Qué significa votar

Es habitual que nuestras convicciones democráticas se ablanden cuando no nos gustan los resultados de unas elecciones. Si nuestras preferencias no triunfan en las urnas, entonces recurrimos a los pretextos habituales. Los electores son ignorantes. La (nuestra) campaña electoral ha sido desastrosa. Las encuestas engañan. Los medios de comunicación manipulan. La cultura democrática es terriblemente deficiente. El franquismo político está vivo. El racismo y la xenofobia lo ensucian todo. Cualquier cosa antes de reconocer que somos pocos.

Ahora que ya han pasado unos días de las últimas elecciones, es hora de que las miremos con un poco más de serenidad, mientras esperamos los documentados análisis de los expertos. Y para empezar hay que tener presente que unos resultados electorales no dan la razón: sólo dan el gobierno, y legitiman su ejercicio. Es cierto que hay quien vota según sus convicciones, pero, en general, lo hacemos según nuestros intereses, por fidelidad a unas siglas aunque estemos enfadados con ellas, por la confianza en una cabeza de lista o para favorecer una mayoría de gobierno -o impedir otra- aunque nos tengamos que tapar la nariz. Las interpretaciones de unos resultados como expresión de un voto de adhesión a la ideología o la práctica política del partido que lo recibe son erróneas.

En segundo lugar, es razonable pensar que una cultura democrática débil favorezca un voto acrítico. Pero si este fuera el argumento principal, entonces también habría que aplicárselo cuando se forma parte de la mayoría. Si valiera para explicar por qué gana el PP, debería valer cuando gana Juntos por el Sí. Si no, hay que entender las razones de los adversarios electorales, y eso siempre se hace cuesta arriba. Por ejemplo, para el 26-J, Ferran Sáez daba una muy plausible en el ARA: el «antes corrupta que rota». En el orden de prioridades, muchos electores de allí y algunos de aquí creyeron que la unidad de España, vista como un hecho esencial, era más relevante que la corrupción, entendida como un hecho circunstancial. Y eso favorecía al PP y, sobre todo, perjudicaba a Podemos por haber contemporizado con un posible referéndum de autodeterminación en Cataluña. Un argumento, por cierto, mucho más creíble que el del impacto del Brexit, sólo entendido por una pequeña parte del electorado. En cambio, la defensa del interés nacional, la entienda como la entienda cada uno, siempre suele situarse en primer lugar. Aquí, en Estados Unidos, el Reino Unido o en Austria.

También es significativo que, de todos los esfuerzos que hacen los medios de comunicación para interpretar los resultados de unas elecciones y las motivaciones de los votantes, casi ninguno hace autocrítica respecto del resultado de la propia posición. Es típico de los medios de comunicación querer hacer invisible su sesgo político. Pero sería interesante ver cómo valoran su participación electoral. Sea como sea, es obvio que el impacto electoral de los sesgos informativos de los medios clásicos va de baja, y que el voto parece emancipado de las audiencias de las grandes cabeceras, emisoras de radio y canales de televisión. No sabemos qué pasaría sin su influencia, pero sabemos que la que tienen no se ajusta a lo que acaba ocurriendo.

Votar tiene poco que ver con dar una opinión. La opinión es gratis, no tiene consecuencias. En cambio, votar es querer que pasen cosas. Y, con acierto o no, los electores hacen cálculos sobre las consecuencias de sus votos. La tendencia de los partidos a apropiárselos, como si los votos avalaran sus ideas y sus prácticas, es equivocada por completo. Y de ahí se suelen derivar los mayores errores tácticos y estratégicos. Los resultados del 26-J también se pueden leer en esta clave: unos partidos, los que han ganado votos, entendieron mejor el 20-D que los que han perdido.

ARA