Hoy que es Todos los Santos

A la mínima que te alejas de Europa das cuenta de hasta qué punto en toda la vieja Europa -¡y en Cataluña, más!- la credibilidad y el prestigio intelectual están estrechamente ligados al pesimismo de la mirada. Y, sobre todo, en la elección de los peores rincones de la vida para fijar la vista. Nos gusta repetir que el mundo es malo, que hemos venido a este mundo a sufrir, que no tenemos remedio, que cada vez es peor, que no nos podemos fiar de nadie.

Repasen los títulos de los libros de ensayo, presten atención a los títulos de las conferencias, sigan cualquier tertulia. El optimismo hace reír por ingenuo. La esperanza es descalificada por soñadores. El compromiso es cosa de viejos catalanistas nostálgicos. Si hablas bien de algo, es que eres complaciente. El éxito es sospechoso. Si te gusta un político, es que te ha comprado. Si encontraras que todo mejora: serias acusado de insensible ante todo lo que empeora. Y si haces saber tus ilusiones, eres un irresponsable: ¿es que no ves que se pueden encargar?

El amable lector ya se ha dado cuenta de que hago una caricatura de un estilo que tiene, afortunadamente, sus excepciones. Hay rendijas por donde se puede respirar. Pero estos puntos de vista que nos quieren tener de cara a la pared me exasperan. Es una perspectiva propia de consentidos en crisis. ¿Cómo es que los hechos importan tan poco que podemos mantener nuestras interpretaciones catastróficas contra toda evidencia? ¿Por qué si sólo nos tropezamos ya decimos que el camino se ha acabado?

He estado leyendo un original inédito de unas entrevistas a nuevos catalanes de los años cincuenta y sesenta. Si alguien quiere saber qué eran condiciones de vida duras -la escuela, la sanidad, el orden público…-, sin ninguna administración para echar una mano, que pregunte. ¿Y por qué se dice que los jóvenes vivirán peor que sus padres, cuando simplemente renuncian a poner las esperanzas en las mismas seguridades y en los mismos lugares equivocados que sus progenitores?

Por suerte, al ciudadano le queda su experiencia cotidiana, pequeña, frágil, pero toda suya. Una experiencia heroica. Soportada en contra de toda la intelectualidad que encuentra confort en el anuncio del apocalipsis, siempre tan lejos del mundo terrenal. O mantenida al margen de aquellos políticos que quieren decretar felicidades y que se llenan la boca con lo que dicen que importa al ciudadano… para favorecer lo que les importa a ellos. Que los políticos realicen grandes proyectos, que de nuestra felicidad y del día a día ya nos ocupamos nosotros.

Hablo, ya me entendéis, de esta experiencia sencilla, vaciada a fuerza de desengaños, sí, pero reabierta con pequeñas ilusiones, de afanes satisfechos con tanto esfuerzo vivido en silencio, de tantos buenos amigos y, más aún, de la generosidad de todos estos desconocidos que, sin serlo, también parece que sean, amigos. Ilusiones que hacen reír al intelectual por banales y esfuerzos que la arrogancia del encuestador, parapetado tras su tableta con la batería de preguntas, nunca sabrá ver.

Me sabe mal decirlo, pero a pesar de las inmensas desgracias que hay, el mundo mejora poco a poco y cada día es un poco más habitable. Vuelvo a recomendar aquellas ‘Nueve gráficas sorprendentes que explican que el mundo va mejor de lo que parece’ que este agosto publicó Vilaweb con datos incontrovertibles sobre los grandes y generales progresos de la humanidad. Y si al final no nos basta con todas las evidencias empíricas, propongo un pequeño ejercicio. Volvamos al mundo de la infancia, mantengamos en el mismo la mirada inocente y valoremos las condiciones reales de las que nuestros padres nos protegían para que no nos hicieran daño. ¿Quién sería capaz de engañarse tanto como para querer volver al mismo o para llevar allí  a sus hijos o a sus nietos? Yo seguro que no.

ARA