La exhumación de los restos de Mola y la próxima salida de la cripta de los Caídos de las demás personas enterradas es un acto legal de reconocimiento a las víctimas del genocidio de 1936 y debe abrir un debate sobre el uso y futuro de ese espacio
la exhumación de los restos de Mola de la cripta del Mausoleo ubicado en la plaza de la Libertad es un paso más en la eliminación de los vestigios de exaltación de la dictadura franquista que aún permanecen en Pamplona-Iruña y en el cumplimiento, con años de retraso, de la Ley Foral de Símbolos y de la Ley de Memoria Histórica. Y supone seguir la senda iniciada hace un año, cuando el Ayuntamiento aprobó sustituir el nombre de la plaza dedicada al conde de Rodezno por el de plaza de la Libertad. Las exhumaciones del resto de personas enterradas en la cripta de los Caídos -entre ellas, las del general golpista Sanjurjo- continuarán el próximo 16 de noviembre una vez rechazadas las alegaciones presentadas por algunas de las familias de los allí enterrados y por el propio Arzobispado. De hecho, la evidente resistencia de sectores políticos -con UPN y PP a la cabeza de la oposición junto a formaciones de ultraderecha y nostálgicos franquistas- y religiosos a un hecho legal de reconocimiento y recuperación de la memoria que pone fin a la humillante permanencia de un espacio público dedicado a Mola, responsable de la matanza que siguió al golpe militar de 1936 y a su bando en el que ordenaba extender el terror y asesinar a todos aquellos que no pensaran como los golpistas, evidencia que aún permanece instalada en amplios sectores de la derecha más ultra y reaccionaria una imagen de propiedad política de la victoria en aquella matanza. En Navarra, aquella terrible orden de Mola dio lugar a un genocidio planificado que se cumplió a rajatabla, con complicidad política, policial, militar, social y religiosa, y en apenas unas semanas más de 3.200 personas fueron asesinadas y muchas hechas desaparecer -aún hoy cientos siguen ocultas en fosas y cunetas- sin juicio alguno en un territorio en el que no hubo frente de guerra. La salida de los restos de Mola y Sanjurjo debe abrir ahora un debate político y social sobre la utilidad futura de los Caídos, sin excluir la posibilidad de su derrumbe. Pero de partida, y más allá del acuerdo de usufructo con el Arzobispado, debe suponer la retirada de toda la ideología de exaltación franquista que decora y adorna la cripta -donde aunque parezca mentira en pleno siglo XXI aún se celebran misas de homenaje a Franco-, empezando por las tumbas de los golpistas y las leyendas de reivindicación política. Porque la indignidad de ese lugar no sólo tiene que ver con su contenido, sino también con el propio continente y su insultante parafernalia, una excepcionalidad infame en Europa.
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