«Sólo os pido que preservéis la unidad de España», fueron las palabras que Francisco Franco dirigió a Juan Carlos I, tomándolo de la mano, poco antes de morir. Lo explica el mismo Borbón a unos periodistas franceses en un reportaje biográfico de noventa minutos titulado «Yo, Juan Carlos, rey de España». La frase es todo un documento, porque, en muy pocas palabras, explica no sólo el conflicto actual entre Cataluña y España, sino el lógico choque cultural entre dos concepciones de la vida tan diametralmente opuestas: democrática, la catalana; absolutista, la española. Y es que no estamos hablando únicamente del delirio de un dictador, estamos hablando de una consigna transmitida de generación en generación de manera transversal y capaz de unir indistintamente todos a los colores políticos españoles, incluyendo la extrema derecha y la extrema izquierda. Tuvimos una buena muestra en el movimiento de los ‘indignados’ de la plaza de Cataluña de Barcelona, en el que muchos de los acampados, aparte de tener Madrid como centro neurálgico de su vida, sentían por el independentismo el mismo odio que sienten Jorge Fernández Díaz o Xavier García Albiol.
Hoy en día, por suerte, son muchos los jóvenes que, con buen criterio, se hacen cruces de que Franco pudiera gobernar durante casi cuarenta años. No se lo explican. No se explican que, habiendo tantísima gente antifranquista -o que dice que era antifranquista-, el dictador muriera en la cama. ¿Cómo es posible? ¿De dónde salía ese conformismo? Hay varias razones sociológicas que pueden responder a estas preguntas, pero hay una que tiene que ver con la concepción de España del nacionalismo español, de derechas y de izquierdas, y con la catalanofobia que vemos en las redes sociales o en boca de dirigentes políticos o en el rédito electoral que genera en aquel país la satanización de Cataluña. No hay que ser ninguna lumbrera para saber que si no hubiera catalanofobia, ésta se volvería en contra del político o del partido que la usara. Pero la hay. Sí que la hay, y mucha. Y el rápido entendimiento de Mariano Rajoy y Pedro Sánchez contra el reconocimiento nacional de Cataluña y su derecho a constituirse en Estado, si así lo quieren los catalanes por medio de un referéndum, es un buen indicador.
Por ello, la cándida cantinela intergeneracional de la ‘unidad de España’ se va repitiendo y repitiendo a través de los años como si cada repetición constituyera una nueva vuelta de llave en la puerta de la cárcel de pueblos que siempre ha sido el Estado español. Digo que es una cantinela cándida porque hace siglos que la repiten sin que ello sirva para impedir que las colonias se les escapen por las ventanas, por la azotea o por el sótano. Todas las posesiones, tarde o temprano, dicen adiós a España hartas de su soberbia. La colección de ultramar, bastante extensa, es un buen ejemplo. España, sin embargo, hace como si oyera llover y parece abocada a convertirse en una prisión habitada únicamente por carceleros. Quizás entonces se dará cuenta de que no hay ningún pueblo con derecho a declararse superior a otro; quizás entonces, sola, enfrentada a sí misma y a los graciosos delirios de grandeza que la caracterizan, se dará cuenta que ninguna de las leyes absolutistas que ha hecho nunca ha podido impedir la libertad de las naciones que un día sufrieron la ‘aciaga circunstancia de caer presas de su dominio.
RACÓ CATALÀ








