«El mercado que abre hoy es otro, distinto del antiguo, en todos los sentidos, sólo mantiene la carcasa»
23 de mayo de 2018. No eran ni las ocho y he recibido en el móvil una fotografía del nuevo puesto de pescado y marisco de Joan y María José; me la ha enviado un amigo que también les compra. «¡Hoy hay ‘sonso’ (*)!» Siempre nos avisamos si lo hay. O nos avisan los pescateros. El puesto hace esquina, brilla, da gusto, demasiado para ser una pescadería; comprar pescado debe querer decir pisar charcos y oler aquel hedor de mar que embriaga y angustia. Hoy los del puesto 158 (Closca’s) están contentos del modo como está el primer día que te levantas en un piso nuevo, acabado de trasladar, con los libros en cajas y los cuadros para colgar, sin teléfono y con las instrucciones de la nueva lavadora esperándote para que las descifres. Es aquella sonrisa agotada, que brilla pero que si el decodificara te llegaría un pinchazo finísimo.
Han sido ocho años y medio de espera, de provisionalidad, de carpa, de pasillo estrecho, de ir siguiendo las obras, los descubrimientos arqueológicos, los cambios del barrio, los comercios que cerraban, los que abrían, cómo ha ido mutando de barrio familiar a barrio de tendencias. Quedan todavía algunos dejes del barrio que era porque no será tan fácil despersonalizarlo, pero hoy no es un día de fiesta completo en el barrio, ni lo será el fin de semana que viene, cuando se nos llenará el mercado de discursos, música, juegos y visitantes de todas partes para celebrar que volvemos a tener el mercado.
Pero es que no volvemos a tener el mercado. Y esto no es un brote de nostalgia. El mercado que abre hoy es otro, distinto del antiguo, en todos los sentidos, sólo tiene su carcasa. En ocho años y medio los vecinos hemos tenido tiempo de asumir que de ese mercado sólo nos quedará esto, la envoltura, precioso, reformado, reluciente y fotografiable desde cualquier ángulo. Que el resto es todo nuevo y quién sabe si nos lo sabremos, si lo podremos hacer nuestro.
Hemos dejado las hijas en la escuela del barrio y hemos entrado en el mercado por Urgell. En el primer puesto, de fruta y verdura, ya he visto esas pilas de vasos de plástico con cañas y zumos de colores. Una premonición más. No eran las nueve y el mercado estaba lleno de gente. «¡Está la Colau!» Ver los tenderos de la carpa ahora vestidos de gala, con batas y delantales nuevos haciendo juego, mármoles y cristales relucientes, básculas de trinca nuevas, y esa mirada cansada ha sido un choque. Me parecía una traición alegrarme del todo, sentía que les debía animar, dejarles hablar, de no espetarles un «¡anda, qué bien!» Así sin opción de decir aquel ‘sí-pero’ que planea por el mercado y por el barrio desde hace semanas, meses, años.
Al mismo tiempo, me ha dolido no ser capaz de celebrarlo sin más, de permitirme al menos un día de alegría sin fisuras; quizás por la tarde, cuando entre por primera vez con las hijas, que tienen la edad del mercado provisional que cerró el sábado; para ellas la carpa será siempre su primer mercado y no podrán volver (¡no poder volver a los lugares de la infancia!, ¡ah, literatura!). Porque es verdad que el mercado ha quedado precioso, la primera impresión es buenísima, y además estaba lleno de gente y muchos compraban. No éramos sólo los de siempre. «¡Estaba la Colau!»
El cortejo de la alcaldesa ha bloqueado una de las salidas, la de Tamarit-Borrell, y he visto una mujer perdiendo los papeles para hacerle una foto y otra perdiéndolos para atravesar esa barrera de seguridad y volverse a casa porque ya había comprado. Yo era la mujer del medio, la que las miraba y pensaba que entre los zumos de colores, la sonrisa agotada y aquellas dos señoras ya tenía el resumen de lo que es y será este mercado que inaugura una nueva etapa del barrio.
Escribo «una nueva etapa del barrio» y se me lían los dedos entre las teclas. No puedo evitar ver una especie de epitafio, de momento sin fecha, pero con las letras ya grabadas sobre el mármol, y a punto. Los que vivimos de alquiler sentimos este tictac en la nuca, y un día como hoy, que debería ser de alegría sin fisuras, es como un ‘spoiler’ de aquella cifra que un día nos echará de nuestro Sant Antoni glorioso. Sin embargo, mientras sigamos en él lo haremos nuestro, nos avisaremos cuando haya ‘sonso’ (*), luciremos nuestras sonrisas agotadas y aplazaremos tanto como podamos el momento de encajar la verdad que ya está escrita sobre el mármol del barrio.
(*) Sonso: pescado azul. Coincide aproximadamente con nuestra «aguja».
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