El absolutismo cínico de España

«Es prodigiosa la facilidad con la que el independentismo ha dejado huérfano de argumentos al nacionalismo español»

No sé si nos hemos detenido a reflexionar, pero es prodigiosa la facilidad con la que el independentismo ha dejado huérfano de argumentos al nacionalismo español. Mientras Cataluña era un pueblo con la conciencia dormida -adormecida, deberíamos decir-, los colectivos que defendían el país actuaban por reacción a las constantes agresiones que llegaban de Madrid. Era sistemático: acción-reacción, acción-reacción, acción-reacción… Era un bucle perverso, pues no sólo hacía que los colectivos mencionados tuvieran una falsa sensación de avance, sino que los neutralizaba manteniéndolos entretenidos elaborando reacciones y respuestas. Para entendernos: si cada vez que sales de casa para ir a un lugar caes en la trampa de detenerte a discutir con quien no quiere que vayas, es obvio que se te hará de noche sin que hayas avanzado ni un palmo, y al día siguiente, y el otro, y el otro tendrás que volver a empezar infructuosamente hasta que te mueras.

Sin embargo, esto se ha acabado. Cataluña ha despertado y su toma de conciencia ha desmontado la trampa. Ahora es Madrid quien va a remolque de Cataluña, ahora es el nacionalismo español el que vive atrapado en el bucle de la acción-reacción. Y lo más divertido es que no puede salir, porque un Estado con principios absolutistas se siente testosterónicamente obligado a responder enfurecido ante cada acción asertiva de los catalanes. Es el vivo retrato del cazador cazado. Por ello, desde hace algún tiempo, el nacionalismo español insiste e insiste en tachar a los catalanes de todo lo que es el vivo retrato de sí mismo. Como si un ladrón se defendiera tachando de ladrón a la víctima, o un franquista tildara de franquista un libertario, o un totalitario tildara de totalitario a un demócrata. Es ridículo y estéril, claro, pero de donde no hay mata no hay patata.

Observemos qué dice el PP, con el apoyo del PSOE y de Ciudadanos: «El proceso catalán es contrario a la Constitución, a las leyes, al sentir mayoritario de los catalanes y a la voluntad democrática de todos los españoles. […] El Proceso prefigura un régimen antidemocrático y próximo al modelo de los estados totalitarios» ya que «rechaza la separación de poderes, incumple la ley, ignora los órganos jurisdiccionales y sus decisiones y se posiciona al margen del Estado de derecho». Y añade que «el denominado proceso pretende romper con la Constitución de 1978 y el Estatuto de Cataluña, dos textos que garantizan los derechos y las libertades de los catalanes y el ejercicio de su autogobierno».

A esto se llama ‘absolutismo cínico’. Es decir, la prohibición de la libertad por medio de la criminalización de quienes quieren ejercerla. Por idéntica razón, el Parlamento Europeo debe ser también un Parlamento «antidemocrático y próximo al modelo de los estados totalitarios», ya que toma decisiones que son contrarias a la Constitución española, como la defensa de la autonomía portuaria para evitar que los puertos de Barcelona y Valencia sean expoliados y obligados a mantener a los puertos deficitarios de España. Y es que el fanatismo religioso del Estado español, con relación a su Constitución, llega al grado de paroxismo y de creer que la libertad son sus cadenas, y que todo el que quiera desencadenarse es un loco o un criminal. «La libertad soy yo», dicen sus tablas de la ley, y fuera de esa ley todo son tinieblas, cataclismos y maldades.

Pero todo es una gran mentira, empezando por el hecho de que España sea una nación. España no es una nación ni lo ha sido nunca. Nunca. También es rotundamente falso que el Proceso vaya en contra «del sentir mayoritario de los catalanes». El único dato que podría avalar tal afirmación sería un referéndum como el de Escocia, y este referéndum no se ha hecho. Y no se ha hecho precisamente porque el Estado no quiere correr el riesgo de tener que tragar un resultado que le anule la cantinela actual. A prohibir que la gente vote, PP, PSOE y Ciudadanos lo llaman ‘democracia’. Consiguientemente: quien quiere votar es un totalitario. Y como es internacionalmente conocido que en España no hay separación de poderes -razón que la hace aparecer en un número escandalosamente bajo del ranking de democracias- y que el llamado Tribunal Constitucional no es más que una delegación del Partido popular y del Partido Socialista, la reacción inmediata es acusar al proceso catalán de «ignorar los órganos jurisdiccionales y sus decisiones». Lo cierto, sin embargo, es que ante un Estado absolutista, con órganos judiciales al servicio del poder, todo demócrata tiene el deber ético de la insumisión como única vía para defender justamente el Estado de derecho.

Finalmente, resulta cómico que nos digan que la Constitución de 1978 y el Estatuto de Cataluña «garantizan los derechos y las libertades de los catalanes y el ejercicio de su autogobierno». ¡¿Ah, sí?! Entonces, ¿de qué libertad y de qué autogobierno estamos hablando? ¿Qué clase de libertad y de autogobierno son estos, que no permiten que el pueblo catalán pueda decidir por sí mismo? ¿Cómo puede autogobernarse un pueblo, si no es libre e independiente? ¿Cómo puede tener garantizadas las libertades una nación sometida a la voluntad de un Estado que se le declara superior? La respuesta a estas preguntas es bastante diáfana: las libertades y el autogobierno de Cataluña sólo estarán garantizados con los atributos propios de un Estado independiente. El Estado catalán.