El catalán, una lengua para convivir

Una chica eslovena entra en un horno de pan y se dirige a la panadera en catalán. La panadera le responde en castellano. La chica insiste en catalán. La panadera en castellano. Al cabo de unos cuantos turnos de palabra, la panadera reacciona y dice: ‘¡Ay, pensaba que eras extranjera!’ La anécdota tiene tantas versiones como quieran: el africano al que espetan ‘pensaba que eras negro’, la rusa que ve como el médico con quien hablaba en catalán cambia al castellano cuando lee su apellido, el amazigh a quien felicitan por su dominio del catalán… en castellano…, el catalanófilo del otro lado de mundo que llega sin saber castellano y lo debe aprender en Cataluña porque es la lengua en la que todo el mundo se le dirige y un larguísimo etcétera de situaciones que muestran cómo los hablantes de una lengua subordinada no la conciben como un instrumento para usar con todos, sino como una especie de código intragrupal que es impensable fuera de la tribu.

El comportamiento que nos hace cambiar a la lengua dominante cuando percibimos que el interlocutor es ajeno al grupo no es sólo característico de los catalanes. Es descrito en numerosas lenguas subordinadas. Pero el hecho de que sea tan habitual que ni siquiera lo percibimos como anómalo no debería hacer creer que no se puede hacer nada o no se debe hacer nada. Al contrario, es uno de los comportamientos más nefastos para la supervivencia de la lengua.

En la reunión de expertos que hemos tenido recientemente en el GELA para la preparación de un macroproyecto de revitalización de lenguas en Europa, una de las constantes a la hora de describir los obstáculos con que topamos habitualmente cuando se trata de revitalizar una lengua es la enorme dificultad de ganar nuevos hablantes. Una experta frisona lo decía con estas palabras: ‘Hablamos la lengua si es la nuestra’.

De hecho, si repasamos las lenguas que tienen un número considerable de hablantes de segunda lengua, siempre nos acabamos encontrando con lenguas que, de una manera o de otra, se imponen. El chino mandarín, por ejemplo, ha ganado la mayoría de hablantes de segunda lengua en China mismo, mediante la imposición de la lengua oficial. Las lenguas coloniales -especialmente, inglés, español, francés y portugués- han logrado difusión siendo impuestas como lenguas oficiales en poblaciones que hablan otras lenguas. El suahili, que logró extenderse como lengua ‘franca’, ha consolidado esta expansión mediante la imposición como lengua oficial en Tanzania. Es decir, según los ejemplos más llamativos parece que la única manera de difundir la lengua sea la imposición. A veces parece que el número de hablantes de una lengua actúe como un imán para la suma de hablantes, pero esto no es siempre así. El punjabí, el javanés o el vietnamita, que están entre las 25 lenguas más habladas del mundo, apenas tienen hablantes de segunda lengua. Y si hacemos un repaso a las lenguas subordinadas de Europa, veremos cómo se cumple la observación de la experta: sólo las hablan aquellos a quienes les ha ‘tocado’, pero raramente aquellos que, a pesar de convivir con los marcados por el destino, son hablantes de la lengua dominante o/y oficial. En todo el mundo, sin embargo, hay comunidades donde las lenguas no están jerarquizadas y la gente suele aprender las lenguas de los vecinos y viceversa. Son las comunidades multilingües que han resistido mejor las presiones hacia la homogeneización.

En este contexto, la situación del catalán es una rareza, porque sin haber tenido la potencia de un Estado que la imponga (y cuando lo ha tenido -Andorra- parece que le ha ido a la contra), ha conseguido ganar un gran número de hablantes de segunda lengua de manera que en estos momentos podemos decir que si la lengua no ha seguido el destino de la mayoría de lenguas subordinadas de Europa es, en buena parte, porque muchos catalanes que no la tenían como lengua familiar la han hecho suya y la han transmitido a los hijos.

Huelga decir que la explicación de este fenómeno debe ser multifactorial, pero es evidente que sin tener a favor la presión del Estado ni el estímulo de las cifras, ha habido algún otro tipo de fuerza que ha hecho posible esta rareza en el contexto europeo. La lengua es un sistema de identificación tangible, transmisible y acumulable. Si pensamos en otros como lo que llamamos ‘raza’ y que muy a menudo se reduce al color de la piel, o en la religión, o en la ‘sangre’, es evidente que, por más tangibles que sean, no son fácilmente transmisibles y menos acumulables. No debemos renunciar a nuestra lengua para hablar otra, podemos sumar tantas como queramos. Para muchos, hablar catalán ha sido, pues, una forma de participar en la vida colectiva sin romper los vínculos con la comunidad de origen. Es por eso que esta vinculación no se acostumbra a vivir como una experiencia traumática, como sí lo es, en muchos otros casos, cuando la adopción de una nueva lengua implica la renuncia a la primera.

El GELA ha puesto en marcha desde hace un tiempo un proceso de reflexión sobre este fenómeno porque creemos que comprenderlo nos puede ayudar a desarrollar un modelo para sociedades que no han logrado compartir la lengua. Con jornadas, recopilaciones de autobiografías y más actividades, vamos descubriendo qué mecanismos llevan a estos cambios y casi siempre nos encontramos con experiencias de convivencia. La lengua se aprende y se habla porque es la lengua de los vecinos, de los amigos, y porque hablar te hace miembro del grupo, algo que no se consigue por el hecho de hablar una lengua dominante si, además, no se cumplen algunos otros requisitos.

Teniendo en cuenta, pues, que en gran parte si el catalán ha sido adoptado por muchos hablantes de otras lenguas ha sido porque hemos conseguido crear vínculos personales y de convivencia y no porque hayamos podido recurrir a la imposición, deberíamos rectificar muchos los comportamientos como los relatados al inicio de este artículo. Es evidente que el catalán no es sólo de los catalanes, pero también es evidente que, para aquellos que lo deseen, hablar catalán es ‘ser catalán’. Este regalo de la fortuna que nos permite una forma de incorporación tangible en la sociedad debería promover. Y deberíamos ser conscientes de que cada vez que negamos a los demás la posibilidad de participar en nuestra vida y nuestra lengua damos un paso más hacia la extinción.

* Grupo de Estudio de Lenguas Amenazadas (GELA)

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