Las iniciativas del gobierno municipal para mejorar la sostenibilidad energética de Barcelona se suceden últimamente con regularidad. Hablamos, por ejemplo, de la ampliación de la red de carriles bici, el tranvía por la Diagonal, la comercializadora municipal de electricidad, la supermanzana del Poblenou, etcétera. La pregunta es: ¿tiene la ciudad un plan a medio-largo plazo en el que inscribir dichas actuaciones o se justifican por sí mismas?
Existen pocas dudas de que las grandes ciudades deben erigirse en protagonistas de la transición hacia un nuevo modelo energético, particularmente tras el acuerdo en materia de lucha contra el cambio climático suscrito en Paris en diciembre del 2015 (COP21). Dicha transición pasa por el desarrollo de sistemas urbanos energéticamente sostenibles, es decir, capaces de cubrir eficientemente la demanda de servicios energéticos, compatibilizando esta tarea con otros tres objetivos irrenunciables: a) la protección del medio ambiente, incluyendo la reducción de la polución atmosférica y la mitigación del cambio climático; b) la consecución de un mayor bienestar y desarrollo, tanto económico como humano, de la población, y c) la mejora de la seguridad y la resiliencia de las infraestructuras frente a posibles shocks externos relacionados con el calentamiento global, la evolución de los precios y/o la geopolítica.
Ahora bien, a la hora de pasar de la teoría a la práctica, no existe una plantilla universal predeterminada para diseñar un sistema urbano energéticamente sostenible. Tal diseño debe fundamentarse en un análisis integrado y a la vez pormenorizado de los componentes de un sistema energético urbano. En líneas generales, este comprende los edificios (tanto los residenciales como los de servicios), el transporte (incluyendo el de personas y el de mercancías), la generación y distribución de calor y electricidad, la industria, el tratamiento de aguas, la gestión de residuos y, en algunas áreas periurbanas, la agricultura. Y, para complicar aún más la cosa, el análisis debe considerar, componente a componente y distrito a distrito, un cierto número de variables, tales como: nivel de renta, densidad de población, características del parque de edificios, edad de las infraestructuras, disponibilidad de terreno, estructura económica, condiciones climáticas, etcétera.
¿Dispone el Ayuntamiento de Barcelona de un estudio de estas características y de una hoja de ruta para la concreción de sus conclusiones? Porque, en su ausencia, cualquier actuación corre el riego de ser tachada de cortoplacista y levantar sospechas de no ser más que una nueva escenificación electoralista de cariz populista. Sabemos que toda planificación energéticamente sostenible debe buscar el centro de un triángulo con tres vértices definidos por la “e” de economía, la “e” de energía (o de seguridad de suministro) y la “e” de ecología. Sin duda, hoy en día, además de estas tres “es”, también debe considerarse la “e” de equidad (energía para todos) pero, en ningún caso, la “e” de electoralismo: por la miopía que supone no elevar la mirada a más de cuatro años vista.
LA VANGUARDIA








