El esperado e imprescindible recordatorio del horror nazi, del 27 de enero de Auschwitz al 5 de mayo de Mauthausen, a través de los medios escritos y audiovisuales, tiene su contrapunto en la opacidad, incluso el olvido que continúan rodeando otros genocidios como el gulag soviético. Precisamente este 2016 existe la oportunidad de rescatar la memoria de los exterminios del Kolima o de Magadan: en febrero de 1956, hace sesenta años, Nikita Jruschov leyó a puerta cerrada durante el XX congreso del PCUS el informe secreto sobre los crímenes de Stalin. Crímenes ordenados por el dictador, sí, pero que formaban parte de la dinámica de perversidad de todo un sistema, del que tanto los delegados del XX congreso como Jruschov mismo formaban parte: fue más aliviante y recurrente atribuir las deportaciones y los asesinatos a la maldad del tirano-psicópata que zambullirse en la duda sobre la inviabilidad humana del sistema. Han pasado seis décadas y el terror estalinista no tiene aún cifra final. Tanto el británico Robert Conquest como la rusa Olga Xatunòvskaia coinciden en siete millones de muertos, y pocos se creen en el recuento oficial soviético, encargado durante la perestroika a Viktor Zemskov, que habla de 799.455 muertos y cuatro millones de detenidos. La historiadora estadounidense Anne Applebaum no entra en cifras de muertos pero sí ha podido documentar con rigor que hubo 18 millones de detenidos. La asociación rusa Memorial -la sociedad civil organizada para rescatar la memoria- mantiene una investigación que ya dura 27 años y que irrita cada vez más al régimen de antiguos kagebistas comandado por Vladimir Putin. Hasta el punto de que la sección Memorial de San Petersburgo es amenazada con la aplicación de la ley que tipifica de «antipatrióticas» a las asociaciones que tienen vínculos con países occidentales. Es así de perverso: los defensores de las víctimas son tachados de «enemigos del pueblo» por los herederos de los verdugos que, desde los poderes político y económico, se afanan en negar los crímenes.
Algo parecido a lo que ocurre en España, donde la democracia deforme surgida de la Transición de 1978 tiene una nada disimulada afición a la negación, la desmemoria y la desnaturalización de la historia como hace la democracia paralítica de Putin. Y mira por donde, este 2016 -acabado en ‘6’- nos lleva a rememorar los 80 años de 1936, de los cientos de miles de muertos en los combates y los bombardeos pero también del exterminio aplicado calculadamente durante y después de la guerra: la lista de 114.266 personas enterradas en campos y cunetas hecha pública por el juez Baltasar Garzón, y el recuento de 192.684 presos muertos en las cárceles -fusilados o por enfermedades- elaborada por el fiscal Carlos Jiménez Villarejo. Hasta ahora el Estado -Estado heredero, de ley a ley, no hay que olvidarlo, del que perpetró los crímenes- no ha sido capaz de asumir responsabilidades, y hasta ha ignorado las ruegos de la justicia internacional y las explicaciones exigidas por las Naciones Unidas. España es uno de los dos Estados del mundo que no abre fosas comunes. El otro es Camboya, donde todavía permanece en la impunidad el genocidio de los Khemres rojos de Pol Pot: más de un millón y medio de personas. Fue el penúltimo exterminio del siglo XX porque todavía tenían que llegar las matanzas de los Balcanes y, sobre todo, el genocidio de Ruanda de 1994. Y no es casual que en la curación emocional de las heridas de los ruandeses intervengan terapeutas europeos experimentados en logoterapia, las técnicas elaboradas por Viktor Frankl, el psiquiatra austriaco que sobrevivió a Auschwitz y que en su relato «El hombre en busca de sentido» explica cómo la actitud humana -a veces inconscientemente resiliente- nos puede proteger de un entorno infernal. Es gracias al trabajo y al legado de personas como Frankl como las generaciones alemanas de posguerra han podido entender el qué y el porqué de la banalidad del mal, que tanto profundizó Hannah Arendt, y no parar de transmitirlo para no repetirlo. Pero aquí, como en Rusia o Camboya, la desmemoria y la negación continúan cerrando el paso a la verdad, el duelo, el perdón y a la auténtica reconciliación.
EL TEMPS









