La caída del Imperio español

Hace dos siglos, en 1816, el Imperio español en América recibía un golpe letal que suponía el inicio de la agonía del poder colonial de Madrid en aquellas tierras.

El 9 de julio de 1816 el llamado Congreso de las Provincias Unidas de Río de la Plata aprobaba en la ciudad de San Miguel de Tucumán la Declaración de Independencia del país que posteriormente se llamaría Argentina, en la que se lee: » Nosotros, los representantes de las Provincias Unidas en Sudamérica, reunidos en congreso general, invocando al Eterno que preside el universo, en nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos, protestando al Cielo, a las naciones y a todos los hombres del globo la justicia que rige nuestros votos, declaramos solemnemente a la tierra que es voluntad unánime e indudable de estas Provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España (…) e invertisrnos del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y de la metrópoli». Diez días después el diputado por Buenos Aires Pedro Medrano hizo añadir a la declaración: «y de toda otra dominación extranjera», porque corrían rumores de una posible invasión portuguesa o británica.

Independencia argentina

El congreso que declaró la independencia había constituido el 24 de marzo anterior en representación de todos los territorios de las llamadas Provincias Unidas, entidad creada en 1810 por los independentistas cuando consiguieron destituir al virrey español y declararon terminado el Virreinato de Río de la Plata, que era el nombre colonial de la estructura política , administrativa y jurídica que entonces era sustituida por el nuevo ente.

Las Provincias y su Congreso hablaban en nombre de todos los territorios coloniales que hoy son Argentina, Uruguay, Paraguay, parte del Perú, parte de Bolivia y zonas del sur oriental de Brasil, pero en realidad nunca tuvieron el control efectivo de todo este inmenso territorio. El país adoptó el nombre oficial de República Argentina en 1826 y en 1833 también el de Confederación Argentina, pero ha mantenido, y todavía hoy además, junto con estos dos, el tercero también oficial de Provincias Unidas del Río de la Plata.

Todo había comenzado en 1810. el 25 de mayo de aquel año los más destacados independentistas de Buenos Aires, llenos de temores sobre el destino que esperaba a una España invadida por el ejército francés de Napoleón Bonaparte en 1808, se reunieron en el Cabildo de la capital -una especie de ente administrativo del sistema colonial- con la intención de rebelarse contra la metrópoli afrancesada. Oficialmente, los rebeldes consideraban que -expulsado Fernando VII del trono de Madrid- se había roto de hecho la cadena política y administrativa del Imperio español, por cuanto no existía una suprema autoridad ante la que responder de los actos ocurridos en los territorios coloniales. Así pues, tampoco, como es lógico, reconocían la representación local del rey, el virrey, Hidalgo de Cisneros, que formalmente era el delegado del poder afrancesado de la Península. Y, por tanto, le destituyeron.

Aunque no se trataba de la independencia efectiva, porque mantenían la ligazón teórica con España. No en vano aseguraban que gobernaban «en nombre del rey Fernando VII». En realidad era una impostura. No es que quisieran volver a la normalidad colonial cuando volviera el rey en Madrid, si retornaba, sino que aprovechaban como excusa el secuestro del monarca por los franceses. La jugada quedaba tan clara a ojos de todo el mundo que incluso este periodo de independencia encubierta y de gobierno «en nombre» del Borbón adquirió un nombre popular irónico que se convertiría en muy famoso: los de «la máscara de Fernando VII», queriendo decir que la declaración de fidelidad al coronado no pasaba de ser una expresión de conveniencia momentánea.

La guerra de la independencia empezó justo después del golpe del Cabildo, en 1810. Hay que tener presente, sin embargo, que bajo el nombre de guerra se incluyen actuaciones bélicas discontinuas que duraron quince años, hasta 1825. Hay que saber también que no sólo se enfrentaron las fuerzas patrióticas argentinas contra las coloniales españolas, sino que la rebelión se extendió por casi todo el continente controlado por España -México, Chile, Colombia…- y que, además, también en el sur hubo rebeliones en algunos territorios contra el peligro de hegemonía de Buenos Aires que llevaron a la creación de nuevas repúblicas separadas de la futura Argentina.

En los primeros seis años, entre 1810 y 1816, los choques militares fueron de relativa baja intensidad. El ejército español tenía pocos efectivos in situ y, además, sus mandos no sabían muy bien a quién obedecer porque muchos no reconocían el trono metropolitano en las manos del hermano de Napoleón, pero a la vez tampoco estaban seguros de si seguir las instrucciones de las Juntas que en la Península se levantaron contra los franceses y que reivindicaban, de acuerdo con la letra y el espíritu de Constitución de Cádiz de 1812, una España liberal y una América española pero con amplios márgenes de autonomía. Con la derrota de Grande Armée en la Península, en 1814, las incertidumbres quedaron rápidamente disipadas. Cuando regresó al poder, Fernando VII ordenó no sólo poner fin a las ansias liberales dentro del país sino liquidar a sangre y fuego la rebelión americana.

A partir de 1815 los españoles reforzaron los ejércitos en las posesiones coloniales rebeldes y la guerra se ‘intensificó y se generalizó en territorios que no pertenecían a las Provincias Unidas.En Madrid consideraban el movimiento emancipador como un todo, pero en realidad eran diversos.

Tanto les daba, los tildaban de «traidores» por igual, mientras que los liberadores se llamaban a sí mismos «patriotas» y llamaban «realistas» a los unionistas. Pronto los sublevados tuvieron el apoyo indirecto de los británicos -que en la Península eran aliados de las Juntas sublevadas contra los franceses-, que intervinieron mediante corsarios que lucharon en el mar contra las embarcaciones de Madrid. Londres tenía un gran interés a reventar el Imperio español americano e incluso había intentado dos invasiones, fracasadas, de Buenos Aires en 1806 y 1807.

Los argentinos abrieron dos grandes frentes bélicos, uno situado en la zona más oriental, la litoral, incluyendo las aguas cercanas donde se produjeron combates navales, y el otro que ocupaba las tierras más al norte, fronterizas con Brasil. El ejército de las Provincias Unidas, sin embargo, no fue el único que se organizó entre los patriotas del sur del continente americano. Se abrió también el que la historiografía denomina el frente militar de los Andes, que incluye los enfrentamientos entre los españoles y los ejércitos independentistas de Chile, Perú y Ecuador. Además, también se levantaron en armas a los rebeldes de México, Venezuela, Colombia, Bolivia, El Salvador …

La ceguera de Madrid

La metrópoli, inmersa en la locura de la política anacrónica del absolutismo monárquico de Fernando VII, económicamente hundido, fue incapaz de dotarse de un poder militar que pudiera hacer frente al múltiple grito independentista americano. Lo que hizo fue prolongar las guerras que se habían generalizado desde el sur -Argentina- hasta el norte -México-, pasando por casi todo el continente -el resto de lugares, ya citados- bajo dominio imperial español. Nunca supo entender ni calibrar el deseo de libertad americano.

La ceguera del monarca la incapacidad para percibir que las antiguas colonias no podían volver atrás. Cuando aquellos territorios se dieron cuenta, en 1808, con la desaparición del poder español por la invasión francesa, de que tenían a su alcance la gran oportunidad, las proclamas a favor de la libertad o directamente las declaraciones de independencia, por simbólicas que aún fueran, se convirtieron una avalancha imparable a partir de 1809.

Pero, por su enorme importancia (territorial, política, económica e incluso sentimental para muchos españoles) fue la declaración formal de 1816 del Congreso de los diputados de las Provincias Unidas reunido en la ciudad de San Miguel de Tucumán la que dio el golpe de gracia al Madrid imperial. Nada volvió a ser como había sido, desde ese momento. En Madrid, sin embargo, Fernando VII quería que todo volviera atrás.

La independencia de los territorios coloniales españoles en América como consecuencia de las guerras de 1810-1825 fue también producto de esta ceguera política absoluta de la metrópoli. Entre las capas más ilustradas y liberales españolas se sabía desde hacía décadas que no se podía sostener la ficción de un imperio que en la práctica era imposible de mantener y controlar por las armas. Por lo tanto, abogaban por soluciones políticas. En un famoso documento dirigido a Carlos III en 1783, el conde de Arana pedía una monarquía federal y advertía que «aquellos naturales [estadounidenses] no están contentos y aspiran a la independencia, siempre que se les presente la ocasión favorable».

Otros nombres como el del economista y jurista Pedro Rodríguez de Campomanes o el del relevante político José Moñino y Redondo, más conocido por ser el conde de Floridablanca, entre otros, intentaron hacer entender a la corona que continuar con la misma actitud hacia las posesiones americanas no sólo era injusto sino también contraproducente. Pero hacer oídos sordos fue la respuesta.

Cuando terminó la guerra de 1810-1825 -o guerras, habría que decir, con más precisión- España se quedó con unos cuantos despojos de lo que había sido, desde tres siglos antes, su vasto imperio americano: Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico. El resto se había liberado.

EL TEMPS