaico.

Más adelante, historiadores como Suetonio o como la colección de biografías de emperadores conocida como Historia Augusta añadirían a la caracterización de estos vascones, datos alusivos a su capacidad militar –probada por la existencia entre los siglos I y II d. C. de una unidad de infantería compuesta por vascones, la cohors Vasconum– o a su devoción por las artes adivinatorias y mágicas.

Ptolomeo, en el segundo siglo de nuestra era, desde Alejandría, atribuiría a estos –seguramente sin demasiado rigor– una amplia nómina de ciudades comprendidas entre el Cantábrico –con Oiasso– y la comarca de Zaragoza –con Alaun (Alagón)–, y entre Iacca –la actual Jaca (Huesca)– y Calagurris, la actual Calahorra (La Rioja). Entre esas ciudades, varias –como Tarraca, acaso Los Bañales de Uncastillo (Zaragoza) y Segia, Ejea de los Caballeros– en el territorio de las Cinco Villas de Aragón, en la provincia de Zaragoza. Es en él precisamente en el que, junto con los espacios inmediatamente orientales a la Cuenca de Pamplona –de donde proceden evidencias epigráficas en la llamada lengua vascónica, como la mano de Irulegi o algunos antropónimos y teónimos atestiguados en las localidades navarras de Lerga o de Ujué, en el área de influencia de la monumental ciudad de Santa Criz de Eslava (Navarra)– se concentran, además, evidencias de nombres de lugar y de persona que remiten a un sustrato lingüístico vasco, vasco-aquitano deberíamos decir una vez que esas evidencias son escasas en esas regiones pero mucho más abundantes al norte del Pirineo, en el solar de los (también llamados por Roma, en concreto por César) galos aquitanos.

El bronce está en el Museo Capitolino de Roma.