Cuando el populismo deja de dar miedo

La fuerte irrupción de movimientos populistas de izquierdas, tanto en la política catalana como en la española, sigue siendo un tema tabú. Aquí, la prudencia de algunos se enfrenta a un cierto y comprensible temor a la represalia (los escraches, importados directamente de Argentina por piqueteros que se han adaptado al ecosistema local) o indirecta (los sacerdotes de la corrección política están muy atentos a la discrepancia). Cabe decir que una buena parte de la situación actual se explica más por disfunciones aritméticas que por mayorías reales. Por ejemplo, en el Ayuntamiento de Barcelona están gobernando con 11 concejales sobre un total de… ¡41! Si por populismo entendemos una sobrecarga de emotividad en el discurso político, un uso casi programático de la metáfora ambivalente, una centralidad del gesto mediático y, sobre todo, un liderazgo basado en la repetición de una fraseología adulatoria hacia ‘le menu peuple’, está claro que esta actitud ya ha dejado de asustar al personal. Pero hay otros elementos que ayudan a entender aún mejor el asunto. Si apelamos a cosas tan diferentes como la noción de nueva cultura política de Ronald Inglehart, o la idea de hipersensibilidad social selectiva de Alberto Melucci, la situación se hace mucho más inteligible y se puede contextualizar en términos de redefinición de los nuevos movimientos sociales. Ambos conceptos desembocan, de hecho, en otro que se puso de moda hacia finales de la década de 1990, aunque era anterior: postpolítica. La postpolítica no es una ideología sino una actitud. Consiste en establecer una distinción entre la «política tradicional» (un eufemismo que, en realidad, significa «democracia representativa») y expresiones del tipo «los problemas reales de la gente» (traducción del eufemismo: «lugares comunes sobre los que podemos parlotear quedando bien y sin ponernos en evidencia»).

Desde una perspectiva populista y pospolítica, la democracia representativa actual es un experimento fallido, pero que abre resquicios interesantes a la hora de amplificar artificialmente reivindicaciones ultraminoritarias, con independencia de su naturaleza concreta. Es por eso que, simultáneamente, el sistema se critica con severidad pero nunca se acaba de poner en cuestión del todo. No se busca una nueva puerta de acceso al poder -unas nuevas reglas del juego- sino que se rasca en las viejas grietas del sistema a fin de aprovecharse convenientemente. Ya sea en su versión prepolítica o directamente antipolítica, ¿qué define, pues, el populismo? Sobre todo, la ausencia de parámetros ideológicos reales o, cuando menos, de nociones coherentes adscritas a alguna tradición política no inventada recientemente (como el «bolivarismo», etc). También lo define, por supuesto, un liderazgo fundamentado en una paradójica conjunción de actitudes: por un lado, la coerción simbólica que implica siempre el culto a la personalidad; por otro, una proximidad con la gente mucho más acusada que en el caso de la política convencional. Otras características habituales: la auscultación meramente intuitiva de la opinión pública, que genera decisiones políticas inmediatas, en forma de resorte; o la instrumentalización del malestar a través de minúsculas -pero muy visibles- ‘performances’, que desde esta mentalidad siempre tienen un papel «demostrativo» (demostrativo, claro, sólo cuando va a favor de nuestros intereses, en caso contrario se ignoran)

Hace sólo una década, justo antes de la crisis, las clases medias asociaban el estilo populista al oportunismo político más obsceno, al corporativismo encubierto, al resentimiento social y a otras aventuras inquietantes y estériles protagonizadas por minorías amplificadas artificialmente. La depauperación -real y objetiva de muchos sectores de la población, la precariedad laboral de los más jóvenes y, en general, la sensación de que todo irá a peor, hacen que lo que hace cuatro días era percibido como un engaño ahora represente una válvula de escape de inquietudes muy profundas. Cuidado: no digo que represente «una salida», ni mucho menos «una esperanza». Digo justo «válvula de escape». Los partidos están pensados para gestionar asuntos políticos de alcance colectivo; los movimientos populistas, en cambio, se dirigen a la yugular de las emociones. Por eso tienen un futuro tan prometedor…

EL TEMPS